Mirando fijo al reflejo de sus ojos en los mios, la parte de adentro de mi alma, me dijo sin siquiera dudarlo por un segundo: "no te aflijas y camina por la Tierra que asi lo llevas clavado en la medula de tu nombre, no te aflijas y anda vagando lejos de tu patria extranjero de alma, que asi te ha bautizado el mundo, anda de una vez, anda y cuenta lo que ves, anda a encontrarte con tu destino, anda, simplmente anda, Peregrino". Hern(anDa)nielPellegrini
jueves, 18 de agosto de 2011
Toro
El toro negro infla la panza dejando que las venas se le hinchen, que se le ericen sobre la piel intensamente cortos los negros pelos. Y luego exhala. Los ojos blancamente dilatados por la sangre de si mismo clavados en el frente que nada refleja. Ey! hablame Toro. Las patas delanteras tensas, apenas flexionadas se alistan para acarrear el resto del cuerpo pesado y tiemblan, prestas, adormecidas, in-imputables se clavan en la arcilla por su propio inexplicable deseo de furiosa libertad, de corrida desenfrenada. Hablame Toro. La arcilla roja nublando la vista confunde asi sus pupilas dilatadas con la furia de la muerte intempestiva; con el ruido continuo de la roja sangre fluyendo de un cuerpo moribundo. Hablame Toro. El aire espeso penetra los dos orificios nasales y se pasea furtivo por entre sus entranias, inflando su estomago, hinchando sus venas; volviendose a la salida mucho mas espeso y rojo. Rojo como la arcilla, arcilla como la sangre, sangre como el cuerpo moribundo que dejabase fluir hacia otro espacio. Hablame Toro. La mirada sigue clavada en el horizonte pulverizado, en la nada mas alla de los ojos mismos, en el espejo interno de su mente de Toro ciego que puede no ver mas aca de sus parpados; mas alli de su muerte. Hablame, por Dios hablame, Toro. Dos orejas atentas oyen el coreo absurdo empujandote a empujarme, matandote mas alla de la muerte, haciendote mas rojo, mas muerte, mas mio, mas Toro. Dime algo, querido Toro. Y el suenio, tan tuyo, tan mio, tan suyo y tan nuestro tan de nadie y tan siniestro de que el tiempo que te rodea no se mueve y de que el rojo se vuelve verde y la arcilla pasto y tus ojos insospechablemente blandos y el aire liviano y de que no te mueves y me hablas y te salvas y dejas de ser Toro; se hace pedazos. Y yo veo venir tus ojos, y la arcilla y el rojo y la sangre y la muerte y tu silencio y entonces conviertiendome en Toro, suspiro; y se infla mi estomago y se hinchan mis venas y se estremecen los pelos de mi piel. Y por tu silencio de animal sobreanimado, decido que voy a matarte; por atarcarme sin antes haberme hablado, Toro.
lunes, 8 de agosto de 2011
M
M
La vida es una creación de la mente
Buda
Recostado boca abajo, sintió un profundo dolor de cabeza que comenzaba en la frente y terminaba en el centro de la corteza de su cerebro. Se preguntó que era lo que le pasaba. La mano de aquella mujer dibujando suave por su espalda era su mano otrora pasando por la espalda de Maria. La mano de esta no Maria era, si claro, su mano en la espalda de Maria. La mano del amor, pensó. De un amor perverso; perverso y desatinado, siempre tarde o temprano, siempre a destiempo. Un amor ajeno a si mismo que fallaba sistemáticamente en reconocerse, que confundía el espejo en que se veía con una ventana y su reflejo con la proyección de una silueta que no le correspondía. Deseó que todo fuera diferente. Pero diferente como? Sabia que quería cambiar mas no sabia que quería cambiar; ni por donde empezar. Debo entonces cambiar todo. Si no hay por donde empezar empecemos por hacerlo todo junto, de forma desprolija y violenta. El lugar donde vivía. La persona con la que estaba. Las personas con las que estaba. El lugar donde trabajaba. El trabajo. La rutina. Los deportes que practicaba. Los autores que le leían, todo caía en una enorme caja de mudanzas rotulada "Varia", una caja que no sabia si subiría al camión que ahora quería arrancar. Pensó que quería nacer de nuevo, si era posible lo mas alejado de sus múltiples egos que pudiera alguien imaginarse. Si era posible en el cuerpo de una tortuga. Si, claro, eso es, en el cuerpo de una tortuga, verde y gigante, perezosa y despreocupada, que no conozca el mundo mas allá de un patio de tres por tres; de baldosas rojas. Cuyo desafio no fuera mas grande que caminar 20 pasos (pasos de tortuga, claro) para alcanzar un poco de agua o morder alguna hoja que ofreciera-le de alimento. Una tortuga que desconociera las teorías económicas y la importancia del ahorro. Que no supiera de Keynes ni de Platón, de Marilyn ni Jean-Paul Sartre. Un mero animal cuyos mecanismos de comprensión no superaran lo que sus limitados sentidos permitían le ver; cuyo intrincado sistema neurológico fuese tan simple que no permitieran le conocer la pasión ni el desarraigo ni la empatia ni el odio. Una tortuga si, que no pudiera sentir aquella mano ajena de no Maria en su espalda, dibujando secretos de alcoba que comenzaban a construirse de una manera absurda. Girando súbitamente, como no podría haberlo hecho la tortuga, intentando no parecer demasiado brusco, anulo el efecto de la mano del amor, se puso de frente y le dijo a la Manicura si quería salir a tomar un café a pesar del hostil clima. Afuera, como nunca antes en Junio, nevaba.
Las fuertes ráfagas de frió helado no lo amedrentaron y continuo el camino por la calle 7 a pesar de que la manicura se hubiese relegado un poco. El frio en las mejillas le recordó a la tortuga. Si yo fuera una tortuga metería la cabeza adentro del caparazón ahora mismo. Sintió que de algún modo todo lo que había en su cabeza era la cabeza de una tortuga y que su cabeza era el caparazón. Buceó entonces en el interior de su cráneo como si sus ojos de tortuga le permitieran ver el lado interno de la tenebrosamente húmeda carcasa. Entró en un mundo oscuro de caminos iluminados por tenues luces laterales. Luces de pasillos de un avión lo guiaban siempre hacia una salida de emergencia con una puerta de complicados mecanismos, siempre cerrada, siempre imposible de abrir. No tardó mucho en darse cuenta de que estaba en un laberinto. Que debo cambiar; adonde esta la puerta que abre el juego? Buscaba la celda del buscaminas que le abriera el mapa de su propia vida. Una que borrara tantos unos adyacentes a celdas tapadas, una que lo condujera a un par de cuatros, a unos cuantos tres y quizás hasta a algún cinco. Cruzaba un puente sin retorno, del hemisferio nor(este) de su cerebro, cuando el sacudon de su brazo izquierdo lo hizo caer a un vació negro cónico y lo trajo de vuelta a la realidad. <No me vas a esperar, che?> le dijo la manicura con la simpleza que la caracterizaba; con su sonrisa de tortuga. Caminaron 200 metros en los que le contó alguna historia sobre una clienta del salón que se habia roto las unas en una aparente contienda con su propio marido que la quería abusar. Pensó que nada de lo que decia la Manicura tenia demasiado sentido y solo atisbo a asentir con la cabeza moviéndose con suaves golpes de menton sobre pecho. Al final de la segunda cuadra, en la ochava norte de 7 y 16, cuando el invierno se hacia mas hostil que nunca, se metieron en el café de la música.
La verborragia de la Manicura lo sumergió de nuevo en sus pensamientos. Por un momento, mientras ella le hablaba y el escuchaba sin poner atención creyó que abandonaría su humor instropsectivo por el resto del día. Se había alegrado de estar, aunque fuera escuchando. Pero solo le duraría un rato. Cuando se hubieron sentado abandono nuevamente, esta vez con los ojos abiertos, el lugar. Se pregunto si podiase a través de la profundidad movilizar a lo superfluo, si había algo en las personas mas allá que la risa leve y el llanto plástico. Se desilusiono de no poder vivir de forma simple como todos los demás aparentaban hacerlo. Se preguntó si realmente así lo hacían o si era una dish-dash contra el dolor que realmente existía en la mundanidad de los humanos, en la humanidad del mundo. Se dolió de deber hacer un análisis casi sistemático de cada respiro que exhalaba el hombre de la mesa de al lado, del costo extrinseco de cada una de las acciones de la mesera que ahora traía su café con leche, de la verborragia de la Manicura. Miró por la ventana. Los arboles todavía no daban sombra y perdían así su gracia; no eran verdes sino marrones, apagados como una linterna sin pilas en medio de la oscuridad. Su falta de hojas no servia para detener una incipiente nevada. Siempre las cosas nos faltan cuando mas las necesitamos; que útiles hubieran sido las hojas de un árbol para detener la nieve que mojaba la cabeza de una mujer y su hijo. La mujer parecía acelerarse y luego frenarse a cada paso impar con cadencia de tango torpe. Se preguntó que ocurriría en la mente de aquella mujer que, apuradisima, parecía ir desapegada de cualquier evento ajeno a la mano de su infante. Cual seria su reacción si de un tercer piso cayera de repente un piano o un suicida. Pensó que los hombres de hoy, obnubilados en sus propios carriles, como tranvías o trolebuses antiguos, habían perdido la capacidad de cambiar de acera, seguían siempre la vía de su propia incomprensión, eran duenos y a la vez ajenos a todo lo que les pasara por al lado. Quizás la mujer se espantaría, un segundo, quizás se detendría, otro segundo. Mas volvería rápido a la mano del infante, a la boleta del gas, a la maestra del jardín que le había gritado al nene, al marido que trabajaba demasiado, al profesor de tenis con el cual se acostaría si le dieran los escrúpulos, al apuro por la nieve. Volvería a su caparazón de tortuga que camina despacio hacia un final que conoce. Ay! cuanto deseaba ser y cuanto aborrecía a los bichos lentos y perezosos, al caparazón, a la manicura al otro lado de la mesa con sus historias simples, con sus boletas del gas y sus problemas de vida en miniatura, en general a las tortugas de caparazón oscuro.
La manicura lo miraba en el reflejo de la mesa de madera lustrada, o quizás solo miraba un poco mas allá de su taza el centro de aquel cuadrado plano sostenido por cuatro pilares. Un cuadrado se sostiene por cuatro patas, que redundancia estúpida, que invento mas precario de la arquitectura; cuatro puntas, cuatro patas. Se preguntó quien habría sido el genio que decidio poner una pata de mayor soporte en el centro. Que dificil seria matar a la manicura. Aniquilaria para siempre de la realidad, tornarla una imagen del pasado. De un tiempo a esta parte lo consideraba con repetitivo desgano, con cíclica desidia: debía deshacerse de la manicura; dejar de pensar en ella, borrar (no solo de sus agendas, sino ademas de su mente) su numero de teléfono, su dirección, la evolución de su cara a una cara diferente. Debía darle salida y transformarla en una imagen del pasado, en una imagen congelada en un momento, en cientos de momentos que jamas volverían. Pensó en Maria, en sus palabras de aquella tarde diciéndole: "que era mejor si nunca jamas volvían a verse, si procuraban ya no mas hablarse, para que quede todo lo 'lindo' de la relación". Para recordar 'todo lo lindo', como si el otro se hubiera muerto, como si fuera las agujas de un reloj detenido en algún momento del pasado; una cara que si evolucionara lo hiciera como la de un muerto al que se le carcome primero la piel y luego la carne para transformarse, ulteriormente, en puros huesos. Una persona que ya no influenciara con su pensamiento, con su crecimiento, con su mejoría o su empeoramiento. porque la memoria no tenia caminos de regreso, porque toda primavera anterior era irrecuperable, y porque el amor mas desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera, la frase que el mismo había escrito gigante en la pared del costado de su cama, cuando Maria se había marchado, le retumbo en la cabeza. Eso debía hacer con la manicura, matarla, convertirla en una primavera anterior, en una verdad efímera, en lo lindo de un tiempo que jamas regrasaria. Se levanto de la silla y dejando atras su abrigo salio en camisa arremangada a la nieve. Atónita, Lucia no tuvo tiempo mas que de seguirlo con la mirada.
Cuando se encontró en la calle, la lluvia helada ya no era nieve mas lo parecía. Sintió que le habían crecido dos ojos gigantes en la nuca. Abiertos, conectados no al cerebro sino directamente al corazón. A diferencia de sus ojos normales que ahora le ardían por las gotas que se colaban por entre sus pestanas, los ojos inversos no veían la realidad. No les modificaba la vieja con su hijo, el piano que caía, la muerte de un transeúnte en un accidente de transito o la presencia de la manicura tratando de ponerle el saco sobre los hombros. Los ojos de atrás solo veían hacia el pasado. El pasado inmediato. A la manicura petrificada en un instante de hacia tres minutos y de ahi hacia atrás la involución de su tiempo, pasando por la manana misma de aquel dia, la mano en la espalda, la noche anterior y asi hasta el tarde de miércoles temprano en otono en que se habían conocido a la vuelta de la esquina de un callejón donde había una librería bastante pintoresca. Y luego, el pasado mediato. El de Maria, también siempre en el antes, mas aun siempre viva. Curiosamente los ojos la tergiversaban evolucionada, diferente a la manana del saco rojo; sin lagrimas en la cara, feliz, caminando por las calles de un Madrid abarrotado de turistas chinos. Sonriendo disimuladamente ante la alegria de la vida que se negaba a abrazar, como lo habia hecho siempre, como seguramente lo haría ahora. No sabia porque en Madrid, pero la imaginaban caminando lento hacia Cibeles, con un tapado marron que ella (la imagen inicial del pasado que los ojos al principio veian) jamas se hubiera puesto.Cerró los ojos (los de adelante) y se dejo trasladar a Madrid. No parecía hacer frió aunque la gente caminase abrigada. El ceceo de una pareja discutiendo en plena Gran Via lo retrotrajo a casa de sus abuelos, a su abuela gritando despacio a su esposo que viniera a comer; a su abuelo diciendo 'pues mujer' y reprochandole la no-necesidad del grito. Madrid estaba rara. Le faltaban transeúntes y autos; Gran Vía callada y ajena. Retumbaba solo el ceceo de la pareja discutiendo: 'Pues mujer, pues mujer, pues mujer'. De pronto habia saltado muchas cuadras y calles y estaba en puerta del sol sentado al pie de una estatua. Miles de turistas chinos le fotografiaban de pies a cabezas, pues mujer, pues mujer le decían todos los varones a una que parecia ser la fotógrafa estrella. Matias agachaba la cabeza, la hundia entre sus rodillas. Apretaba sus orejas con la parte interna de sus muslos, queria cerrar los ojos, abrir los ojos, volver de esa pesadilla a la que lo habian llevado los ojos del pasado y la cual no podia entender. Al sacar la cabeza de entre las rodillas, aturdido por la presión que había generado, silenciada la escena que solo sonaba a repetitivos flashes, la mujer.fotógrafa.estrella se había dado vuelta y tenia un saco marrón. El se ponía de pie y la rodeaba, mas siempre se encontraba a su espalda. Entonces la mujer se echaba a andar y el la perseguía por los recónditos callejones de una Madrid que se apagaba y se encendía de formas repentinas, mezclando dia con noche, luna con sol. En el instante en que finalmente las calles se hacían amplias y el se sentía mas lejos de la mujer.fotógrafa.estrella.china la mujer se daba vuelta y quitándose el saco le mostraba otro saco, ahora rojo. Des-velaba también su cara que era de nina y luego de mujer y luego de madre y de abuela y de anciana y de muerta en pocos segundos. Cuando estaba por reconocer la cara de la difunta, la misma pudriéndose desde la punta del cuero cabelludo hacia abajo le levantaba los cinco dedos y la palma derecha y rotando sobre si misma se echaba a correr.
La manicura jamas lo había insultado pero no pudo contenerse ante su impasividad. <Adonde te fuiste pelotudo! Queres que te mate un auto?>. El bocinazo o el grito, el ruido o quizás el silencio inmediatamente posterior le habían hecho abrir los ojos, cerrar los otros. Estaba, ahora, en el presente y sentia mas nada que una vaga certidumbre: de allí en adelante no podría jamas olvidar a sus ojos de la nuca y mirar repetitivamente hacia el pasado. Ahora, solo debía figurarse como iba a hacer para que a aquel mundo, donde vivían sus muertos (reales y forzados), entrara mas antes que después, mas hoy que manana, la mujer que acababa de insultarlo por primera vez. Se volvió sobre si mismo y la encaró con una sola certeza, de algún modo cuando la alcanzara al otro lado de la calle iba a matar a Lucia.
La vida es una creación de la mente
Buda
Recostado boca abajo, sintió un profundo dolor de cabeza que comenzaba en la frente y terminaba en el centro de la corteza de su cerebro. Se preguntó que era lo que le pasaba. La mano de aquella mujer dibujando suave por su espalda era su mano otrora pasando por la espalda de Maria. La mano de esta no Maria era, si claro, su mano en la espalda de Maria. La mano del amor, pensó. De un amor perverso; perverso y desatinado, siempre tarde o temprano, siempre a destiempo. Un amor ajeno a si mismo que fallaba sistemáticamente en reconocerse, que confundía el espejo en que se veía con una ventana y su reflejo con la proyección de una silueta que no le correspondía. Deseó que todo fuera diferente. Pero diferente como? Sabia que quería cambiar mas no sabia que quería cambiar; ni por donde empezar. Debo entonces cambiar todo. Si no hay por donde empezar empecemos por hacerlo todo junto, de forma desprolija y violenta. El lugar donde vivía. La persona con la que estaba. Las personas con las que estaba. El lugar donde trabajaba. El trabajo. La rutina. Los deportes que practicaba. Los autores que le leían, todo caía en una enorme caja de mudanzas rotulada "Varia", una caja que no sabia si subiría al camión que ahora quería arrancar. Pensó que quería nacer de nuevo, si era posible lo mas alejado de sus múltiples egos que pudiera alguien imaginarse. Si era posible en el cuerpo de una tortuga. Si, claro, eso es, en el cuerpo de una tortuga, verde y gigante, perezosa y despreocupada, que no conozca el mundo mas allá de un patio de tres por tres; de baldosas rojas. Cuyo desafio no fuera mas grande que caminar 20 pasos (pasos de tortuga, claro) para alcanzar un poco de agua o morder alguna hoja que ofreciera-le de alimento. Una tortuga que desconociera las teorías económicas y la importancia del ahorro. Que no supiera de Keynes ni de Platón, de Marilyn ni Jean-Paul Sartre. Un mero animal cuyos mecanismos de comprensión no superaran lo que sus limitados sentidos permitían le ver; cuyo intrincado sistema neurológico fuese tan simple que no permitieran le conocer la pasión ni el desarraigo ni la empatia ni el odio. Una tortuga si, que no pudiera sentir aquella mano ajena de no Maria en su espalda, dibujando secretos de alcoba que comenzaban a construirse de una manera absurda. Girando súbitamente, como no podría haberlo hecho la tortuga, intentando no parecer demasiado brusco, anulo el efecto de la mano del amor, se puso de frente y le dijo a la Manicura si quería salir a tomar un café a pesar del hostil clima. Afuera, como nunca antes en Junio, nevaba.
Las fuertes ráfagas de frió helado no lo amedrentaron y continuo el camino por la calle 7 a pesar de que la manicura se hubiese relegado un poco. El frio en las mejillas le recordó a la tortuga. Si yo fuera una tortuga metería la cabeza adentro del caparazón ahora mismo. Sintió que de algún modo todo lo que había en su cabeza era la cabeza de una tortuga y que su cabeza era el caparazón. Buceó entonces en el interior de su cráneo como si sus ojos de tortuga le permitieran ver el lado interno de la tenebrosamente húmeda carcasa. Entró en un mundo oscuro de caminos iluminados por tenues luces laterales. Luces de pasillos de un avión lo guiaban siempre hacia una salida de emergencia con una puerta de complicados mecanismos, siempre cerrada, siempre imposible de abrir. No tardó mucho en darse cuenta de que estaba en un laberinto. Que debo cambiar; adonde esta la puerta que abre el juego? Buscaba la celda del buscaminas que le abriera el mapa de su propia vida. Una que borrara tantos unos adyacentes a celdas tapadas, una que lo condujera a un par de cuatros, a unos cuantos tres y quizás hasta a algún cinco. Cruzaba un puente sin retorno, del hemisferio nor(este) de su cerebro, cuando el sacudon de su brazo izquierdo lo hizo caer a un vació negro cónico y lo trajo de vuelta a la realidad. <No me vas a esperar, che?> le dijo la manicura con la simpleza que la caracterizaba; con su sonrisa de tortuga. Caminaron 200 metros en los que le contó alguna historia sobre una clienta del salón que se habia roto las unas en una aparente contienda con su propio marido que la quería abusar. Pensó que nada de lo que decia la Manicura tenia demasiado sentido y solo atisbo a asentir con la cabeza moviéndose con suaves golpes de menton sobre pecho. Al final de la segunda cuadra, en la ochava norte de 7 y 16, cuando el invierno se hacia mas hostil que nunca, se metieron en el café de la música.
La verborragia de la Manicura lo sumergió de nuevo en sus pensamientos. Por un momento, mientras ella le hablaba y el escuchaba sin poner atención creyó que abandonaría su humor instropsectivo por el resto del día. Se había alegrado de estar, aunque fuera escuchando. Pero solo le duraría un rato. Cuando se hubieron sentado abandono nuevamente, esta vez con los ojos abiertos, el lugar. Se pregunto si podiase a través de la profundidad movilizar a lo superfluo, si había algo en las personas mas allá que la risa leve y el llanto plástico. Se desilusiono de no poder vivir de forma simple como todos los demás aparentaban hacerlo. Se preguntó si realmente así lo hacían o si era una dish-dash contra el dolor que realmente existía en la mundanidad de los humanos, en la humanidad del mundo. Se dolió de deber hacer un análisis casi sistemático de cada respiro que exhalaba el hombre de la mesa de al lado, del costo extrinseco de cada una de las acciones de la mesera que ahora traía su café con leche, de la verborragia de la Manicura. Miró por la ventana. Los arboles todavía no daban sombra y perdían así su gracia; no eran verdes sino marrones, apagados como una linterna sin pilas en medio de la oscuridad. Su falta de hojas no servia para detener una incipiente nevada. Siempre las cosas nos faltan cuando mas las necesitamos; que útiles hubieran sido las hojas de un árbol para detener la nieve que mojaba la cabeza de una mujer y su hijo. La mujer parecía acelerarse y luego frenarse a cada paso impar con cadencia de tango torpe. Se preguntó que ocurriría en la mente de aquella mujer que, apuradisima, parecía ir desapegada de cualquier evento ajeno a la mano de su infante. Cual seria su reacción si de un tercer piso cayera de repente un piano o un suicida. Pensó que los hombres de hoy, obnubilados en sus propios carriles, como tranvías o trolebuses antiguos, habían perdido la capacidad de cambiar de acera, seguían siempre la vía de su propia incomprensión, eran duenos y a la vez ajenos a todo lo que les pasara por al lado. Quizás la mujer se espantaría, un segundo, quizás se detendría, otro segundo. Mas volvería rápido a la mano del infante, a la boleta del gas, a la maestra del jardín que le había gritado al nene, al marido que trabajaba demasiado, al profesor de tenis con el cual se acostaría si le dieran los escrúpulos, al apuro por la nieve. Volvería a su caparazón de tortuga que camina despacio hacia un final que conoce. Ay! cuanto deseaba ser y cuanto aborrecía a los bichos lentos y perezosos, al caparazón, a la manicura al otro lado de la mesa con sus historias simples, con sus boletas del gas y sus problemas de vida en miniatura, en general a las tortugas de caparazón oscuro.
La manicura lo miraba en el reflejo de la mesa de madera lustrada, o quizás solo miraba un poco mas allá de su taza el centro de aquel cuadrado plano sostenido por cuatro pilares. Un cuadrado se sostiene por cuatro patas, que redundancia estúpida, que invento mas precario de la arquitectura; cuatro puntas, cuatro patas. Se preguntó quien habría sido el genio que decidio poner una pata de mayor soporte en el centro. Que dificil seria matar a la manicura. Aniquilaria para siempre de la realidad, tornarla una imagen del pasado. De un tiempo a esta parte lo consideraba con repetitivo desgano, con cíclica desidia: debía deshacerse de la manicura; dejar de pensar en ella, borrar (no solo de sus agendas, sino ademas de su mente) su numero de teléfono, su dirección, la evolución de su cara a una cara diferente. Debía darle salida y transformarla en una imagen del pasado, en una imagen congelada en un momento, en cientos de momentos que jamas volverían. Pensó en Maria, en sus palabras de aquella tarde diciéndole: "que era mejor si nunca jamas volvían a verse, si procuraban ya no mas hablarse, para que quede todo lo 'lindo' de la relación". Para recordar 'todo lo lindo', como si el otro se hubiera muerto, como si fuera las agujas de un reloj detenido en algún momento del pasado; una cara que si evolucionara lo hiciera como la de un muerto al que se le carcome primero la piel y luego la carne para transformarse, ulteriormente, en puros huesos. Una persona que ya no influenciara con su pensamiento, con su crecimiento, con su mejoría o su empeoramiento. porque la memoria no tenia caminos de regreso, porque toda primavera anterior era irrecuperable, y porque el amor mas desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera, la frase que el mismo había escrito gigante en la pared del costado de su cama, cuando Maria se había marchado, le retumbo en la cabeza. Eso debía hacer con la manicura, matarla, convertirla en una primavera anterior, en una verdad efímera, en lo lindo de un tiempo que jamas regrasaria. Se levanto de la silla y dejando atras su abrigo salio en camisa arremangada a la nieve. Atónita, Lucia no tuvo tiempo mas que de seguirlo con la mirada.
Cuando se encontró en la calle, la lluvia helada ya no era nieve mas lo parecía. Sintió que le habían crecido dos ojos gigantes en la nuca. Abiertos, conectados no al cerebro sino directamente al corazón. A diferencia de sus ojos normales que ahora le ardían por las gotas que se colaban por entre sus pestanas, los ojos inversos no veían la realidad. No les modificaba la vieja con su hijo, el piano que caía, la muerte de un transeúnte en un accidente de transito o la presencia de la manicura tratando de ponerle el saco sobre los hombros. Los ojos de atrás solo veían hacia el pasado. El pasado inmediato. A la manicura petrificada en un instante de hacia tres minutos y de ahi hacia atrás la involución de su tiempo, pasando por la manana misma de aquel dia, la mano en la espalda, la noche anterior y asi hasta el tarde de miércoles temprano en otono en que se habían conocido a la vuelta de la esquina de un callejón donde había una librería bastante pintoresca. Y luego, el pasado mediato. El de Maria, también siempre en el antes, mas aun siempre viva. Curiosamente los ojos la tergiversaban evolucionada, diferente a la manana del saco rojo; sin lagrimas en la cara, feliz, caminando por las calles de un Madrid abarrotado de turistas chinos. Sonriendo disimuladamente ante la alegria de la vida que se negaba a abrazar, como lo habia hecho siempre, como seguramente lo haría ahora. No sabia porque en Madrid, pero la imaginaban caminando lento hacia Cibeles, con un tapado marron que ella (la imagen inicial del pasado que los ojos al principio veian) jamas se hubiera puesto.Cerró los ojos (los de adelante) y se dejo trasladar a Madrid. No parecía hacer frió aunque la gente caminase abrigada. El ceceo de una pareja discutiendo en plena Gran Via lo retrotrajo a casa de sus abuelos, a su abuela gritando despacio a su esposo que viniera a comer; a su abuelo diciendo 'pues mujer' y reprochandole la no-necesidad del grito. Madrid estaba rara. Le faltaban transeúntes y autos; Gran Vía callada y ajena. Retumbaba solo el ceceo de la pareja discutiendo: 'Pues mujer, pues mujer, pues mujer'. De pronto habia saltado muchas cuadras y calles y estaba en puerta del sol sentado al pie de una estatua. Miles de turistas chinos le fotografiaban de pies a cabezas, pues mujer, pues mujer le decían todos los varones a una que parecia ser la fotógrafa estrella. Matias agachaba la cabeza, la hundia entre sus rodillas. Apretaba sus orejas con la parte interna de sus muslos, queria cerrar los ojos, abrir los ojos, volver de esa pesadilla a la que lo habian llevado los ojos del pasado y la cual no podia entender. Al sacar la cabeza de entre las rodillas, aturdido por la presión que había generado, silenciada la escena que solo sonaba a repetitivos flashes, la mujer.fotógrafa.estrella se había dado vuelta y tenia un saco marrón. El se ponía de pie y la rodeaba, mas siempre se encontraba a su espalda. Entonces la mujer se echaba a andar y el la perseguía por los recónditos callejones de una Madrid que se apagaba y se encendía de formas repentinas, mezclando dia con noche, luna con sol. En el instante en que finalmente las calles se hacían amplias y el se sentía mas lejos de la mujer.fotógrafa.estrella.china la mujer se daba vuelta y quitándose el saco le mostraba otro saco, ahora rojo. Des-velaba también su cara que era de nina y luego de mujer y luego de madre y de abuela y de anciana y de muerta en pocos segundos. Cuando estaba por reconocer la cara de la difunta, la misma pudriéndose desde la punta del cuero cabelludo hacia abajo le levantaba los cinco dedos y la palma derecha y rotando sobre si misma se echaba a correr.
La manicura jamas lo había insultado pero no pudo contenerse ante su impasividad. <Adonde te fuiste pelotudo! Queres que te mate un auto?>. El bocinazo o el grito, el ruido o quizás el silencio inmediatamente posterior le habían hecho abrir los ojos, cerrar los otros. Estaba, ahora, en el presente y sentia mas nada que una vaga certidumbre: de allí en adelante no podría jamas olvidar a sus ojos de la nuca y mirar repetitivamente hacia el pasado. Ahora, solo debía figurarse como iba a hacer para que a aquel mundo, donde vivían sus muertos (reales y forzados), entrara mas antes que después, mas hoy que manana, la mujer que acababa de insultarlo por primera vez. Se volvió sobre si mismo y la encaró con una sola certeza, de algún modo cuando la alcanzara al otro lado de la calle iba a matar a Lucia.
lunes, 1 de agosto de 2011
Short Yellow Dream
Short Yellow Dream
"A la voz francesa que inspiro este sueño, o al sueño que aun no he visto y quizás haya inspirado a la voz a cantar"
In the haziness of a monochromatic dream of old cities falling appart, while I stood in amazement and wonder with my eyes aiming at an elusive sun or moon, she whispered to me from the distance: <<Be in my way. Be my way. Let me be any way I am meant to be. Then, and only then, I will be your way, your way to see love, your way to feel joy, your way to a happier way of living everyday...>>
It must have been the confusion of a dreamed world, the impersonality of my face or the gust of winds mixing with the destructive noise of the desintagrating buildings of sand and water what made him think that my shout was a whisper, that my words were in english. Through the disappearing sound of the cords of my dying guitar, sitting in the midst of a vanishing unreality, while he stared at a veiled moon, I shouted to him from the back of my heart, the top of my loud crying voice: "Eblouie par la nuit à coup de lumière mortelle; A-il aimé la vie ou la regarder juste passer?; De nos nuits de fumette il ne reste presque rien; Que tes cendres au matin; J’t'ai attendu 100 ans dans les rues en noir et blanc..."
"A la voz francesa que inspiro este sueño, o al sueño que aun no he visto y quizás haya inspirado a la voz a cantar"
In the haziness of a monochromatic dream of old cities falling appart, while I stood in amazement and wonder with my eyes aiming at an elusive sun or moon, she whispered to me from the distance: <<Be in my way. Be my way. Let me be any way I am meant to be. Then, and only then, I will be your way, your way to see love, your way to feel joy, your way to a happier way of living everyday...>>
It must have been the confusion of a dreamed world, the impersonality of my face or the gust of winds mixing with the destructive noise of the desintagrating buildings of sand and water what made him think that my shout was a whisper, that my words were in english. Through the disappearing sound of the cords of my dying guitar, sitting in the midst of a vanishing unreality, while he stared at a veiled moon, I shouted to him from the back of my heart, the top of my loud crying voice: "Eblouie par la nuit à coup de lumière mortelle; A-il aimé la vie ou la regarder juste passer?; De nos nuits de fumette il ne reste presque rien; Que tes cendres au matin; J’t'ai attendu 100 ans dans les rues en noir et blanc..."
miércoles, 20 de julio de 2011
Amistad
Amistad
“Que cosa mas grande que tener a alguien con quien te atrevas a hablar como contigo mismo"?
Ciceron
“Que cosa mas grande que tener a alguien con quien te atrevas a hablar como contigo mismo"?
Ciceron
Un tipo se va, entra, sale, vuelve a entrar, vuelve a salir y vuelve a entrar. Se detiene un paso adelante de la puerta, lo mira al otro cada vez que entra con los ojos fijos; lo quiere cagar a trompadas, correctamente, como se debe, con las dos manos cerradas. O quizas acogotarlo, asfixiarlo hasta que se ponga violeta. Pero solo le lanza una llamarada de insultos y la reconcha de tu madre pedazo de hijo de puta te voy a matar. El otro lo mira, sonrie, agacha la mirada, lo vuelve a mirar y vuelve a sonreir. El primero se enoja, se desenoja, putea, se esta por reir y vuelve a putear, que tanto culo vas a tener de meterme un gol en el minuto 90 y tomando el joystick gris se lo tira por la cabeza. El otro se cubre la cabeza y tapa el golpe con la mano derecha, se sigue riendo y cuando asoma nuevamente los ojos, dice: "No te olvides que tenes que pagar la coca".
Juan y Juan salen de la casa de Juan; caminan dos cuadras y se sientan en el kiosquito de la vuelta, que no esta a la vuelta de nada, o que esta a la vuelta de algun algo que ellos no saben que esta ahi a la vuelta. Piden una coca, la paga Juan. Y se la toman en vasos de plastico blancos; ridiculamente pequenios, ridiculamente finitos, ridiculamente blancos. Juan no puede dejar de lado el partido. Siempre me haces el mismo, gol, el mismo desborde; no deberian valer esos goles, aparte jugas con el Barca y yo como un pelotudo sigo eligiendo Central, que por mas jugadores que le haya comprado no tiene el funcionamiento del Barca, ni siquiera en la Play. Y Juan, del otro lado se rie. Si te escuchara el Negro decir que Central no se parece al Barca ni en la play te soltaria una diatriba de puteadas como la que me soltaste vos a mi hace un rato, como la que le solto el Tano Pasman a Pasarella y los jugadores de River. Deci que se murio. El negro digo, se murio, hace ya cuatro anios, podes creer?. Que tipo crack, el Negro, boludo, el Negro era como el Messi de los cuentos cortos, del humor, de la cultura, pensa que nacio aca nomas, que iba al Cairo, sabes lo que daria yo por poder entrar a un lugar donde estuviera el Negro? Sabes que iria todos los dias al Cairo y me sentaria cerca de la mesa de los Galanes y aprenderia todo de el, y ahora en vez de perder el tiempo rompiendote el culo a la play y hablando como un burro, estaria escribiendo un cuento, como escribia el Negro, sobre las diferencias entre el Barca y Central. Ah, pero sos canchero? Encima que me ganas de pedo, me gozas y te haces el culto, vos queres que te cague a piñas, en serio, oloroso? O queres que definitivamente me agarre a tu hermana de una vez por todas? El Juan Negro, medio que se enoja, se rie y se vuelve a enojar, pero le da un sorbo a la coca, el segundo del vaso; y se lo termina."Servime mas coca y callate, perdedor". Se joden entre ellos, todo el tiempo, se calientan pero se acompanian, pasan todo el dia juntos, juegan la revancha a la play y como no podia ser de otro modo gana Juan.
A la noche salen a comer una pizza y a mirar minas, al dia siguiente juegan la revancha de la revancha de la play y despues se van un rato a la facultad. Juntos. El Jueves se encuentran con los otros pibes, juegan un picado. En el mismo equipo. Juan juega atras, de dos, paradito entre los laterales que en el fútbol cinco no existen. Corta y lanza. Lanza pases cortos; siempre al compañero mas cercano, segun el 'el mejor ubicado'. Nunca larga. Juan se queja. "Tiramela larga, boludo. Ti - ra - me - la Largaaaa, cuantas veces me vas a hacer picar al vacio al pedo?". Y Juan no le contesta. Demasiada concentración le demanda mantenerse en el partido. La habilidad no es lo suyo. El partido termina. Termina bien. Ganan. No hay piñas. Como hace un par de semanas cuando uno de los de la 80 le pego a Juan de atras y le piso el tobillo. Y el otro Juan viniendo desde el fondo, a toda velocidad, lo emboco de lleno. En la mandíbula. Y se armo; se armo grossa. Ese dia terminaron en el hospital; pero no por la piñas sino porque el arquero se rompió los cruzados; después de la piñas en la jugada mas pelotuda del mundo.
El viernes salen y a Juan lo cubre Juan para que no lo enganche la novia mientras habla con otra mina. Es incapaz de meterle los cuernos. Pero le gusta el chamuyo. Le gusta sentir el ficticio placer de que si el lo deseara, si no tuviera novia, si no fuera el quien decide asi no hacerlo; si quisiera, a esa mina se la agarra. Y la da vuelta como una media. Y a la salida del boliche se comen un pancho, rancio pero delicioso. Un manjar de savora vencida y salchichas que han estado hirviendo por dias en agua tibia. Se comen uno, a medias; porque se quemaron toda la guita en fernet, y sino no les alcanza. Entonces cuando todavia no han bajado el pancho, o el medio pancho, empiezan a patear, por Rivadavia, tranka. Y Juan empieza, otra vez, a divagarsobre la vida y sobre el Negro Fontanarrosa y Borges y Sabina y Fito. "Y viste la que tiro Fito de los Fachos?". Pero Juan no lo escucha, el va en su mundo. El mundo de la calle. De mirar siempre alerta lo que esta pasando. Porque la calle no es joda. El lo sabe. Y sino quien lo protege al boludo este de Juan.
EL sabado a Juan se le queda el auto llendo a lo de su novia y Juan lo pasa a buscar con la moto; chocan y ninugno se va al hospital. Pero tienen que hacer la denuncia. Se van hasta la quinta, de nuevo pateando, ahora por Paraguay. Solo que esta vez tienen que cargar la moto. En esta caminata no hay charla ni divague de borracho. Los dos van callados. Juan sabe que Juan tuvo la culpa del choque pero no le dice nada. Que le va a decir si el mismo debe saber que se mando una cagada gigante. Cuando llegan a la comisaria y estan sentados en la seccional, esperando a que alguien les tome la denuncia; en el momento en que el tiempo se hace espeso y todo comienza a parecer irreal, mientras ambos estan mirando hacia abajo con las manos apoyadas en las rodillas y la cabeza casi hundida entre los brazos, Juan le pregunta a Juan. "Che, boludo, que hubiera pasado si en el choque con la moto, yo me moria?". El silencio sigue a la a y al signo de pregunta y se hace mas espeso que el tiempo de la comisaria en que estan sumergidos. Entonces, cuando aparece el comisario y los llama por su nombre, justo cuando los dos se levantan del banco de madera para entrar en la pieza contigua, Juan toma a Juan del brazo y le dice: "Que pregunta pelotuda me haces? Si vos te moris una parte de mi se muere con vos y una parte de vos se queda para siempre conmigo, no te das cuenta que vos sos yo y yo soy vos, no te das cuenta que sos, fuiste y vas a ser siempre, mi mejor amigo?"
miércoles, 6 de julio de 2011
Lujan
Lujan
“A quien nunca fue mi hermano, a quien siempre lo será”
Sentado sobre los escalones de la escuela pública Perito Francisco Moreno me he quedado con un semblante diferente , obnubilado, fuera de mi.
Esta mañana nos ha buscado Don Armando. Como todas las mañanas el Scania Rojo y Gris del año 65 ha llegado puntual y el gordo ha abierto sus puertas con una sonrisa entre forzada y natural. Llegando tarde, con temor a que me dejen, he corrido a toda velocidad con la mochila más grande que yo golpeándome la espalda a cada paso. En mi torpe y desesperada carrera me he caído en la in-famosa bajadita, la misma donde tiempo después perderé mi primer carrera de bicicletas al (también) caerme justito antes de llegar; antes de cruzar la línea de llegada y ‘entrar’ victorioso al barrio de 5 casas idénticas.
Gracias a Dios (o a la experiencia de mi madre) esta mañana mis pantalones de gimnasia azules; sin tres rayas, llevan parches en las rodillas. Los parches han ayudado, no solo a que el pantalón no se rompa sino, además, a que mis rodillas no lleven, aun, otra frutilla. Lo que si se ha roto, en miles de pedazos, son las Manon que llevo en la mochila. Sin saberlo en ese momento, he perdido mi comida de recreo; sin saberlo, entonces, tendremos que compartir la tuya: gloriosas obleas ‘champagne.’ La lata de bolitas, con el bolón de acero, por suerte esta mañana la has cargado vos. Si supiera que, días mas tarde, la vamos a perder, te robaría el bolon y me lo guardaría en el bolsillo. Lo haría por el bien del todo. Mi tardanza se ha debido ha que me he quedado intentando peinar mi pelo rebelde con gomina, como nos ha enseñado tu viejo, para atrás. No fue solo mi pelo motoso lo que me demoro sino una humedad inusitada que ha despertado a las imponentes montañas que nos rodeaban con silencio de viento ausente. Esta mañana rara amenaza con lluvia.
Sentado sobre los escalones de la escuela me he quedado con un semblante diferente. Esta tarde, habiendo dejado que Don Armando nos deje en el viaje de vuelta, sentado en estos escalones, he visto, a través de las gotas que pueblan el ambiente desapareciendo una tras otra con cadencia veloz, el reflejo de dos hombres; la sombra de su sombra proyectada en el papiro apenas hoy escrito de mi memoria futura: mi imaginación. Uno de los hombres va en un avión, que nunca es el mismo. La escena cambia, los acompañantes del hombre cambian, a través de la ventana se ven diferentes ciudades. Pasa el Kremlin y la Estatua de la Libertad, La muralla China y Angkor Wat, La opera de Sydney y Hagia Sophia; pasan hombres con sombreros de pana, playas, montañas, edificios imponentes y mujeres de muchas nacionalidades hablando idiomas de amor incomprensibles, mostrando gestos que no reflejan en su alma. El hombre está en una búsqueda desesperada, a lo largo y lo ancho del globo. Más no sabe que busca y por eso, con inusitada vehemencia, a través de noches blancas y días negros, con obsesiva persistencia, lo persigue. El hombre ve a otro hombre, mucho más sereno que el y mas enardecido a la vez, parece la parte opuesta de su mismo ser, la otra cara de una moneda que habiendo sida acuñada en el mismo lugar, se escindió de si y circula en una nación diferente. Es un hombre más arraigado, mas familiar, mas centrado. Va sentado en un colectivo, que es siempre el mismo. La escena cambia y los acompañantes del ‘hombre.otro’ son siempre los mismos aunque cambian, se modifican, se mejoran y envejecen. A través de la ventana pasan escenarios diferentes. La ciudad (que es siempre la misma) se transforma de manera armónicamente dinámica. Pasa una plaza y luego otra, los imponentes Andes, ríos, lagos y zanjones, veredas anchas de adoquines rojos y señoras pasando el lampazo con kerosén. Pasan mujeres hablando idiomas de amor comprensibles, mostrando gestos que no se reflejan en el alma de este otro hombre. Esta, el también, en una búsqueda desesperada. A lo largo y a lo ancho de ‘su’ globo. Más no sabe que busca y por eso, con inusitada vehemencia, a través de noches negras y días blancos, con obsesiva persistencia, lo persigue.
El hombre del avión ve una tormenta cayendo sobre la ciudad del hombre del colectivo, y a través de sus gotas ve un lugar mágico que esconde una melodía que no se puede escuchar pero que los ojos correctos pueden ver. El lugar mágico guarda un secreto en cada estación del año. Cada invierno sus niños salen a buscar víboras en la tierra prohibida de detrás de tres de las cinco casas, donde residen los mounstros mas enormes y donde juran haber visto Boas constrictor y serpientes de coral devorar leones y levantarse ante a humanos a los que han perdonado por ser parte de la magia del lugar. Allí los altísimos pastos de 30 centímetros ofician de jungla exuberante y los niños cargan machetes inconmensurables (cuchillos de cocina que han robado cada uno a sus madres) para atravesar los peligrosos pantanos. En otoño, los Álamos, de pie a los costados de las calles de pozos sobre el asfalto pedregoso y color brea, escoltas reales de los paseos en bicicletas de cross-Rolls Royce-imperiales, les regalan a los niños, con desinteresada generosidad, cientos de miles de hojas dispuestas a oficiar de colchoneta inflable para que se arrojen a toda velocidad desde sus bicicletas. Y a los niños no les importa que luego vayan a oler a hollín, ni que sus caras vayan a llenarse de ese polvillo que las hojas exhalan. Luego del invierno, y en cada primavera, el barrio de YPF, el recóndito lugar que existe mas allá del lugar mágico, pasando la bajadita y del otro lado de la ruta, se convierte en Beverly Hills. Es un barrio coqueto de ‘otras’ casas que tienen entradas majestuosas y calles particulares. Casas que tienen la osadía de no ser todas iguales; que atrévense a ser diferentes las unas de las otras. Palacios, donde vive gente rica que pasa el verano en algún lugar de playa que no es Chile y cuya gente a los niños del lugar mágico no les interesa por no ser parte de su mágico mundo. Cuando finalmente llega el verano, la mas agradable de todas las estaciones del lugar magico, el pasto florece y los caballos atienden a presenciar contiendas, que se juegan en el estadio del lugar mágico, ‘la canchita del medio’. Es la época de los mundialitos de futbol, que al modo de los torneos de tenis más importantes, solo se pausan por falta de luz. Y continúan al siguiente día. Veranos en los que además se pelean guerras extremadamente beligerantes con estrategia y rango de oficiales, con piedras.armas y una e(m)planadita, que nadie sabe para que ha sido puesta sino para obrar como campo de batalla de las contiendas entre ejércitos de niños. Batallas que se suspenden, al igual que futbol, solo por falta de luz, y que continúan (si no hay mundialito de futbol), al día siguiente. La desaparición del verano, a veces trae una primavera y otras veces otro invierno que cuando llega pone a los niños que ya no buscan víboras, a esperar. Esperan a que llegue el día en que la magia se acuerde de ellos y les regale el más preciado de los bienes que jamás podrá existir: blanca y fría nieve. Los niños roban zanahorias y salen con su único gorro de lana en la mano dispuestos a donarle sus bienes a un muñeco de nieve que a la mañana siguiente ya no estará allí pero cuya presencia permanecerá en el recuerdo hasta que el sol de nuevo asome y la primavera que subsigue traiga mas escapadas en bici a Beverly Hills. Y cada día, de cada estación, hay un perro guardián de la magia que, aunque ellos no lo sepan, es el encargado de que cada jornada guarde una pizca de encanto, un hechizo implicito, en cada una de sus horas. Y hay madres también en el lugar magico, madres que a los niños cuidan y alimentan y obligan a hacer la tarea, recordándoles que por mas mágico que sea, aquel lugar existe en un mundo de veras.
Una azafata trae en si de repente al hombre del avión que se ha quedado atónito y no le contesta. No puede creer lo que ha visto, a sus 50 años, ha visto un lugar mágico y a niños cargados de felicidad. No entiende el significado y mirando de nuevo la lluvia por la ventana intenta sumergirse nuevamente en el sueno. Esta, aun, fuera de si.
Una azafata trae en si de repente al hombre del avión que se ha quedado atónito y no le contesta. No puede creer lo que ha visto, a sus 50 años, ha visto un lugar mágico y a niños cargados de felicidad. No entiende el significado y mirando de nuevo la lluvia por la ventana intenta sumergirse nuevamente en el sueno. Esta, aun, fuera de si.
Sentado sobre los escalones de la escuela me he quedado obnubilado y veo al hombre del avión esfumarse a través de las gotas que pueblan el ambiente desapareciendo una tras otra con cadencia veloz, al paso que vos, bajando la escalera a toda velocidad, me gritas que nos juguemos un arco a arco a dos toques con una pelota de medias. Las celadoras se han ido y mientras esperamos que nos vengan a buscar. es nuestra oportunidad de hacer una travesura bajo la torrencial lluvia que no es para nosotros tan común. Siento que el lugar de las gotas del hombre del avión esta cerca. Sacándome el guardapolvo, me sumerjo abajo de la tormenta. Un estadio repleto de hinchas enloquecidos cantando bajo el agua me recibe destrozándose no menos las palmas que las gargantas y entrándole con toda la fuerza de mis zapatillas blancas a las medias que ofician de pelota, la hundo en lo más alto del cielo ennegrecido por las nubes para comenzar el partido. Entonces, cuando se apacigua la ovación de la hinchada imaginaria y la ‘pelota’ vuelve al suelo, antes de que se empiece a dirimir otra final del mundo, veo un último repentino flash del mismo hombre en el avión, sentado, atónito, mirando su propia tormenta.
Cuando por la ventana del hombre que a mis ocho años estoy viendo a través de esta tormenta, pasa un estadio remoto y un pequeño jugador revienta una pelota en el aire, el hombre siente una profunda nostalgia. Ya es viejo y ha buscado por todo el universo la respuesta a su infructuosa búsqueda. No ha encontrado, cree, porque ha estado buscando la respuesta en los ojos de alguna mujer que ha fallado en encontrar. Asi, a través de la nostalgia, de la pelota volando por el aire y la mujer inexistente, se da cuenta que lo que está viendo en aquellas gotas no es más que su imaginación pasada: su imborrable memoria. Y encuentra, con felicidad, en su recuerdo, la ubicación espacio temporal del lugar mágico. Y se olvida de la mujer. Cerrando los ojos, se ve gambetear charcos con una pelota de trapo y descubre en la escena al hombre del colectivo en forma de nino, rival, amigo, hermano, contrincante. Caen gotas que siente lo mojan dentro del avión. Se le acelera levemente el cansado corazón y descubre que él y el hombre del colectivo han estado buscando lo mismo. Han estado buscando lo mismo y tiene, efectivamente, ahora se da cuenta, nombre de mujer. De mujer que empieza con las dos letras con las que el siempre creyó que iba a comenzar. Mas, entiende, con esfuerzo supremo, que el objeto de su obsesión, no es efectivamente una mujer aunque lleve su nombre.
Sentado en un avión que lo conduce a algún lugar irrelevante, a través de una gota de agua cualquiera, el hombre del avión se ve de niño viéndose sentado en aquel avión mucho tiempo más tarde. Y al ver por la ventana el recuerdo de su propia imagen reflejada en su imaginación, recuerda que el faro en los dos polos de su camino se llama Lujan. Es aquel lugar mágico que acaba de rememorar y donde el mundo de su infancia le ha mostrado (a el y a quien gambetea bajo la lluvia) que es en la simpleza de la vida donde habita el motor de toda búsqueda. Asi, baja la ventana y deja que el niño siga su partido. Sabe ahora que, es en las pelotas de trapo, las bicis de cross, las boas imaginarias, las finales del mundo que se suspendían por falta de luz y las hojas de otoño regaladas, donde yace la más extrema e inconmensurablemente perfecta felicidad que tanto ha estado buscando. Una felicidad a la que cada día, retornando a través de los caminos de la memoria, nostalgia del recuerdo imborrable, él y su hermano del alma pueden volver, yéndose con la mente a ese tiempo fabuloso que fueron sus días en un lugar mágico, que ahora termina de rememorar y que se llamo y se llamara siempre: Lujan.
domingo, 19 de junio de 2011
Juan Segundo Dos Vidas
Juan Segundo Dos Vidas
“Einmal ist Keinmal”
Eran las 5:55 cuando sonó la alarma y la apagó. Eran las 5:56 cuando sonó la alarma, y de nuevo la apago. A las 5:55:30 se levanto y a las 5:56:30, por segunda vez, también, se levanto. Cuando hubo puesto el pie derecho en el piso por segunda ocasión aquella mañana se dirigió al baño y entre la oscuridad de un sol que, apenas despuntando, se filtraba por los espacios no ocupados de las cortinas de blanco lienzo, levanto la tabla y orino. Salió del baño y sin recorrer más de un pie de la habitación volvió a entrar y luego de levantar la tabla que acababa de bajar, un poco más, orinó. Media hora más tarde, ya cambiado y aseado por partida doble, estaba listo para salir de su casa. Miró a su mujer aun durmiendo con respiración agitada. Sintió que no podía abandonarla, que quizás aquel día debería no acudir al trabajo, que podía ocurrir que la respiración agitada le presagiara un mal día, que probablemente ella lo necesitara allí a su lado. Sintió necesidad de romper con su rutina, con su sistema, de volver a la cama y abrazarla, de retornar a ella y volverse leve. De disfrutar. El latido de su yugular fue ahora el agitado. Sintió que el aire espeso de la habitación de puertas cerradas (su mujer tenía fobia de dormir con la puerta abierta) le quitaba la capacidad de pensar con claridad. Antes de irse, con los mismos ojos que la había mirado instantes atrás, le volvió a mirar y experimento deseo otra vez de quedarse. Cuando la sensación de que la habitación cerrada no permitiale pensar comenzó a invadirlo giró bruscamente y se dirigió la puerta de calle. Abrió, cerró, abrió, cerró y vio el resplandor de un sol sofocante invadirle los poros de la cara y la medula de las retinas. Se tapo el rostro (incluido los ojos) y al correr las manos, volvió a experimentar la sensación de que aquel radiante sol de lunes porteño, le invadía los poros y la retina. Comenzó entonces una vez más el tedioso camino.
Su forma de andar por las calles parecía a algunos, graciosa. A otros les irritaba. Algo sabía bien el. Era la forma necesaria de andar, si quería darle peso a su vida. Creía que nadie sabía de ella en su oficina ya que a su escritorio no habíale visto nadie jamás llegar, y de allí no lo habían visto nunca retirarse. Nunca escucho a nadie burlarse porque desde los 27 años padecía de sordera selectiva. Había elegido la tarea mas adecuada para su propósito a la edad de 24, estampillador de la dirección nacional del automotor. Dos estampillas idénticas por cada legajo. En la calle, por cada dos pasos que Juan daba hacia adelante recorría uno hacia atrás. Los lunes, martes y miércoles la secuencia comenzaba después de dar el primer paso y retroceder uno igual. Los jueves, viernes y sábados daba dos y entonces comenzaba a retroceder. En contra de lo que muchos pensaban, el mecanismo no le costaba concentración alguna. En el barrio se comentaba que por el grado de concentración que aquel andar requería era que jamás levantaba la vista del piso y que usaba aquellos auriculares en los oídos. Las conjeturas sobre lo que escuchaba eran variopintas. Un grupo de mujeres que se juntaba a tomar el te a las 6 y media en la confitería del Siglo afirmaban haber escuchado una voz satánica transpirar de los auriculares. Otros decían que escuchaba simplemente las noticias de la mañana, otros que era irrelevante pues padecía de sordera. Juan solo escuchaba la cíclica repetición de la novena de Bach de dos aparatos diferentes. Uno en cada oído. El resto de lo que los mortales decía, era todo era una patraña.
La mañana de aquel lunes casi llegando a la esquina de Avellaneda y Alsina creyó escuchar que le gritaban, mas decidió ignorar cualquier potencial cambio a su rutina que pudiera modificar el curso del tiempo.
Cuarenta y siete años antes, sentado en el colectivo de la entonces línea C habia abandonado los dibujos del libro de tapas duras del gato con botas que llevaba en sus manos y leído mirando hacia la izquierda y en diagonal hacia abajo con dificultad: “el mundo, es un círculo que ya se ha repetido una infinidad de veces y que se seguirá repitiendo in infinitum”. El libro de aquel hombre de pelo canoso y manos cansadas que se había sentado a su lado después de la primer parada, temblaba por las imperfecciones del asfalto mas también por la imprecisión de su propio pulso. Cada tanto el hombre limpiaba la garganta y el pequeño Juan creía haber sido descubierto en su intromisión. Entonces, cambiaba la dirección de su mirada súbitamente hacia la ventana. Vio la zapatería Lena, a una mujer rubia caminando con una niña de vestido blanco de la mano y la puerta de la escuela pasar delante de sus ojos. Ante todos pestaño rápidamente para encontrarlos (casi) en la misma situación y el mismo lugar. Cuando volvió a posar, por última vez, la mirada sobre el libro del hombre alcanzó a leer: “todo vuelve y retorna eternamente, cosa a la que nadie escapa!”. Apretó suavemente los labios y adelantando el inferior por sobre el superior sintió que bajabasele la (aun no incipiente) nuez y se le estiraba la piel del cuello. Con brillante capacidad para un niño de su edad se pregunto si así se sentirían los hombres de África. La mañana anterior su maestra les había mostrado una foto de aquellos hombres del color del café de su madre y a el le había impresionado la forma de sus labios. Cuando retorno del continente origen (adonde su mente se iría tantas veces a lo largo de los años) se encontró mirando al vacio. Levanto entonces la vista y vio que el hombre de cabellos del color de la leche de su madre había cerrado el libro y lo miraba como desde arriba de un pedestal. Luego de limpiar la garganta, el hombre leche, con compasión le dijo <<Recuerda, Juan, esto no es cierto o quizás si, pero en cualquier caso, Parmenides estaba equivocado: el peso no es negativo>>. No supo como sabia su nombre más supo que su vida jamás volvería a ser la misma. Tenía 7 años, iba camino a la escuela y no sabía ya cual era la hora ni en qué calle se encontraba. No pensó ni quiso averiguar a quien pertenecía la frase ni quién era el hombre calvo. Cuando volvió del asombro se dio cuenta que se había pasado dos paradas.
Cuarenta y siete años antes, sentado en el colectivo de la entonces línea C habia abandonado los dibujos del libro de tapas duras del gato con botas que llevaba en sus manos y leído mirando hacia la izquierda y en diagonal hacia abajo con dificultad: “el mundo, es un círculo que ya se ha repetido una infinidad de veces y que se seguirá repitiendo in infinitum”. El libro de aquel hombre de pelo canoso y manos cansadas que se había sentado a su lado después de la primer parada, temblaba por las imperfecciones del asfalto mas también por la imprecisión de su propio pulso. Cada tanto el hombre limpiaba la garganta y el pequeño Juan creía haber sido descubierto en su intromisión. Entonces, cambiaba la dirección de su mirada súbitamente hacia la ventana. Vio la zapatería Lena, a una mujer rubia caminando con una niña de vestido blanco de la mano y la puerta de la escuela pasar delante de sus ojos. Ante todos pestaño rápidamente para encontrarlos (casi) en la misma situación y el mismo lugar. Cuando volvió a posar, por última vez, la mirada sobre el libro del hombre alcanzó a leer: “todo vuelve y retorna eternamente, cosa a la que nadie escapa!”. Apretó suavemente los labios y adelantando el inferior por sobre el superior sintió que bajabasele la (aun no incipiente) nuez y se le estiraba la piel del cuello. Con brillante capacidad para un niño de su edad se pregunto si así se sentirían los hombres de África. La mañana anterior su maestra les había mostrado una foto de aquellos hombres del color del café de su madre y a el le había impresionado la forma de sus labios. Cuando retorno del continente origen (adonde su mente se iría tantas veces a lo largo de los años) se encontró mirando al vacio. Levanto entonces la vista y vio que el hombre de cabellos del color de la leche de su madre había cerrado el libro y lo miraba como desde arriba de un pedestal. Luego de limpiar la garganta, el hombre leche, con compasión le dijo <<Recuerda, Juan, esto no es cierto o quizás si, pero en cualquier caso, Parmenides estaba equivocado: el peso no es negativo>>. No supo como sabia su nombre más supo que su vida jamás volvería a ser la misma. Tenía 7 años, iba camino a la escuela y no sabía ya cual era la hora ni en qué calle se encontraba. No pensó ni quiso averiguar a quien pertenecía la frase ni quién era el hombre calvo. Cuando volvió del asombro se dio cuenta que se había pasado dos paradas.
Desde aquella mañana de lento invierno bonaerense en la que la luz había desaparecido al subir el a aquel colectivo, supo que debía vivir cada instante la mayor cantidad de veces posible. Fue así que la siguiente mañana fue y volvió 4 veces en el mismo interno de la línea 96 antes de bajarse en la escuela. Llego 3 horas y cuarenta y seis minutos tarde. Catorce minutos antes de la salida. Con el tiempo fue puliendo la idea, minimizando sus acciones a las ínfimas necesarias. Logro así tener que repetir la menor cantidad de cosas posibles. Aprendió a los 11 que la repetición de todos los actos requeriría de un tiempo infinito y cíclico. El crepúsculo y el amanecer le dictaban la linealidad pero él no estaba dispuesto a rendirse. Quiso avocarse a la lectura de Borges más cuando lo leyó hablando de un rio que no ocurria dos veces, supo que era otro Parmenides, y lo abandono. A los 13, luego de haberse levantado durante 2 años a las 4 de la mañana para caminar ida y vuelta hasta su nueva escuela (a tan solo 25 cuadras de su casa) desarrollo el método de caminar que perfeccionaría a los 16 y que ulteriormente le llevaría a la muerte mas de cuarenta mas tarde. Por aquel entonces separaba ya la comida en dos mitades (dos veces) y había aprendido a utilizar siempre dos cucharas, dos cuchillos o dos tenedores según el plato del día requiriese. Los movimientos eran armónicos y sincronizados, uno tras el otro, siempre a la misma distancia. Al principio sus padres creían que era un juego. Cuando quisieron remediarlo (creyendo que Juan actuaba de manera patológica) estaba ya tan entregado a sus sistemas que fue imposible convencerlo de nada. Conoció a su mujer en dos ocasiones seguidas y le dijo dos veces el mismo piropo. Ella lo encontró romántico hasta el día que le propuso matrimonio repitiéndole el mismo verso de Neruda hasta que ella dijo que sí. Solo una respuesta podría haberlo detenido. Aquel día, obnubilado por el i-raciocinio de su corazón vencido ante la belleza de su mujer, creyó que podría detener el tiempo en aquel momento si tan solo repetía el mismo verso hasta el infinito. Cuando ella respondió sintió una especie de alivio.frustracion que lo conmovieron hasta las lágrimas. Dos: idénticas y consecutivas. Rodando por la misma mejilla. A los 21 descubrió que debía alejarse de la mayor cantidad de hechos fortuitos posibles si quería lograr la perfecta duplicación de la vida. Fue así que fue perdiendo contacto con los demás mortales. Con su esposa fue dilapidando el dialogo hasta no hablarle más a los 37. El amor de aquella mujer de ojos negros laca y mejillas de porcelana era demasiado grande por aquel Juan que algunos consideraban esquizofrénico y otros maniaco depresivo. No pudo dejarlo. Los años pasaron con la lenta velocidad de una vida que se hace cada vez más pesada, y Juan sintió que de a poco iba ganando la pulseada. Todo hasta aquella mañana de lunes.
El grito que su necesaria reproducción del tiempo había ignorado trataba de prevenirlo. Pero el no pudo admitirlo. Nada podía sacarlo de la rutinaria necesidad de repetir la vida en dos vidas iguales en el deseo de no esfumarse como una mera imagen de nada. Sombra sola, sin sustancia. Nada salvo un hecho inevitablemente irremediable. Nada salvo la muerte. Vio al camión rojo tan cerca suyo que no pudo dar el último paso hacia atrás. Las declaraciones judiciales de 4 testigos aseveraron que había sido un voluntario suicidio ya que el hombre había vuelto su camino para ponerse en el trayecto de la maquina. A él le pareció ver un león feroz arrimarse a rugirle en la cara. Su mente pudo pensar en como hacer para que el golpe (que irremediablemente iba a ocurrir) de nuevo ocurriera. Mas el tiempo lineal de una vida sin sentido le mostró la última carta. Juan había logrado engañarlo durante 48 años con precisión envidiable pero las agujas que no paraban de girar le tenían preparada la venganza mayor. Quien ríe último…, llegó a pensar mientras el metal de los dientes del león se hendía en su costado derecho. No voló lo suficientemente lejos para evitar que el lo arrollara. Como aquella mañana de invierno, el sol se había escondido.
Tirado sobre el asfalto, se ahogo con su propia sangre. Deseo poder abrir los ojos para ver todo en una borrosa y paulatina desaparición pero no tuvo el ímpetu necesario para despegar sus pestañas. Intentó sentir que empezaba a morir de nuevo, mas no pudo. No tuvo la fuerza suficiente para reproducir el momento en un solo espacio mínimo de la realidad. Se preguntó si habrían sido los primeros siete años de su vida los que habían convertido su existencia en la mas liviana de todas las que hasta allí había conocido. Quizás habían sido las imperfecciones en el método que no había llegado suficientemente a pulir. Se le llenaron los ojos de agua. Y apretó suavemente los labios adelantando el inferior por sobre el superior sintiendo que se le bajaba la nuez y se le estiraba la piel del cuello. Recordó a los hombres color café. Y perdió para siempre el recuerdo. Soltó una sola lagrima y en aquel momento ultimo, rehusose a comprender. Su corazón alivianado por la verdad fue reticente a abrazar la realidad. Había intentado vivir dos vidas, dos vidas paralelas e infinitas, inmediatas y subsiguientes. Había intentado aumentar durante 48 años el peso de su ser a su peso doble; mas en el momento más importante, cuando cada uno de los instantes que había vivido por partida doble debían venir a comprobar la verdadera sustancia de su teoría, había fallado en morir dos veces. Olvidando absolutamente todos los pormenores de su vida movió uno por uno sin rasgo de repetición cada uno de los dedos de su mano. Cuando el dedo menique dejaba de moverse, un hombre de cabellera blanca y calva incipiente irrumpió de entre la multitud para decirle que lo había estado buscando. Lo había encontrado demasiado tarde para explicarle que Parmenides quizás tenía razón y la levedad era positiva. En el preciso e irrepetible instante en que el hombre de cabello blanco terminaba sus palabras, desaparecía para siempre un algo tan irrelevante como Juan Segundo Dvazivoty, un hombre más, un hombre que, aunque no pudiera aceptarlo, daba razón a la escritura que el mismo, ahora sin recordarlo, había elegido en dos ocasiones para su propia lapida: “lo que ocurrió tan solo una vez, no sucedió nunca”.
martes, 7 de junio de 2011
Yo, Julio
Yo, Julio
“Lo que distingue lo real de lo irreal, está en el corazón” John Forbes Nash
<<Julio Berto Donato Pietragalla>> dijo el hombre con voz firme y decidida a través de los orificios en la ventanilla. Cuando la bancaria terminó de escribir detrás del vidrio, extraviando la mirada hacia la derecha, firmó el mismo nombre que acababa de repetir, depositó el cheque en el cajón de metal, se puso el sombrero, se levantó y se fue. A la altura del bolsillo superior del saco marrón claro llevaba una mancha de café con leche desde la mañana anterior. <<No te preocupes que es del mismo color que el saco>> le había dicho entonces su amigo, Alejandro Petrovick, el Hungaro. <<No te preocupes Julito, vos siempre haciéndote tanto drama por todo, nadie se va a dar cuenta>>. Las palabras en boca del Hungaro sonaban casi hasta sarcásticas. En el camino de vuelta del banco al bar daba vueltas alrededor de la frase “hacerse demasiado problema”, cuando un niño se chocó con su pierna a la altura de la rodilla. <<Mire por donde camina, idiota>>, le dijo la madre de pollera larga y blanca como una mañana Antartida. Tanto drama, tanto drama. Hungaro hipócrita, la vida es un drama, volvió a transitar con la mente un camino diferente del que transitaba con el cuerpo. ¿O será que la vida no es mas que una comedia que transformamos en un drama? se preguntó, ahora mas calmo. Creyó intuir la cercanía figurándoselas a cada cual, la comedia y la tragedia, pegadas en los lados de una línea y a un hombre viéndolas tan cercanas que cruzaba la línea a cada segundo. Como un mimo, del llanto a la risa y de la risa al llanto, pensó, siempre cruzando de un lado al otro de la linea. Recordó a Bip el Payaso y sonrió. Se dio cuenta que era Marceau y casi se le pianta un lagrimón. Diose cuenta que en aquella caminata intentaba determinar el peso de la vida cuando tropezó con el escalón de entrada al bar. El Hungaro sacudió los brazos contento de verlo. <<Berto, Bertito, veni tomemosnos una copa>>. Eran las 10 de la mañana.
Si había algo que detestaba Julio de su amigo era su permanente necesidad de sentirse diferente. Por eso lo llamaba por su segundo nombre. <<Te dije cien veces que no me gusta que me llames por el nombre de mi padre. Y no, no puedo tomar una copa, son las 10 y a las 11 y media tengo que estar en la aseguradora, para firmar un cheque>>, le dijo al Hungaro mientras arrimaba una silla y llamaba al mozo para pedir un café con leche. Sin dejar que el Hungaro contestase prosiguió: <<Contame, Ale, que dijo La Manicura?>>. La manicura era el sobrenombre en código que usaban para hablar de la amante del Hungaro, una delicada mujer alta y risueña, de negros pelos largos rizados que se ganaba la vida escribiendo novelas de ficción. A los muchachos siempre les había parecido una analogía simpatica y a la vez un acertijo indescifrable llamar a la mujer que todo lo hacia con un par de manos mágicas, La Manicura. Era una mujer de clase, de inteligencia; quizás hasta demasiado para un hombre como aquel. A Julio siempre le había sorprendido que estuviesen juntos; que una alguien que todo podía decirlo en una frase (y que aun así nunca se detenía en una simple frase sino que seguía hasta escribir un libro), estuviera con aquel proyecto de persona que era su amigo. <<Creo que a La Manicura no lo voy a ver mas, amigo. Estoy cansado de que no quiera mostrarse públicamente conmigo, de que todo ocurra puertas adentro, de que nunca mi cara pueda salir al lado de la ella en una foto, en una revista, de que siempre sea el malparido ese del actor del cual no quiero ni repetir el nombre porque me saca sarpullido hablar de ese hijo de una gran…>>.
Cuando el Hungaro soltaba la lengua no había forma de que por sí mismo se detuviera. En su exasperante verborragia mental, en aquella desesperada carrera al infinito que parecía correr cada vez que comenzaba algo se basaban todos sus problemas. Así era que se había vuelto tan gordo, por eso con los otros muchachos lo llamaban también (a sus espaldas): el obeso. Julio se aprestaba a intervenir la alocada dicción del Hungaro cuando la voz del Alemán hizo el trabajo por el. <<Muchachos, que día de mierda tengo no saben, me paso de todo>> dijo Herman, mientras apoyaba en la mesa el gorro de lana que acababa de quitarse.
Herman R Kirschener había arribado al país con sus padres cuando solo tenía dos años desde West Virginia. Su padre, don Otto Kirschener, se había mudado a América procedente de Gelsenkirchen diez años antes. Al Alemán Kirschener de alemán no le quedaba ya casi nada más que el nombre, el apellido y una llamativa obsesión por Goethe. Los barrios bajos por los que había transitado predicando sus ideas matemáticas después de los picaditos por plata que jugaba (y en los que siempre se lucia por su remate picante y su gambeta indescifrable) le habían dotado de un Argentinismo tan profundo que no podía recordarse una frase en la que no utilizara un termino del lunfardo. Prosiguió: <<…esta mañana, hace una horita nomas, jugamos contra los cebollitas del Barrio La Carne. Meto dos golazos, pero dos cañonazos que no te puedo explicar Julito, el arquero parecía que estaba papando moscas, ni la vio. Ellos meten un gol de pedo, pero de puro orto te lo juro, cuando faltaban más o menos diez minutos. ¿Y vos podes creer, vos podes creer Julito (El Alemán y el Húngaro siempre se obviaban el uno al otro y por eso la historia se dirigía siempre a Julio) que cuando faltan dos minutos, al inútil, inservible, clemente del arquero nuestro, se le escapa la tortuga y sale a cortar un centro mas allá del punto penal? ¿Vos podes creer que nos empatan con un gol de cabeza de 15 metros? Lo peor es que a todos los chupa un huevo. Se termina el partido y se van todos a tomar una birra consolándolo al horrible del sin manos. Yo me quería matar. Obviamente perdí mas guita que en el casino y obviamente no se quedo ni un alma a escucharme explicando la segunda parte de teoría de los juegos que les pensaba enseñar. No sabes la calentura que tengo>>. Cuando el Alemán terminó la historia sobre el futbol de aquella mañana, el mozo, que había estado parado atrás de Julio (vaya uno a saber hacia cuánto) dijo dirigiéndose por encima de su hombro: <<Usted de nuevo. ¿Salió el café con leche? ¿Los mismos tres pedidos que ayer, no?>>. El tono era venenoso y despectivo. No hizo falta que contestara. La orden tardo muy poco y cuando Julio hubo terminado el café con leche miró la hora y recordó que era Martes. Tenía que ir a la clínica que tanto detestaba a ver a Martinez a quien tanto odiaba, mas no tenia opción y se aprestó para ir. Se le cruzó por la cabeza que se iba a perder la visita al correo e iba a tener problemas con su jefe. Tambien se iba a perder Italia-Chile que estaba por empezar en el televisor del bar. Se despidió de los muchachos rápidamente y salió rumbo a calle Virasoro. El whisky del Alemán y el vino con soda del Obeso aun estaban intactos.
Al salir del bar con paso presuroso sintió que el mundo había mutado. Allí adentro sentía una contención que el universo caótico de las calles no le brindaba. En la calle consideraba que la mitad temerosa de su alma veía la luz y se sentía distanciado de todo y de todos. Percibía como si los ojos de las personas se posaran sobre el de un modo acusatorio, apreciaba como que nadie lo apreciaba. Por eso cuando caminaba, cuando firmaba un cheque, cuando detenía un taxi, cuando se debía dirigir a alguien lo hacía con una convicción casi notablemente sobre-exagerada. Necesitaba demostrar seguridad. Si dudaba, probablemente la parte escindida de su ser se adueñaría del todo y entonces se transformaría de modo permanente en un ser desgraciado, como todos los otros. Caminaba con determinación cuando volvió a su mente el peso de la vida. Pensó en la manicura y en el arquero al ‘que se le había escapado la tortuga’. La vida para cada uno de ellos era, quizás, una comedia. Probablemente la manicura gozara de la compañía de su marido y de sus noches de inspiración a la luz de velas, de un hogar cálido, de una fama incipiente y del reconocimiento de la gente. Probablemente el arquero fuese un hombre medio, simplemente feliz con ser admitido en el ‘picado’ de los martes y con disfrutar de una cerveza después del partido apañado por cada uno de sus compañeros jurándole que a la semana siguiente tendría revancha. Pero cada cual tiene su contracara, reflexionó con claridad mental. Por cada Manicura con un talento inconmensurable y una sonrisa enorme, había un Húngaro en un bar lamentando su ausencia publica. Por cada arquero errático siendo consolado por los amigos había un Alemán ahogando sus resignacion en un vaso de whisky. Creyó concluir que la vida no podía ser determinada como comedia ni tragedia. La vida era un conjunto equilibrado de comedias y tragedias correspondientes, flotando en un espacio indeterminado, de forma caóticamente ordenada por las leyes de los silencios y las palabras y los seres confiados y los inseguros. Todos mezclados en un universo sin sentido ni dirección. El pensamiento comenzaba a asentarse en su lóbulo dorsal cuando sintió el olor de un perfume demasiado fuerte traerlo de vuelta al caos del mundo. Entonces, súbitamente, estampó, involuntariamente, un hombrazo contra el pecho de un hombre que venía de frente. <<Julio, Julito, que te pasa, en qué carajo vas pensando, loco>>. La voz entre enojada y amistosa era de Bombieri.
Bombieri disparó un par de palabras y Julio logró disimular su obnubilación y su vergüenza no contestando a ninguna de sus frases. El Tano Bombieri era un hombre de unos treinta y pico años, culto, inteligente, que siempre encontraba la manera perfecta de convencer a la gente de que sus ideas eran correctas. Era abogado, no de profesión sino como pasión. Defendía cada punto con la destreza de un esgrimista y la agresividad de un karateka. Sabía cuando atacar, cuando esperar, cuando dividir y cuando adherir. Su autor favorito era Sun Tzu, mas sus ojos brillaban cuando hablaba de La Republica. <<Nos vemos mañana, como siempre, a las 7, en la sala de tu casa>>. Julio asintió sin decir palabra alguna. La sala de su casa era el otro lugar donde sentía que el mundo no lo oprimía. El único lugar donde su razón no se sentía rota, donde no había grietas por donde sus pensamientos cayeran hacia un abismo sin fondo, por un tobogán perpendicular al suelo, con fin en el principio. En ‘la sala’ se juntaban desde tiempos que ahora eran inmemoriales. Julio Berto Donato Pietragalla y Enrique Carlos Adolfo Bombieri, el Tano. Dos tanos. El Tano Bombieri había aparecido en su vida mucho mas tarde que los otros, mas compartía tanto más con el que con el Alemán y el Húngaro, que, cuando el Tano había tenido una fortísima discusión sobre el equilibrio no cooperativo con el Alemán (al punto que se habían ido casi a las manos), Julito se había llevado al Tano a la sala de su casa en signo de reconocimiento de que lo elegía por sobre Kirschner. Aquella tarde habían comenzado una serie de diálogos sobre literatura y arte y cine y teatro que había afianzado su relación dramáticamente y que se repetiría por mucho tiempo. Era un miércoles, cerca de las 7.
La ultima tarde de Junio de aquel 1962, ocho días después de que se chocaran en la puerta del hospital, Bombieri no llegó a tiempo por primera vez en catorce años, dos meses y una semana a la cita de los miércoles. Fue la primera en 738 visitas no canceladas a la que no acudió a tiempo. La semana anterior, un dia después del encuentro casual, Julio habiele enviado un mensaje cancelando por malestar estomacal. Se preguntó si Bombieri estaría enojado. Creyó que casi 15 años de amistad merecían más que una simple y silenciosa ausencia. Entonces, por asociación de algún circuito extrañamente mal conectado en su mente y con atemorizante clarividencia, comenzó a recordar la ultima visita al médico al ritmo que empezaba a unirla punto por punto, como los juegos infantiles del diario del domingo, con la desaparición paulatina de cada uno de los ‘muchachos del bar’. Recordó al médico hablando de disfunción y de escisión a la vez que recordaba que el Húngaro no había estado tomando su vinito con soda ni lunes, ni martes. Rememoró al hombre con bata blanca abierta disertando sobre realidades psicológicas sub-alternas al tiempo que sintió la ausencia del Alemán contándole sobre el partido de futbol y su siempre negativo resultado. Se le hizo presente, casi hasta en cuerpo y alma, el doctor preguntándole sobre trastornos afectivos, ansiedad, rompimiento de las líneas de la razón, pérdida del sentido del tiempo y el espacio. Y fallo en lograr reproducir alguna imagen de los muchachos jugando billar el último sábado. Solo logró recordar el taco y las tres bolas. Finalmente le volvió el malestar y diose cuenta que durante los últimos ocho días lo habían estado transformado aquellas píldoras blancas que Martinez le había prescripto. Recordó el nombre: Clorpromazina. Frunció el seño preocupado por lo que tribulaba su mente y detuvo el tiempo por un segundo. Así, como quien desea no saber lo que su mente está pensando, maldijo al médico y a las píldoras cuyo nombre ya no podía recordar y corrió a toda velocidad hacia su biblioteca. En el camino golpeose el cuerpo contra dos paredes y una puerta.
Cuando llegó agitado a la habitación de roble barnizado consultó la copia reducida del Papiro de Ebers en alemán que misteriosamente le habían dejado en la puerta de su casa los padres desconocidos de Kirschner cuando tenía 11 años. Mientras retiraba la copia del estante, se le cayeron, estrellándose contra el piso, un volumen de tapas duras de “The Open Mind” y uno de bolsillo de “Le Théâtre et son Double”. La primera se descuaderno desplomándose de forma sorprendente y quedó abierta como si fuera un hongo explotado. Abrió el papiro en el capítulo 4, pagina 418 y mientras recorría las últimas líneas apretó el puño derecho y rechinó los dientes de rabia. Los ojos parecían espejos reflejando cada una de las letras en sentido derecha izquierda. Se amargó hasta la medula. Sintió el reflujo biliar subir por su tubo digestivo hasta plasmarse en su boca como si fuera el agrio sabor de un café sin azúcar. Casi se descompone, mas tuvo que morderse el labio para no sonreír. Pensó en Benedict Morel. <<La invención de Morel>> se dijo a sí mismo, ya sin saber si pronunciaba las palabras en la realidad o si solo eran un delirio de algún mundo sub-alterno. <<Esta es la verdadera invención de Morel. Yo soy mi propio Morel>>, gritó para que sus palabras no se confundieran con hechos inexistentes en un mar revuelto de aguas turbias. El sonido del grito retumbó en forma de eco cónico en las seis paredes de aquella habitación de manera desordenada. De la pared derecha fue al techo, al piso y de ahi a la pared frontal, a la izquierda y luego a la dorsal, donde apaciguándose paulatinamente, se calló para siempre. El silencio posterior fue aterrador; el primero que escuchaba en años. Cerró los ojos y tragó lo más profundo que pudo. Las cortinas se sacudieron por una ráfaga de viento que abrió la ventana con violencia y supo que seguía furioso porque el frió no le calmo el alma. Su corazón, latiendo, húmedo le decía que algo extremo debía hacer.
La ventana se sacudió contra el marco con mayor violencia que antes. Volviendo desde si mismo, el, separó, tan lejos como le fue posible, las pestañas inferiores de las superiores y, dirigiéndose con prisa desesperante hacia la ventana abierta de par en par, como quien va en carrera para saltar de una azotea a otra, apretó ahora el puño izquierdo y habiendo sacado la otra mano del bolsillo derecho, llegando casi con inercia descontrolada al borde de la ventana, arrojó cada una de las pastillas hacia una nada infinita. El brazo diestro le quedo extendido tan lejos de la cara que le pareció que podía tocar otro continente con la punta del dedo anular. Vio cada punto blanco alejársele hasta desaparecer en el horizonte aunque supo escuchar a cada capsula caer en algún paraje remoto. Vomitó con fuerza hasta la parte interior del estomago a través de la ventana aun abierta y sintió que el mundo se restablecía. Todo volvía a la normalidad. Respiró, entonces, con alivio y se dirigió a la sala con paso cansino. Al pasar el umbral, se secó la transpiración, se acomodó el cuello de la camisa y luego de limpiarse la garganta con ruido de tractor arrancando, tomó asiento en el sillón verde abriendo la edición semanal de Reader’s Digest. Pensó en que al otro día o al siguiente vería nuevamente al Obeso y a Kirschner y en medio de la infinita satisfacción de su corazón, se sintió más real que nunca. La palabra esquizofrenia se borró de su memoria y se aprestó, Julio Berto Donato, por vez número 739 para recibir, en el incomparable edén de su realidad, en la sala de su casa, al Tano Bombieri.
“Lo que distingue lo real de lo irreal, está en el corazón” John Forbes Nash
<<Julio Berto Donato Pietragalla>> dijo el hombre con voz firme y decidida a través de los orificios en la ventanilla. Cuando la bancaria terminó de escribir detrás del vidrio, extraviando la mirada hacia la derecha, firmó el mismo nombre que acababa de repetir, depositó el cheque en el cajón de metal, se puso el sombrero, se levantó y se fue. A la altura del bolsillo superior del saco marrón claro llevaba una mancha de café con leche desde la mañana anterior. <<No te preocupes que es del mismo color que el saco>> le había dicho entonces su amigo, Alejandro Petrovick, el Hungaro. <<No te preocupes Julito, vos siempre haciéndote tanto drama por todo, nadie se va a dar cuenta>>. Las palabras en boca del Hungaro sonaban casi hasta sarcásticas. En el camino de vuelta del banco al bar daba vueltas alrededor de la frase “hacerse demasiado problema”, cuando un niño se chocó con su pierna a la altura de la rodilla. <<Mire por donde camina, idiota>>, le dijo la madre de pollera larga y blanca como una mañana Antartida. Tanto drama, tanto drama. Hungaro hipócrita, la vida es un drama, volvió a transitar con la mente un camino diferente del que transitaba con el cuerpo. ¿O será que la vida no es mas que una comedia que transformamos en un drama? se preguntó, ahora mas calmo. Creyó intuir la cercanía figurándoselas a cada cual, la comedia y la tragedia, pegadas en los lados de una línea y a un hombre viéndolas tan cercanas que cruzaba la línea a cada segundo. Como un mimo, del llanto a la risa y de la risa al llanto, pensó, siempre cruzando de un lado al otro de la linea. Recordó a Bip el Payaso y sonrió. Se dio cuenta que era Marceau y casi se le pianta un lagrimón. Diose cuenta que en aquella caminata intentaba determinar el peso de la vida cuando tropezó con el escalón de entrada al bar. El Hungaro sacudió los brazos contento de verlo. <<Berto, Bertito, veni tomemosnos una copa>>. Eran las 10 de la mañana.
Si había algo que detestaba Julio de su amigo era su permanente necesidad de sentirse diferente. Por eso lo llamaba por su segundo nombre. <<Te dije cien veces que no me gusta que me llames por el nombre de mi padre. Y no, no puedo tomar una copa, son las 10 y a las 11 y media tengo que estar en la aseguradora, para firmar un cheque>>, le dijo al Hungaro mientras arrimaba una silla y llamaba al mozo para pedir un café con leche. Sin dejar que el Hungaro contestase prosiguió: <<Contame, Ale, que dijo La Manicura?>>. La manicura era el sobrenombre en código que usaban para hablar de la amante del Hungaro, una delicada mujer alta y risueña, de negros pelos largos rizados que se ganaba la vida escribiendo novelas de ficción. A los muchachos siempre les había parecido una analogía simpatica y a la vez un acertijo indescifrable llamar a la mujer que todo lo hacia con un par de manos mágicas, La Manicura. Era una mujer de clase, de inteligencia; quizás hasta demasiado para un hombre como aquel. A Julio siempre le había sorprendido que estuviesen juntos; que una alguien que todo podía decirlo en una frase (y que aun así nunca se detenía en una simple frase sino que seguía hasta escribir un libro), estuviera con aquel proyecto de persona que era su amigo. <<Creo que a La Manicura no lo voy a ver mas, amigo. Estoy cansado de que no quiera mostrarse públicamente conmigo, de que todo ocurra puertas adentro, de que nunca mi cara pueda salir al lado de la ella en una foto, en una revista, de que siempre sea el malparido ese del actor del cual no quiero ni repetir el nombre porque me saca sarpullido hablar de ese hijo de una gran…>>.
Cuando el Hungaro soltaba la lengua no había forma de que por sí mismo se detuviera. En su exasperante verborragia mental, en aquella desesperada carrera al infinito que parecía correr cada vez que comenzaba algo se basaban todos sus problemas. Así era que se había vuelto tan gordo, por eso con los otros muchachos lo llamaban también (a sus espaldas): el obeso. Julio se aprestaba a intervenir la alocada dicción del Hungaro cuando la voz del Alemán hizo el trabajo por el. <<Muchachos, que día de mierda tengo no saben, me paso de todo>> dijo Herman, mientras apoyaba en la mesa el gorro de lana que acababa de quitarse.
Herman R Kirschener había arribado al país con sus padres cuando solo tenía dos años desde West Virginia. Su padre, don Otto Kirschener, se había mudado a América procedente de Gelsenkirchen diez años antes. Al Alemán Kirschener de alemán no le quedaba ya casi nada más que el nombre, el apellido y una llamativa obsesión por Goethe. Los barrios bajos por los que había transitado predicando sus ideas matemáticas después de los picaditos por plata que jugaba (y en los que siempre se lucia por su remate picante y su gambeta indescifrable) le habían dotado de un Argentinismo tan profundo que no podía recordarse una frase en la que no utilizara un termino del lunfardo. Prosiguió: <<…esta mañana, hace una horita nomas, jugamos contra los cebollitas del Barrio La Carne. Meto dos golazos, pero dos cañonazos que no te puedo explicar Julito, el arquero parecía que estaba papando moscas, ni la vio. Ellos meten un gol de pedo, pero de puro orto te lo juro, cuando faltaban más o menos diez minutos. ¿Y vos podes creer, vos podes creer Julito (El Alemán y el Húngaro siempre se obviaban el uno al otro y por eso la historia se dirigía siempre a Julio) que cuando faltan dos minutos, al inútil, inservible, clemente del arquero nuestro, se le escapa la tortuga y sale a cortar un centro mas allá del punto penal? ¿Vos podes creer que nos empatan con un gol de cabeza de 15 metros? Lo peor es que a todos los chupa un huevo. Se termina el partido y se van todos a tomar una birra consolándolo al horrible del sin manos. Yo me quería matar. Obviamente perdí mas guita que en el casino y obviamente no se quedo ni un alma a escucharme explicando la segunda parte de teoría de los juegos que les pensaba enseñar. No sabes la calentura que tengo>>. Cuando el Alemán terminó la historia sobre el futbol de aquella mañana, el mozo, que había estado parado atrás de Julio (vaya uno a saber hacia cuánto) dijo dirigiéndose por encima de su hombro: <<Usted de nuevo. ¿Salió el café con leche? ¿Los mismos tres pedidos que ayer, no?>>. El tono era venenoso y despectivo. No hizo falta que contestara. La orden tardo muy poco y cuando Julio hubo terminado el café con leche miró la hora y recordó que era Martes. Tenía que ir a la clínica que tanto detestaba a ver a Martinez a quien tanto odiaba, mas no tenia opción y se aprestó para ir. Se le cruzó por la cabeza que se iba a perder la visita al correo e iba a tener problemas con su jefe. Tambien se iba a perder Italia-Chile que estaba por empezar en el televisor del bar. Se despidió de los muchachos rápidamente y salió rumbo a calle Virasoro. El whisky del Alemán y el vino con soda del Obeso aun estaban intactos.
Al salir del bar con paso presuroso sintió que el mundo había mutado. Allí adentro sentía una contención que el universo caótico de las calles no le brindaba. En la calle consideraba que la mitad temerosa de su alma veía la luz y se sentía distanciado de todo y de todos. Percibía como si los ojos de las personas se posaran sobre el de un modo acusatorio, apreciaba como que nadie lo apreciaba. Por eso cuando caminaba, cuando firmaba un cheque, cuando detenía un taxi, cuando se debía dirigir a alguien lo hacía con una convicción casi notablemente sobre-exagerada. Necesitaba demostrar seguridad. Si dudaba, probablemente la parte escindida de su ser se adueñaría del todo y entonces se transformaría de modo permanente en un ser desgraciado, como todos los otros. Caminaba con determinación cuando volvió a su mente el peso de la vida. Pensó en la manicura y en el arquero al ‘que se le había escapado la tortuga’. La vida para cada uno de ellos era, quizás, una comedia. Probablemente la manicura gozara de la compañía de su marido y de sus noches de inspiración a la luz de velas, de un hogar cálido, de una fama incipiente y del reconocimiento de la gente. Probablemente el arquero fuese un hombre medio, simplemente feliz con ser admitido en el ‘picado’ de los martes y con disfrutar de una cerveza después del partido apañado por cada uno de sus compañeros jurándole que a la semana siguiente tendría revancha. Pero cada cual tiene su contracara, reflexionó con claridad mental. Por cada Manicura con un talento inconmensurable y una sonrisa enorme, había un Húngaro en un bar lamentando su ausencia publica. Por cada arquero errático siendo consolado por los amigos había un Alemán ahogando sus resignacion en un vaso de whisky. Creyó concluir que la vida no podía ser determinada como comedia ni tragedia. La vida era un conjunto equilibrado de comedias y tragedias correspondientes, flotando en un espacio indeterminado, de forma caóticamente ordenada por las leyes de los silencios y las palabras y los seres confiados y los inseguros. Todos mezclados en un universo sin sentido ni dirección. El pensamiento comenzaba a asentarse en su lóbulo dorsal cuando sintió el olor de un perfume demasiado fuerte traerlo de vuelta al caos del mundo. Entonces, súbitamente, estampó, involuntariamente, un hombrazo contra el pecho de un hombre que venía de frente. <<Julio, Julito, que te pasa, en qué carajo vas pensando, loco>>. La voz entre enojada y amistosa era de Bombieri.
Bombieri disparó un par de palabras y Julio logró disimular su obnubilación y su vergüenza no contestando a ninguna de sus frases. El Tano Bombieri era un hombre de unos treinta y pico años, culto, inteligente, que siempre encontraba la manera perfecta de convencer a la gente de que sus ideas eran correctas. Era abogado, no de profesión sino como pasión. Defendía cada punto con la destreza de un esgrimista y la agresividad de un karateka. Sabía cuando atacar, cuando esperar, cuando dividir y cuando adherir. Su autor favorito era Sun Tzu, mas sus ojos brillaban cuando hablaba de La Republica. <<Nos vemos mañana, como siempre, a las 7, en la sala de tu casa>>. Julio asintió sin decir palabra alguna. La sala de su casa era el otro lugar donde sentía que el mundo no lo oprimía. El único lugar donde su razón no se sentía rota, donde no había grietas por donde sus pensamientos cayeran hacia un abismo sin fondo, por un tobogán perpendicular al suelo, con fin en el principio. En ‘la sala’ se juntaban desde tiempos que ahora eran inmemoriales. Julio Berto Donato Pietragalla y Enrique Carlos Adolfo Bombieri, el Tano. Dos tanos. El Tano Bombieri había aparecido en su vida mucho mas tarde que los otros, mas compartía tanto más con el que con el Alemán y el Húngaro, que, cuando el Tano había tenido una fortísima discusión sobre el equilibrio no cooperativo con el Alemán (al punto que se habían ido casi a las manos), Julito se había llevado al Tano a la sala de su casa en signo de reconocimiento de que lo elegía por sobre Kirschner. Aquella tarde habían comenzado una serie de diálogos sobre literatura y arte y cine y teatro que había afianzado su relación dramáticamente y que se repetiría por mucho tiempo. Era un miércoles, cerca de las 7.
La ultima tarde de Junio de aquel 1962, ocho días después de que se chocaran en la puerta del hospital, Bombieri no llegó a tiempo por primera vez en catorce años, dos meses y una semana a la cita de los miércoles. Fue la primera en 738 visitas no canceladas a la que no acudió a tiempo. La semana anterior, un dia después del encuentro casual, Julio habiele enviado un mensaje cancelando por malestar estomacal. Se preguntó si Bombieri estaría enojado. Creyó que casi 15 años de amistad merecían más que una simple y silenciosa ausencia. Entonces, por asociación de algún circuito extrañamente mal conectado en su mente y con atemorizante clarividencia, comenzó a recordar la ultima visita al médico al ritmo que empezaba a unirla punto por punto, como los juegos infantiles del diario del domingo, con la desaparición paulatina de cada uno de los ‘muchachos del bar’. Recordó al médico hablando de disfunción y de escisión a la vez que recordaba que el Húngaro no había estado tomando su vinito con soda ni lunes, ni martes. Rememoró al hombre con bata blanca abierta disertando sobre realidades psicológicas sub-alternas al tiempo que sintió la ausencia del Alemán contándole sobre el partido de futbol y su siempre negativo resultado. Se le hizo presente, casi hasta en cuerpo y alma, el doctor preguntándole sobre trastornos afectivos, ansiedad, rompimiento de las líneas de la razón, pérdida del sentido del tiempo y el espacio. Y fallo en lograr reproducir alguna imagen de los muchachos jugando billar el último sábado. Solo logró recordar el taco y las tres bolas. Finalmente le volvió el malestar y diose cuenta que durante los últimos ocho días lo habían estado transformado aquellas píldoras blancas que Martinez le había prescripto. Recordó el nombre: Clorpromazina. Frunció el seño preocupado por lo que tribulaba su mente y detuvo el tiempo por un segundo. Así, como quien desea no saber lo que su mente está pensando, maldijo al médico y a las píldoras cuyo nombre ya no podía recordar y corrió a toda velocidad hacia su biblioteca. En el camino golpeose el cuerpo contra dos paredes y una puerta.
Cuando llegó agitado a la habitación de roble barnizado consultó la copia reducida del Papiro de Ebers en alemán que misteriosamente le habían dejado en la puerta de su casa los padres desconocidos de Kirschner cuando tenía 11 años. Mientras retiraba la copia del estante, se le cayeron, estrellándose contra el piso, un volumen de tapas duras de “The Open Mind” y uno de bolsillo de “Le Théâtre et son Double”. La primera se descuaderno desplomándose de forma sorprendente y quedó abierta como si fuera un hongo explotado. Abrió el papiro en el capítulo 4, pagina 418 y mientras recorría las últimas líneas apretó el puño derecho y rechinó los dientes de rabia. Los ojos parecían espejos reflejando cada una de las letras en sentido derecha izquierda. Se amargó hasta la medula. Sintió el reflujo biliar subir por su tubo digestivo hasta plasmarse en su boca como si fuera el agrio sabor de un café sin azúcar. Casi se descompone, mas tuvo que morderse el labio para no sonreír. Pensó en Benedict Morel. <<La invención de Morel>> se dijo a sí mismo, ya sin saber si pronunciaba las palabras en la realidad o si solo eran un delirio de algún mundo sub-alterno. <<Esta es la verdadera invención de Morel. Yo soy mi propio Morel>>, gritó para que sus palabras no se confundieran con hechos inexistentes en un mar revuelto de aguas turbias. El sonido del grito retumbó en forma de eco cónico en las seis paredes de aquella habitación de manera desordenada. De la pared derecha fue al techo, al piso y de ahi a la pared frontal, a la izquierda y luego a la dorsal, donde apaciguándose paulatinamente, se calló para siempre. El silencio posterior fue aterrador; el primero que escuchaba en años. Cerró los ojos y tragó lo más profundo que pudo. Las cortinas se sacudieron por una ráfaga de viento que abrió la ventana con violencia y supo que seguía furioso porque el frió no le calmo el alma. Su corazón, latiendo, húmedo le decía que algo extremo debía hacer.
La ventana se sacudió contra el marco con mayor violencia que antes. Volviendo desde si mismo, el, separó, tan lejos como le fue posible, las pestañas inferiores de las superiores y, dirigiéndose con prisa desesperante hacia la ventana abierta de par en par, como quien va en carrera para saltar de una azotea a otra, apretó ahora el puño izquierdo y habiendo sacado la otra mano del bolsillo derecho, llegando casi con inercia descontrolada al borde de la ventana, arrojó cada una de las pastillas hacia una nada infinita. El brazo diestro le quedo extendido tan lejos de la cara que le pareció que podía tocar otro continente con la punta del dedo anular. Vio cada punto blanco alejársele hasta desaparecer en el horizonte aunque supo escuchar a cada capsula caer en algún paraje remoto. Vomitó con fuerza hasta la parte interior del estomago a través de la ventana aun abierta y sintió que el mundo se restablecía. Todo volvía a la normalidad. Respiró, entonces, con alivio y se dirigió a la sala con paso cansino. Al pasar el umbral, se secó la transpiración, se acomodó el cuello de la camisa y luego de limpiarse la garganta con ruido de tractor arrancando, tomó asiento en el sillón verde abriendo la edición semanal de Reader’s Digest. Pensó en que al otro día o al siguiente vería nuevamente al Obeso y a Kirschner y en medio de la infinita satisfacción de su corazón, se sintió más real que nunca. La palabra esquizofrenia se borró de su memoria y se aprestó, Julio Berto Donato, por vez número 739 para recibir, en el incomparable edén de su realidad, en la sala de su casa, al Tano Bombieri.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)