lunes, 12 de septiembre de 2011

Triste y Buena


Triste y Buena

"Porque jamas puede terminar, lo que nunca ha comenzado"

La miró no estar y le dijo retóricamente como quien no espera una respuesta: <<que días mas tontos, cuanto tiempo perdido, que búsqueda mas absurda. Me voy a dormir, quizás te encuentre en un sueño>>

Cuando cerró los ojos, el sol le devolvió la luz que las lamparas habían perdido. No podía partir la tierra únicamente porque la tierra era arena. Y mas arena. Entrecerró los párpados como quien se busca preocupado. El tiempo no podía haberse detenido porque la arena se levantaba tensa bajo sus pies, por sobre sus pies, y se volvía a asentar en un lugar distinto al que se había originado. Si hay movimiento hay vida, si hay viento hay tiempo, si hay tiempo no me he detenido. Supo que estaba vivo. Miró hacia arriba buscando una respuesta mas real que metafísica; la posición del sol debía decirle donde estaba el Norte. Eran casi las doce. ¿Adonde queda el Norte? Debo ir hacia el Norte. Al cabo de un rato comenzó a dolerle el cuello torcido y la nuca apuntando al suelo. No sabia adonde estaba ni Norte ni el Sur, mucho menos el Este o el Oeste. Pasó el tiempo que seguía moviéndose al compás de la arena y decidió que solo quedaba-le dejarlo pasar; esperar. Cuando se moviera la Tierra entera se haría de noche y sabría por cual oeste se habria puesto la gran bola de fuego. Sabría adonde ir. Se quitó la mochila y se bajo el gorro y bajando el centro de gravedad llegó casi a apoyar la cintura en el piso. Al ponerse en cuclillas recordó la estación de trenes de Dorasan y le sonrío a un Norcoreano que se escabullía entre los pasillos de su memoria. Era el mediodía de un día caluroso en Rub' al Khali y, sin quererlo, se quedaba dormido. 

Cuando cerró los ojos, se vio bajando de un avión. Otra vez otro aeropuerto, tan igual a los otros. Miró las mismas baldosas gigantes de granitos grises albergar cada una un paso y medio suyo. Metió la mano al bolsillo y se sorprendió de sacar arena. ¿De donde vengo? ¿Adonde voy? ¿Donde queda el Norte? Siguió el crucigrama de pasillos y carteles en idioma inaudito con espantosa naturalidad. Se abrió la campera y exhalo un zonda de primavera a la vez que tropezaba con las ruedas de una maleta ajena. No se cayó. Pensó que la extrañaba; que todo lo que había deseado era aquel momento en que salía por la puerta y ella lo esperaba con los brazos abiertos, quizás con un cartel de papel en la mano, quizás con una flor (que idea tan cursi pensó su anti-ego) quizás solamente parada con las manos en los bolsillos o fumando un cigarrillo. Pero ¿quien es ella? ¿Quien debe de esperarme? Supo que durante todo aquel viaje, había albergado una ilusión enorme de reencuentro. ¿Que viaje? ¿De donde vengo? ¿Donde queda el Norte? Mientras dejaba que la cinta mecánica lo llevara como se lleva el sushi a las manos de sus comensales en los restaurantes baratos de oriente, divisió las piernas de una mujer de pollera gris a lo lejos. Que estúpida cosa la ilusión. Cuantas horas gastadas en crear ideas expandidas de una realidad sintética; cuanto daño le hace a la mente generar tantas realidades, ojalá pudiera escribirlas. Volvió a imaginarla con la pollera de la mujer de adelante y una musculosa negra. Su tez era morena y tenia la unas de los pies pintadas. Esperaba de pie, pudo verla. La pierna derecha por delante y levemente flexionada, el pelo cayendo sobre los hombros y la frente apuntando al piso, apuntando al piso y no dejando ver la cara. Cuando se acordó donde estaba, el oficial de inmigración le preguntó de donde era que venia. Contestó en el mismo idioma en que estaban los carteles y el oficial con una sonrisa sarcásticamente cómplice le sello el pasaporte. Se le aceleró el corazón llegando a la puerta. Y al salir creyó que iba a explotarle. Camino cada centímetro con lentitud, analizando a quienes a alguien esperaban. Esperó el abrazo que nunca llegaría. Al llegar al final de la cola de esperanzados, siempre esperando a alguien, miró a la derecha y vio a una madre despedir a su hijo. ¿Que pasaría si a alguno de los esperanzados les pasa lo que a mi? ¿Que pasaría si a quien esperan no llegara nunca, o no estuviera en el destino adecuado? Se subió a un taxi y antes de decirle al taxista adonde iba, recordando que no sabia adonde quedaba el norte, se quedo de nuevo dormido.

Apenas al cerrar los ojos se encontró adentro del cuarto de vidrio. Estaba sentado con las rodillas flexionadas y las dos manos atando-se por debajo de las piernas. Miró a la derecha y sintiendo el rugir violento del río aproximarse a su ultimo salto al vacío, vio la imponencia del agua caer a través las inmensas cascadas. Todo alrededor del agua era de un verde exquisito, de plantas pulidas. Se dejó sumergir en el marrón del río con la imaginación y sintió la espuma del agua caída acariciarle las manos, golpearle los párpados. Cuando miró hacia la izquierda se acalló el rugir violento y vio un árbol absolutamente deshojado imponerse a una nada de marrón papel. Sus ramas largas se extendían curiosamente a lo ancho y en las puntas dejaban-se caer como derretidas. Salvador, ¿que haces tu aquí? Catorce ardillas de ojos violetas asustaban sus sentidos, mas el pájaro blanco en la cúspide daba sensación de serenidad infinita. En el fondo un reloj marcaba la hora pero las agujas apuntaban de afuera adentro y no podía leerlas. ¿Que hora será? ¿Donde quedara el Norte? Agachó la mirada. Abajo se imponía un precipicio sin final. Una caída libre de la que lo prevenía el piso transparente sobre el que se sentaba. No podía ver ni el principio ni el final pero sabia por ello que era un precipicio. Pegó la oreja al suelo y deseó escuchar algo caer para saber cuan profundo hubiera sido el descenso. No escuchó nada, mas recordó que alguna vez había visto semejante profundidad en el desierto. No pudo atar los cabos. Al cabo de un rato volvió a sentarse como antes y miró hacia arriba. Las nubes estaban del lado de adentro y un trueno sacudió la habitación con vehemencia. No se asusto porque era bien machito, mas tuvo un poco de miedo. Cuando comenzó a llover dejó que el agua le rodara por los cortos pelos hacia la cara y le sonrío a Tláloc. ¿A quien le sonrío? pensó sin dejar de sonreír un segundo. Que estúpida es la ilusión, no supo porque lo pensaba. Que estúpido es esperarla. ¿A quien? ¿Habré estado esperando a la lluvia? ¿Por eso sonrío? Un relámpago iluminó la parte de adentro de sus párpados y abrió los ojos. Miró al frente por primera vez desde que estaba en aquella pieza de vidrio flotante y vio una pared blanca que se extendía frente a sus pestañas. Llamativamente no empezaba en un punto fijo ni terminaba en ningún horizonte, se extendía mas allá del piso y muy por encima de todas las nubes. La penetraba de atrás una luz que desde un fondo remoto la iluminaba de modo tenue. Vio en un costado inexistente (por que la pared se extendía también infinitamente a lo ancho) el relieve de picos perfectamente simétricos, negros, formando una escalera tallada. Y se acercó. Le sorprendieron los dos granos en su mejilla derecha y lo paradojicamente imberbe de su barbilla. Se miró las manos de niño y las pasó por el terso mármol de la pared blanca para dirigirse caminando con determinación hacia la escalera. Cuando quiso trepar el peldaño de mas abajo, no pudo agarrarlo. Pasó la mano por la pared nuevamente y noto que no había relieve. Cerró los ojos y aspiro profundo extendiendo de nuevo la mano derecha para agarrarse al elusivo peldaño. Subió los escalones de dos en dos y a mitad camino de la escalera infinita, después de mirar por cuarta vez hacia abajo, cerrando el ojo izquierdo y luego el derecho, se quedó de nuevo dormido. 

Se encontró de repente en el living de su casa. Sentado en el sillón de cuero blanco auscultó en el silencio de la soledad la parsimonia de la habitación. Una casa hecha a pruebas de ruidos era lo que siempre había deseado. Mirando a través del ventanal que cubría toda la pared que daba al jardín pensó en ella. Cuanto tiempo había esperado pretendiendo no esperarla. Cuanto tiempo de ilusión contenida. Que estúpida es la ilusión. Y ahora que te he conocido, ahora que puedo ponerle una cara a la mujer del aeropuerto, ahora no puedo alcanzarte. ¿Que aeropuerto? ¿Que me esta pasando? Alcanzó con la mano derecha, estirando-se con esfuerzo el vaso de whisky que había dejado mas allá de su alcance. El ruido de los hielos rompiendo-se habían roto la armonía y creyó que ella estaría allí para alcanzarselo . Lo sostuvo en la izquierda y extrañó algo que jamas había sucedido. Que estúpida es la ilusión. Debo ir hacia el Norte. Se perturbó de no saber que era lo que pensaba y decidió mirar fotos de sus travesías. Abrió su computadora y fue año a año recorriendo cada una de las instantáneas. Saltó de Misiones al 'Empty Quarter' y de ahí directo sin escalas a su estadía en Barcelona. ¿Que haces tu aquí, Salvador? se perturbó de nuevo. Le causó gracia verse mojado bajo la monsonica lluvia de Katmandú oliendo a curry recién preparado en frente a un reloj gigante que había estado detenido por años. ¿Que hora habrá sido? Se había también retratado sonriente ante una inmensa cuadrada piedra de Teotihuacan en la ciudad de México. ¿Este era un Dios? ¿A que le sonrío? Y cuando se vio de pequeño solo en una foto acariciando las esquinas del eternamente infinito Taj Mahal, recordó el efecto que generaban las piedras negras formando rombos sobre las blancas y la ilusión de la escalera. Suspiró profundo y sintió una inmensa nostalgia de todos los lugares en los que había estado. Mas lo contaminó un deseo de muerte mucho mas intenso que la nostalgia y supo de donde venia. Recordó cuantas veces había bajado en aquel aeropuerto y cuantas veces había subido solo a un taxi. Nadie nunca lo esperaba. Sintió la soledad inundar el silencio de la habitación a prueba de ruidos y recordó que horrible había sido haber estado volviendo durante tanto tiempo hacia nadie. Rememoró cuadro a cuadro el sueño del aeropuerto con avidez y vio a Theora levantar la vista del piso para recibirlo con un abrazo. Todo había sido una estúpida ilusión, un inexistente Norte. Entonces, preso en la sarcásticamente cómplice sonrisa de oficial de inmigración, clavando fijo las pupilas en el vacío, la miró no estar y le dijo retóricamente como quien no espera una respuesta: <<que días mas tontos, cuanto tiempo perdido, que búsqueda mas absurda. Me voy a dormir, quizás te encuentre en un sueño>>.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Gitana

La parte dorsal de sus manos me decian que era gitana. Las yemas gastadas de recorrer palmas ajenas en busca de una respuesta inexistente, las huellas borradas, el blanco de las palmas hecho el negro de las palmas. Y las palmas; tan antiguas como Creta, caminando los caminos de una Roma destruida por los ataques bárbaros, hablando de historias de hombres viejos y nuevos, atados a sus pasados, pasados por sus futuros, futuros de algo, algo que no conocían. La mire a los ojos y no pude alcanzarla. Una muralla china entre nuestras miradas, china pero gitana, en China. Gitana, sus palmas eran gitanas. La seguí por un callejón largo y angosto, cubierto de graffitis que decían tanto sin decir nada. De atrás parecía leve. Delgada, alta, suave como el silencio de si misma, como yo mismo en silencio. Creo haberle gritado; mas quizás haya sido en silencio y no en forma de grito. Adonde vas gitana? Adonde me llevas? Caminamos por Buenos Aires; ella sola, yo detrás SIO. Los pies descalzos decían tanto o mas que las palmas. Negros de amores desandados consumían lagrimas y miserias y simples pisadas impropias; llenas de angustias y problemas y mierdas de alguien mas tiradas en alguna acera para que nunca mas les pertenecieran, para que algún día fueran parte de las plantas del pie de alguna gitana, ajena. Llevame contigo Gitana, hazme parte de tu vida, de tus pies y palmas negras; hazme parte de una vida sin sentido, de un movimiento browniano; de una regresión al infinito de mi mismo, de ti gitana, de mi, de ser gitanos de nosotros; sin una luna a la cual seguir o un sol al cual dejar atrás.

Doblamos por avenida Del Cerro. A nuestra derecha se levantaron silenciosos dieciocho arboles plantados simétricamente a siete metros de si mismos. Era medianoche y las luces de los faroles, contiguos a cada árbol, dibujaban figuras de sombras sobre las casas bajas del barrio vacío y durmiente. Mas la luna, opuesta a todos los faroles, reflejaba los conos sobre la calle que, incendiada por los chillidos de un auto perdido, enfriaba-se luego de un día agitado, debatía-se entre la vida y el crepúsculo. La gitana caminaba despacio pero mas rápido que yo. Se me alejaba a cada paso un cm mas; a cada cuadra dos metros mas. Que rara es Buenos Aires en silencio. Que falta le hacen a si misma tantas cosas que pasan de día y no de noche. Donde esta el puestero de diario que todo lo sabe y te hace tan erudita? Donde esta la almacenara que te llena con sus medias verdades de señora que sabe mas por aburrimiento que por interés; donde están tus autos, tus mujeres de pelos largamente atractivos, tus sueños de París inacabada, Buenos Aires. Te he perseguido como a la Gitana, siempre demasiado de lejos, siempre demasiado despacio.

Cuando hemos caminado por horas y el sol le dice a Buenos Aires que esta llegando el momento de ser ella y que se acaben las historias de gitanas y hombres oscuros siguiéndolas como sombras, te pierdo en una esquina, Gitana. Una esquina cualquiera. Y el día vuelve a empezar, y vuelvo a Cortazar y a Electric President y a ser un yo mucho mas leve que el que ayer te perseguía. Y la vida continua su curso, igual que antes, llena de dieciochos arboles inmóviles al costado de si mismos. Solo que ahora he visto tus palmas negras y tus plantas oscuras, que jamas me dejaran olvidarte; que me harán parte de tu historia y a ti parte de la mía; que harán que haya sido gitano y tu mortal, por el segundo en que a través de una muralla china, se cruzaron nuestras miradas, Gitana.

jueves, 18 de agosto de 2011

Toro

El toro negro infla la panza dejando que las venas se le hinchen, que se le ericen sobre la piel intensamente cortos los negros pelos. Y luego exhala. Los ojos blancamente dilatados por la sangre de si mismo clavados en el frente que nada refleja. Ey! hablame Toro. Las patas delanteras tensas, apenas flexionadas se alistan para acarrear el resto del cuerpo pesado y tiemblan, prestas, adormecidas, in-imputables se clavan en la arcilla por su propio inexplicable deseo de furiosa libertad, de corrida desenfrenada. Hablame Toro. La arcilla roja nublando la vista confunde asi sus pupilas dilatadas con la furia de la muerte intempestiva; con el ruido continuo de la roja sangre fluyendo de un cuerpo moribundo. Hablame Toro. El aire espeso penetra los dos orificios nasales y se pasea furtivo por entre sus entranias, inflando su estomago, hinchando sus venas; volviendose a la salida mucho mas espeso y rojo. Rojo como la arcilla, arcilla como la sangre, sangre como el cuerpo moribundo que dejabase fluir hacia otro espacio. Hablame Toro. La mirada sigue clavada en el horizonte pulverizado, en la nada mas alla de los ojos mismos, en el espejo interno de su mente de Toro ciego que puede no ver mas aca de sus parpados; mas alli de su muerte. Hablame, por Dios hablame, Toro. Dos orejas atentas oyen el coreo absurdo empujandote a empujarme, matandote mas alla de la muerte, haciendote mas rojo, mas muerte, mas mio, mas Toro. Dime algo, querido Toro. Y el suenio, tan tuyo, tan mio, tan suyo y tan nuestro tan de nadie y tan siniestro de que el tiempo que te rodea no se mueve y de que el rojo se vuelve verde y la arcilla pasto y tus ojos insospechablemente blandos y el aire liviano y de que no te mueves y me hablas y te salvas y dejas de ser Toro; se hace pedazos. Y yo veo venir tus ojos, y la arcilla y el rojo y la sangre y la muerte y tu silencio y entonces conviertiendome en Toro, suspiro; y se infla mi estomago y se hinchan mis venas y se estremecen los pelos de mi piel. Y por tu silencio de animal sobreanimado, decido que voy a matarte; por atarcarme sin antes haberme hablado, Toro.

lunes, 8 de agosto de 2011

M

M

La vida es una creación de la mente
                                                   Buda


Recostado boca abajo, sintió un profundo dolor de cabeza que comenzaba en la frente y terminaba en el centro de la corteza de su cerebro. Se preguntó que era lo que le pasaba. La mano de aquella mujer dibujando suave por su espalda era su mano otrora pasando por la espalda de Maria. La mano de esta no Maria era, si claro, su mano en la espalda de Maria. La mano del amor, pensó. De un amor perverso; perverso y desatinado, siempre tarde o temprano, siempre a destiempo. Un amor ajeno a si mismo que fallaba sistemáticamente en reconocerse, que confundía el espejo en que se veía con una ventana y su reflejo con la proyección de una silueta que no le correspondía. Deseó que todo fuera diferente. Pero diferente como? Sabia que quería cambiar mas no sabia que quería cambiar; ni por donde empezar. Debo entonces cambiar todo. Si no hay por donde empezar empecemos por hacerlo todo junto, de forma desprolija y violenta. El lugar donde vivía. La persona con la que estaba. Las personas con las que estaba. El lugar donde trabajaba. El trabajo. La rutina. Los deportes que practicaba. Los autores que le leían, todo caía en una enorme caja de mudanzas rotulada "Varia", una caja que no sabia si subiría al camión que ahora quería arrancar. Pensó que quería nacer de nuevo, si era posible lo mas alejado de sus múltiples egos que pudiera alguien imaginarse. Si era posible en el cuerpo de una tortuga. Si, claro, eso es, en el cuerpo de una tortuga, verde y gigante, perezosa y despreocupada, que no conozca el mundo mas allá de un patio de tres por tres; de baldosas rojas. Cuyo desafio no fuera mas grande que caminar 20 pasos (pasos de tortuga, claro) para alcanzar un poco de agua o morder alguna hoja que ofreciera-le de alimento. Una tortuga que desconociera las teorías económicas y la importancia del ahorro. Que no supiera de Keynes ni de Platón, de Marilyn ni Jean-Paul Sartre. Un mero animal cuyos mecanismos de comprensión no superaran lo que sus limitados sentidos permitían le ver; cuyo intrincado sistema neurológico fuese tan simple que no permitieran le conocer la pasión ni el desarraigo ni la empatia ni el odio. Una tortuga si, que no pudiera sentir aquella mano ajena de no Maria en su espalda, dibujando secretos de alcoba que comenzaban a construirse de una manera absurda. Girando súbitamente, como no podría haberlo hecho la tortuga, intentando no parecer demasiado brusco, anulo el efecto de la mano del amor, se puso de frente y le dijo a la Manicura si quería salir a tomar un café a pesar del hostil clima. Afuera, como nunca antes en Junio, nevaba.
 
Las fuertes ráfagas de frió helado no lo amedrentaron y continuo el camino por la calle 7 a pesar de que la manicura se hubiese relegado un poco. El frio en las mejillas le recordó a la tortuga. Si yo fuera una tortuga metería la cabeza adentro del caparazón ahora mismo. Sintió que de algún modo todo lo que había en su cabeza era la cabeza de una tortuga y que su cabeza era el caparazón. Buceó entonces en el interior de su cráneo como si sus ojos de tortuga le permitieran ver el lado interno de la tenebrosamente húmeda carcasa. Entró en un mundo oscuro de caminos iluminados por tenues luces laterales. Luces de pasillos de un avión lo guiaban siempre hacia una salida de emergencia con una puerta de complicados mecanismos, siempre cerrada, siempre imposible de abrir. No tardó mucho en darse cuenta de que estaba en un laberinto. Que debo cambiar; adonde esta la puerta que abre el juego? Buscaba la celda del buscaminas que le abriera el mapa de su propia vida. Una que borrara tantos unos adyacentes a celdas tapadas, una que lo condujera a un par de cuatros, a unos cuantos tres y quizás hasta a algún cinco. Cruzaba un puente sin retorno, del hemisferio nor(este) de su cerebro, cuando el sacudon de su brazo izquierdo lo hizo caer a un vació negro cónico y lo trajo de vuelta a la realidad. <No me vas a esperar, che?> le dijo la manicura con la simpleza que la caracterizaba; con su sonrisa de tortuga. Caminaron 200 metros en los que le contó alguna historia sobre una clienta del salón que se habia roto las unas en una aparente contienda con su propio marido que la quería abusar. Pensó que nada de lo que decia la Manicura tenia demasiado sentido y solo atisbo a asentir con la cabeza moviéndose con suaves golpes de menton sobre pecho. Al final de la segunda cuadra, en la ochava norte de 7 y 16, cuando el invierno se hacia mas hostil que nunca, se metieron en el café de la música.

La verborragia de la Manicura lo sumergió de nuevo en sus pensamientos. Por un momento, mientras ella le hablaba y el escuchaba sin poner atención creyó que abandonaría su humor instropsectivo por el resto del día. Se había alegrado de estar, aunque fuera escuchando. Pero solo le duraría un rato. Cuando se hubieron sentado abandono nuevamente, esta vez con los ojos abiertos, el lugar. Se pregunto si podiase a través de la profundidad movilizar a lo superfluo, si había algo en las personas mas allá que la risa leve y el llanto plástico. Se desilusiono de no poder vivir de forma simple como todos los demás aparentaban hacerlo. Se preguntó si realmente así lo hacían o si era una dish-dash contra el dolor que realmente existía en la mundanidad de los humanos, en la humanidad del mundo. Se dolió de deber hacer un análisis casi sistemático de cada respiro que exhalaba el hombre de la mesa de al lado, del costo extrinseco de cada una de las acciones de la mesera que ahora traía su café con leche, de la verborragia de la Manicura. Miró por la ventana. Los arboles todavía no daban sombra y perdían así su gracia; no eran verdes sino marrones, apagados como una linterna sin pilas en medio de la oscuridad. Su falta de hojas no servia para detener una incipiente nevada. Siempre las cosas nos faltan cuando mas las necesitamos; que útiles hubieran sido las hojas de un árbol para detener la nieve que mojaba la cabeza de una mujer y su hijo. La mujer parecía acelerarse y luego frenarse a cada paso impar con cadencia de tango torpe. Se preguntó que ocurriría en la mente de aquella mujer que, apuradisima, parecía ir desapegada de cualquier evento ajeno a la mano de su infante. Cual seria su reacción si de un tercer piso cayera de repente un piano o un suicida. Pensó que los hombres de hoy, obnubilados en sus propios carriles, como tranvías o trolebuses antiguos, habían perdido la capacidad de cambiar de acera, seguían siempre la vía de su propia incomprensión, eran duenos y a la vez ajenos a todo lo que les pasara por al lado. Quizás la mujer se espantaría, un segundo, quizás se detendría, otro segundo. Mas volvería rápido a la mano del infante, a la boleta del gas, a la maestra del jardín que le había gritado al nene, al marido que trabajaba demasiado, al profesor de tenis con el cual se acostaría si le dieran los escrúpulos, al apuro por la nieve. Volvería a su caparazón de tortuga que camina despacio hacia un final que conoce. Ay! cuanto deseaba  ser y cuanto aborrecía a los bichos lentos y perezosos, al caparazón, a la manicura al otro lado de la mesa con sus historias simples, con sus boletas del gas y sus problemas de vida en miniatura, en general a las tortugas de caparazón oscuro.

La manicura lo miraba en el reflejo de la mesa de madera lustrada, o quizás solo miraba un poco mas allá de su taza el centro de aquel cuadrado plano sostenido por cuatro pilares. Un cuadrado se sostiene por cuatro patas, que redundancia estúpida, que invento mas precario de la arquitectura; cuatro puntas, cuatro patas. Se preguntó quien habría sido el genio que decidio poner una pata de mayor soporte en el centro. Que dificil seria matar a la manicura. Aniquilaria para siempre de la realidad, tornarla una imagen del pasado. De un tiempo a esta parte lo consideraba con repetitivo desgano, con cíclica desidia: debía deshacerse de la manicura; dejar de pensar en ella, borrar (no solo de sus agendas, sino ademas de su mente) su numero de teléfono, su dirección, la evolución de su cara a una cara diferente. Debía darle salida y transformarla en una imagen del pasado, en una imagen congelada en un momento, en cientos de momentos que jamas volverían. Pensó en Maria, en sus palabras de aquella tarde diciéndole: "que era mejor si nunca jamas volvían a verse, si procuraban ya no mas hablarse, para que quede todo lo 'lindo' de la relación". Para recordar 'todo lo lindo', como si el otro se hubiera muerto, como si fuera las agujas de un reloj detenido en algún momento del pasado; una cara que si evolucionara lo hiciera como la de un muerto al que se le carcome primero la piel y luego la carne para transformarse, ulteriormente, en puros huesos. Una persona que ya no influenciara con su pensamiento, con su crecimiento, con su mejoría o su empeoramiento. porque la memoria no tenia caminos de regreso, porque toda primavera anterior era irrecuperable, y porque el amor mas desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera, la frase que el mismo había escrito gigante en la pared del costado de su cama, cuando Maria se había marchado, le retumbo en la cabeza. Eso debía hacer con la manicura, matarla, convertirla en una primavera anterior, en una verdad efímera, en lo lindo de un tiempo que jamas regrasaria. Se levanto de la silla y dejando atras su abrigo salio en camisa arremangada a la nieve. Atónita, Lucia no tuvo tiempo mas que de seguirlo con la mirada.

Cuando se encontró en la calle, la lluvia helada ya no era nieve mas lo parecía. Sintió que le habían crecido dos ojos gigantes en la nuca. Abiertos, conectados no al cerebro sino directamente al corazón. A diferencia de sus ojos normales que ahora le ardían por las gotas que se colaban por entre sus pestanas, los ojos inversos no veían la realidad. No les modificaba la vieja con su hijo, el piano que caía, la muerte de un transeúnte en un accidente de transito o la presencia de la manicura tratando de ponerle el saco sobre los hombros. Los ojos de atrás solo veían hacia el pasado. El pasado inmediato. A la manicura petrificada en un instante de hacia tres minutos y de ahi hacia atrás la involución de su tiempo, pasando por la manana misma de aquel dia, la mano en la espalda, la noche anterior y asi hasta el tarde de miércoles temprano en otono en que se habían conocido a la vuelta de la esquina de un callejón donde había una librería bastante pintoresca. Y luego, el pasado mediato. El de Maria, también siempre en el antes, mas aun siempre viva. Curiosamente los ojos la tergiversaban evolucionada, diferente a la manana del saco rojo; sin lagrimas en la cara, feliz, caminando por las calles de un Madrid abarrotado de turistas chinos. Sonriendo disimuladamente ante la alegria de la vida que se negaba a abrazar, como lo habia hecho siempre, como seguramente lo haría ahora. No sabia porque en Madrid, pero la imaginaban caminando lento hacia Cibeles, con un tapado marron que ella (la imagen inicial del pasado que los ojos al principio veian) jamas se hubiera puesto.Cerró los ojos (los de adelante) y se dejo trasladar a Madrid. No parecía hacer frió aunque la gente caminase abrigada. El ceceo de una pareja discutiendo en plena Gran Via lo retrotrajo a casa de sus abuelos, a su abuela gritando despacio a su esposo que viniera a comer; a su abuelo diciendo 'pues mujer' y reprochandole la no-necesidad del grito. Madrid estaba rara. Le faltaban transeúntes y autos; Gran Vía callada y ajena. Retumbaba solo el ceceo de la pareja discutiendo: 'Pues mujer, pues mujer, pues mujer'. De pronto habia saltado muchas cuadras y calles y estaba en puerta del sol sentado al pie de una estatua. Miles de turistas chinos le fotografiaban de pies a cabezas, pues mujer, pues mujer le decían todos los varones a una que parecia ser la fotógrafa estrella. Matias agachaba la cabeza, la hundia entre sus rodillas. Apretaba sus orejas con la parte interna de sus muslos, queria cerrar los ojos, abrir los ojos, volver de esa pesadilla a la que lo habian llevado los ojos del pasado y la cual no podia entender. Al sacar la cabeza de entre las rodillas, aturdido por la presión que había generado, silenciada la escena que solo sonaba a repetitivos flashes, la mujer.fotógrafa.estrella se había dado vuelta y tenia un saco marrón. El se ponía de pie y la rodeaba, mas siempre se encontraba a su espalda. Entonces la mujer se echaba a andar y el la perseguía por los recónditos callejones de una Madrid que se apagaba y se encendía de formas repentinas, mezclando dia con noche, luna con sol. En el instante en que finalmente las calles se hacían amplias y el se sentía mas lejos de la mujer.fotógrafa.estrella.china la mujer se daba vuelta y quitándose el saco le mostraba otro saco, ahora rojo.  Des-velaba también su cara que era de nina y luego de mujer y luego de madre y de abuela y de anciana y de muerta en pocos segundos. Cuando estaba por reconocer la cara de la difunta, la misma pudriéndose desde la punta del cuero cabelludo hacia abajo le levantaba los cinco dedos y la palma derecha y rotando sobre si misma se echaba a correr.

La manicura jamas lo había insultado pero no pudo contenerse ante su impasividad. <Adonde te fuiste pelotudo! Queres que te mate un auto?>. El bocinazo o el grito, el ruido o quizás el silencio inmediatamente posterior le habían hecho abrir los ojos, cerrar los otros. Estaba, ahora, en el presente y sentia mas nada que una vaga certidumbre: de allí en adelante no podría jamas olvidar a sus ojos de la nuca y mirar repetitivamente hacia el pasado. Ahora, solo debía figurarse como iba a hacer para que a aquel mundo, donde vivían sus muertos (reales y forzados), entrara mas antes que después, mas hoy que manana, la mujer que acababa de insultarlo por primera vez. Se volvió sobre si mismo y la encaró con una sola certeza, de algún modo cuando la alcanzara al otro lado de la calle iba a matar a Lucia. 

lunes, 1 de agosto de 2011

Short Yellow Dream

Short Yellow Dream

"A la voz francesa que inspiro este sueño, o al sueño que aun no he visto y quizás haya inspirado a la voz a cantar"

In the haziness of a monochromatic dream of old cities falling appart, while I stood in amazement and wonder with my eyes aiming at an elusive sun or moon, she whispered to me from the distance: <<Be in my way. Be my way. Let me be any way I am meant to be. Then, and only then, I will be your way, your way to see love, your way to feel joy, your way to a happier way of living everyday...>>

It must have been the confusion of a dreamed world, the impersonality of my face or the gust of winds mixing with the destructive noise of the desintagrating buildings of sand and water what made him think that my shout was a whisper, that my words were in english. Through the disappearing sound of the cords of my dying guitar, sitting in the midst of a vanishing unreality, while he stared at a veiled moon, I shouted to him from the back of my heart, the top of my loud crying voice: "Eblouie par la nuit à coup de lumière mortelle; A-il aimé la vie ou la regarder juste passer?; De nos nuits de fumette il ne reste presque rien; Que tes cendres au matin; J’t'ai attendu 100 ans dans les rues en noir et blanc..."


miércoles, 20 de julio de 2011

Amistad

Amistad

“Que cosa mas grande que tener a alguien con quien te atrevas a hablar como contigo mismo"?
                                                                                                              Ciceron

Un tipo se va, entra, sale, vuelve a entrar, vuelve a salir y vuelve a entrar. Se detiene un paso adelante de la puerta, lo mira al otro cada vez que entra con los ojos fijos; lo quiere cagar a trompadas, correctamente, como se debe, con las dos manos cerradas. O quizas acogotarlo, asfixiarlo hasta que se ponga violeta. Pero solo le lanza una llamarada de insultos y la reconcha de tu madre pedazo de hijo de puta te voy a matar. El otro lo mira, sonrie, agacha la mirada, lo vuelve a mirar y vuelve a sonreir. El primero se enoja, se desenoja, putea, se esta por reir y vuelve a putear, que tanto culo vas a tener de meterme un gol en el minuto 90 y tomando el joystick gris se lo tira por la cabeza. El otro se cubre la cabeza y tapa el golpe con la mano derecha, se sigue riendo y cuando asoma nuevamente los ojos, dice: "No te olvides que tenes que pagar la coca".

Juan y Juan salen de la casa de Juan; caminan dos cuadras y se sientan en el kiosquito de la vuelta, que no esta a la vuelta de nada, o que esta a la vuelta de algun algo que ellos no saben que esta ahi a la vuelta. Piden una coca, la paga Juan. Y se la toman en vasos de plastico blancos; ridiculamente pequenios, ridiculamente finitos, ridiculamente blancos. Juan no puede dejar de lado el partido. Siempre me haces el mismo, gol, el mismo desborde; no deberian valer esos goles, aparte jugas con el Barca y yo como un pelotudo sigo eligiendo Central, que por mas jugadores que le haya comprado no tiene el funcionamiento del Barca, ni siquiera en la Play. Y Juan, del otro lado se rie. Si te escuchara el Negro decir que Central no se parece al Barca ni en la play te soltaria una diatriba de puteadas como la que me soltaste vos a mi hace un rato, como la que le solto el Tano Pasman a Pasarella y los jugadores de River. Deci que se murio. El negro digo, se murio, hace ya cuatro anios, podes creer?. Que tipo crack, el Negro, boludo, el Negro era como el Messi de los cuentos cortos, del humor, de la cultura, pensa que nacio aca nomas, que iba al Cairo, sabes lo que daria yo por poder entrar a un lugar donde estuviera el Negro? Sabes que iria todos los dias al Cairo y me sentaria cerca de la mesa de los Galanes y aprenderia todo de el, y ahora en vez de perder el tiempo rompiendote el culo a la play y hablando como un burro, estaria escribiendo un cuento, como escribia el Negro, sobre las diferencias entre el Barca y Central. Ah, pero sos canchero? Encima que me ganas de pedo, me gozas y te haces el culto, vos queres que te cague a piñas, en serio, oloroso? O queres que definitivamente me agarre a tu hermana de una vez por todas? El Juan Negro, medio que se enoja, se rie y se vuelve a enojar, pero le da un sorbo a la coca, el segundo del vaso; y se lo termina."Servime mas coca y callate, perdedor". Se joden entre ellos, todo el tiempo, se calientan pero se acompanian, pasan todo el dia juntos, juegan la revancha a la play y como no podia ser de otro modo gana Juan.

A la noche salen a comer una pizza y a mirar minas, al dia siguiente juegan la revancha de la revancha de la play y despues se van un rato a la facultad. Juntos. El Jueves se encuentran con los otros pibes, juegan un picado. En el mismo equipo. Juan juega atras, de dos, paradito entre los laterales que en el fútbol cinco no existen. Corta y lanza. Lanza pases cortos; siempre al compañero mas cercano, segun el 'el mejor ubicado'. Nunca larga. Juan se queja. "Tiramela larga, boludo. Ti - ra - me - la Largaaaa, cuantas veces me vas a hacer picar al vacio al pedo?". Y Juan no le contesta. Demasiada concentración le demanda mantenerse en el partido. La habilidad no es lo suyo. El partido termina. Termina bien. Ganan. No hay piñas. Como hace un par de semanas cuando uno de los de la 80 le pego a Juan de atras y le piso el tobillo. Y el otro Juan viniendo desde el fondo, a toda velocidad, lo emboco de lleno. En la mandíbula. Y se armo; se armo grossa. Ese dia terminaron en el hospital; pero no por la piñas sino porque el arquero se rompió los cruzados; después de la piñas en la jugada mas pelotuda del mundo.

El viernes salen y a Juan lo cubre Juan para que no lo enganche la novia mientras habla con otra mina. Es incapaz de meterle los cuernos. Pero le gusta el chamuyo. Le gusta sentir el ficticio placer de que si el lo deseara, si no tuviera novia, si no fuera el quien decide asi no hacerlo; si quisiera, a esa mina se la agarra. Y la da vuelta como una media. Y a la salida del boliche se comen un pancho, rancio pero delicioso. Un manjar de savora vencida y salchichas que han estado hirviendo por dias en agua tibia. Se comen uno, a medias; porque se quemaron toda la guita en fernet, y sino no les alcanza. Entonces cuando todavia no han bajado el pancho, o el medio pancho, empiezan a patear, por Rivadavia, tranka. Y Juan empieza, otra vez, a divagarsobre la vida y sobre el Negro Fontanarrosa y Borges y Sabina y Fito. "Y viste la que tiro Fito de los Fachos?". Pero Juan no lo escucha, el va en su mundo. El mundo de la calle. De mirar siempre alerta lo que esta pasando. Porque la calle no es joda. El lo sabe. Y sino quien lo protege al boludo este de Juan.

EL sabado a Juan se le queda el auto llendo a lo de su novia y Juan lo pasa a buscar con la moto; chocan y ninugno se va al hospital. Pero tienen que hacer la denuncia. Se van hasta la quinta, de nuevo pateando, ahora por Paraguay. Solo que esta vez tienen que cargar la moto. En esta caminata no hay charla ni divague de borracho. Los dos van callados. Juan sabe que Juan tuvo la culpa del choque pero no le dice nada. Que le va a decir si el mismo debe saber que se mando una cagada gigante. Cuando llegan a la comisaria y estan sentados en la seccional, esperando a que alguien les tome la denuncia; en el momento en que el tiempo se hace espeso y todo comienza a parecer irreal, mientras ambos estan mirando hacia abajo con las manos apoyadas en las rodillas y la cabeza casi hundida entre los brazos, Juan le pregunta a Juan. "Che, boludo, que hubiera pasado si en el choque con la moto, yo me moria?". El silencio sigue a la a y al signo de pregunta y se hace mas espeso que el tiempo de la comisaria en que estan sumergidos. Entonces, cuando aparece el comisario y los llama por su nombre, justo cuando los dos se levantan del banco de madera para entrar en la pieza contigua, Juan toma a Juan del brazo y le dice: "Que pregunta pelotuda me haces? Si vos te moris una parte de mi se muere con vos y una parte de vos se queda para siempre conmigo, no te das cuenta que vos sos yo y yo soy vos, no te das cuenta que sos, fuiste y vas a ser siempre, mi mejor amigo?"

miércoles, 6 de julio de 2011

Lujan

Lujan

 “A quien nunca fue mi hermano, a quien siempre lo será”

Sentado sobre los escalones de la escuela pública Perito Francisco Moreno me he quedado con un semblante diferente , obnubilado, fuera de mi.

Esta mañana nos ha buscado Don Armando. Como todas las mañanas el Scania Rojo y Gris del año 65 ha llegado puntual y el gordo ha abierto sus puertas con una sonrisa entre forzada y natural.  Llegando tarde, con temor a que me dejen, he corrido a toda velocidad con la mochila más grande que yo golpeándome la espalda a cada paso. En mi torpe y desesperada carrera me he caído en la in-famosa bajadita, la misma donde tiempo después perderé mi primer carrera de bicicletas al (también) caerme justito antes de llegar; antes de cruzar la línea de llegada y ‘entrar’ victorioso al barrio de 5 casas idénticas.

Gracias a Dios (o a la experiencia de mi madre) esta mañana mis pantalones de gimnasia azules; sin tres rayas, llevan parches en las rodillas. Los parches han ayudado, no solo a que el pantalón no se rompa sino, además, a que mis rodillas no lleven, aun, otra frutilla. Lo que si se ha roto, en miles de pedazos, son las Manon que llevo en la mochila. Sin saberlo en ese momento, he perdido mi comida de recreo; sin saberlo, entonces, tendremos que compartir la tuya: gloriosas obleas ‘champagne.’ La lata de bolitas, con el bolón de acero, por suerte esta mañana la has cargado vos. Si supiera que, días mas tarde, la vamos a perder, te robaría el bolon y me lo guardaría en el bolsillo. Lo haría por el bien del todo. Mi tardanza se ha debido ha que me he quedado intentando peinar mi pelo rebelde con gomina, como nos ha enseñado tu viejo, para atrás. No fue solo mi pelo motoso lo que me demoro sino una humedad inusitada que ha despertado a las imponentes montañas que nos rodeaban con silencio de viento ausente. Esta mañana rara amenaza con lluvia.

Sentado sobre los escalones de la escuela me he quedado con un semblante diferente. Esta tarde, habiendo dejado que Don Armando nos deje en el viaje de vuelta, sentado en estos escalones, he visto, a través de las gotas que pueblan el ambiente desapareciendo una tras otra con cadencia veloz, el reflejo de dos hombres; la sombra de su sombra proyectada en el papiro apenas hoy escrito de mi memoria futura: mi imaginación.  Uno de los hombres va en un avión, que nunca es el mismo. La escena cambia, los acompañantes del hombre cambian, a través de la ventana se ven diferentes ciudades. Pasa el Kremlin y la Estatua de la Libertad, La muralla China y Angkor Wat, La opera de Sydney y Hagia Sophia; pasan hombres con sombreros de pana, playas, montañas, edificios imponentes y mujeres de muchas nacionalidades hablando idiomas de amor incomprensibles, mostrando gestos que no reflejan en su alma. El hombre está en una búsqueda desesperada, a lo largo y lo ancho del globo. Más no sabe que busca y por eso, con inusitada vehemencia, a través de noches blancas y días negros, con obsesiva persistencia, lo persigue. El hombre ve a otro hombre, mucho más sereno que el y mas enardecido a la vez, parece la parte opuesta de su  mismo ser, la otra cara de una moneda que habiendo sida acuñada en el mismo lugar, se escindió de si y circula en una nación diferente. Es un hombre más arraigado, mas familiar, mas centrado. Va sentado en un colectivo, que es siempre el mismo. La escena cambia y los acompañantes del ‘hombre.otro’ son siempre los mismos aunque cambian, se modifican, se mejoran y envejecen. A través de la ventana pasan escenarios diferentes. La ciudad (que es siempre la misma) se transforma de manera armónicamente dinámica. Pasa una plaza y luego otra, los imponentes Andes, ríos, lagos y zanjones, veredas anchas de adoquines rojos y señoras pasando el lampazo con kerosén. Pasan mujeres hablando idiomas de amor comprensibles, mostrando gestos que no se reflejan en el alma de este otro hombre.  Esta, el también, en una búsqueda desesperada. A lo largo y a lo ancho de ‘su’ globo. Más no sabe que busca y por eso, con inusitada vehemencia, a través de noches negras y días blancos,  con obsesiva persistencia, lo persigue.

El hombre del avión ve una tormenta cayendo sobre la ciudad del hombre del colectivo, y a través de sus gotas ve un lugar mágico que esconde una melodía que no se puede escuchar pero que los ojos correctos pueden ver. El lugar mágico guarda un secreto en cada estación del año. Cada invierno sus niños salen a buscar víboras en la tierra prohibida de detrás de tres de las cinco casas, donde residen los mounstros mas enormes y donde juran haber visto Boas constrictor y serpientes de coral devorar leones y levantarse ante a humanos a los que han perdonado por ser parte de la magia del lugar. Allí los altísimos pastos de 30 centímetros ofician de jungla exuberante y  los niños cargan machetes inconmensurables (cuchillos de cocina que han robado cada uno a sus madres) para atravesar los peligrosos pantanos. En otoño, los Álamos, de pie a los costados de las calles de pozos sobre el asfalto pedregoso y color brea, escoltas  reales de los paseos en bicicletas de cross-Rolls Royce-imperiales, les regalan a los niños, con desinteresada generosidad, cientos de miles de hojas dispuestas a oficiar de colchoneta inflable para que se arrojen a toda velocidad desde sus bicicletas. Y a los niños no les importa que luego vayan a oler a hollín, ni que sus caras vayan a llenarse de ese polvillo que las hojas exhalan. Luego del invierno, y en cada primavera, el barrio de YPF, el recóndito lugar que existe mas allá del lugar mágico, pasando la bajadita y del otro lado de la ruta, se convierte en Beverly Hills. Es un barrio coqueto de ‘otras’ casas que tienen entradas majestuosas y calles particulares. Casas que tienen la osadía de no ser todas iguales; que atrévense a ser diferentes las unas de las otras. Palacios, donde vive gente rica que pasa el verano en algún lugar de playa que no es Chile y cuya gente a los niños del lugar mágico no les interesa por no ser parte de su mágico mundo. Cuando finalmente llega el verano, la mas agradable de todas las estaciones del lugar magico, el pasto florece y los caballos atienden a presenciar contiendas, que se juegan en el estadio del lugar mágico, ‘la canchita del medio’. Es la época de los mundialitos de futbol, que al modo de los torneos de tenis más importantes, solo se pausan por falta de luz. Y continúan al siguiente día. Veranos en los que además se pelean guerras extremadamente beligerantes con estrategia y rango de oficiales, con piedras.armas y una e(m)planadita, que nadie sabe para que ha sido puesta sino para obrar como campo de batalla de las contiendas entre ejércitos de niños. Batallas que se suspenden, al igual que futbol, solo por falta de luz, y que continúan (si no hay mundialito de futbol), al día siguiente. La desaparición del verano, a veces trae una primavera y otras veces otro invierno que cuando llega pone a los niños que ya no buscan víboras, a esperar. Esperan a que llegue el día en que la magia se acuerde de ellos y les regale el más preciado de los bienes que jamás podrá existir: blanca y fría nieve. Los niños roban zanahorias y salen con su único gorro de lana en la mano dispuestos a donarle sus bienes a un muñeco de nieve que a la mañana siguiente ya no estará allí pero cuya presencia permanecerá en el recuerdo hasta que el sol de nuevo asome y la primavera que subsigue traiga mas escapadas en bici a Beverly Hills.  Y cada día, de cada estación, hay un perro guardián de la magia que, aunque ellos no lo sepan, es el encargado de que cada jornada guarde una pizca de encanto, un hechizo implicito, en cada una de sus horas.  Y hay madres también en el lugar magico, madres que a los niños cuidan y alimentan y obligan a hacer la tarea, recordándoles que por mas mágico que sea, aquel lugar existe en un mundo de veras. 

Una azafata trae en si de repente al hombre del avión que se ha quedado atónito y no le contesta. No puede creer lo que ha visto, a sus 50 años, ha visto un lugar mágico y a niños cargados de felicidad. No entiende el significado y mirando de nuevo la lluvia por la ventana intenta sumergirse nuevamente en el sueno. Esta, aun, fuera de si.

Sentado sobre los escalones de la escuela me he quedado obnubilado y veo al hombre del avión esfumarse a través de las gotas que pueblan el ambiente desapareciendo una tras otra con cadencia veloz, al paso que vos, bajando la escalera a toda velocidad, me gritas que nos juguemos un  arco a arco a dos toques con una pelota de medias. Las celadoras se han ido y mientras esperamos que nos vengan a buscar. es nuestra oportunidad de hacer una travesura bajo la torrencial lluvia que no es para nosotros tan común.  Siento que el lugar de las gotas del hombre del avión esta cerca. Sacándome el guardapolvo, me sumerjo abajo de la tormenta. Un estadio repleto de hinchas enloquecidos cantando bajo el agua me recibe destrozándose no menos las palmas que las gargantas y entrándole con toda la fuerza de mis zapatillas blancas a las medias que ofician de pelota, la hundo en lo más alto del cielo ennegrecido por las nubes para comenzar el partido. Entonces, cuando se apacigua la  ovación de la  hinchada imaginaria y la ‘pelota’ vuelve al suelo, antes de que se empiece a dirimir otra final del mundo, veo un último repentino flash del mismo hombre en el avión, sentado, atónito, mirando su propia tormenta.

Cuando por la ventana del hombre que a mis ocho años estoy viendo a través de esta tormenta, pasa un estadio remoto y un pequeño jugador revienta una pelota en el aire, el hombre siente una profunda nostalgia. Ya es viejo y ha buscado por todo el universo la respuesta a su infructuosa búsqueda. No ha encontrado, cree, porque ha estado buscando la respuesta en los ojos de alguna mujer que ha fallado en encontrar. Asi, a través de la nostalgia, de la pelota volando por el aire y la mujer inexistente, se da cuenta que lo que está viendo en aquellas gotas no es más que su imaginación pasada: su imborrable memoria. Y encuentra, con felicidad, en su recuerdo, la ubicación espacio temporal del lugar mágico. Y se olvida de la mujer.  Cerrando los ojos, se ve gambetear charcos con una pelota de trapo y descubre en la escena al hombre del colectivo en forma de nino, rival, amigo, hermano, contrincante. Caen gotas que siente lo mojan dentro del avión. Se le acelera levemente el cansado corazón y descubre que él y el hombre del colectivo han estado buscando lo mismo. Han estado buscando lo mismo y tiene, efectivamente, ahora se da cuenta, nombre de mujer. De mujer que empieza con las dos letras con las que el siempre creyó que iba a comenzar.  Mas, entiende, con esfuerzo supremo, que el objeto de su obsesión, no es efectivamente una mujer aunque lleve su nombre. 

Sentado en un avión que lo conduce a algún lugar irrelevante, a través de una gota de agua cualquiera, el hombre del avión se ve de niño viéndose sentado en aquel avión mucho tiempo más tarde. Y al ver por la ventana el recuerdo de su propia imagen reflejada en su imaginación, recuerda que el faro en los dos polos de su camino se llama Lujan. Es aquel lugar  mágico que acaba de rememorar y donde el mundo de su infancia le ha mostrado (a el y a quien gambetea bajo la lluvia) que es en la simpleza de la vida donde habita el motor de toda búsqueda. Asi, baja la ventana y deja que el niño siga su partido. Sabe ahora que, es en las pelotas de trapo, las bicis de cross, las boas imaginarias, las finales del mundo que se suspendían por falta de luz y las hojas de otoño regaladas, donde yace la más extrema e inconmensurablemente perfecta felicidad que tanto ha estado buscando. Una felicidad  a la que cada día, retornando a través de los caminos de la memoria, nostalgia del recuerdo imborrable, él y su hermano del alma pueden volver, yéndose con la mente a ese tiempo fabuloso que fueron sus días en un lugar mágico, que ahora termina de rememorar y que se llamo y se llamara siempre: Lujan.