miércoles, 1 de junio de 2011

Adios -English Version-

Adios –English Version-
Knowing when to say goodbye is learning how to grow
                                                                    Gustavo Cerati

And one day, when it could be less expected, when the daylight seemed to infiltrate through the pores of his once impermeable skin and 'in a little while' no longer played in his iPod, no more; then without preamble, without warning, with no mercy, without having asked for anyone else’s consent, as a boomerang that returns to its starting point powered by the inertia that pulled it away, she, who prided herself on being who she was, by her own initiative and not thinking about anyone else, just returned. She did it with the cross marked on her back and her front as high as ever, showing no remorse, pledging no apologies, believing not that something could have been wrong. Simply returning; with all her simplicity; with all her complexity. Simply returning, once again. When he descended from the elevator, which seemed to take more than ever before to cover the 29 floors, he could not avoid seeing her. Immaculate, unchanged, as if it was yesterday, as she looked today, as never before.

He dragged his feet with anxiety but sparingly in a fast forward slow run towards an unreachable end. And he stopped far. But perhaps too close. There was she, in front of him, motionless, almost inert, seemingly mute, but penetrating with her eyes through him to the center of his brain, like the time when they first met, submerging into to the marrow of the most hidden insecurities, her insecurities, which in a somehow frightening telepathic manner, were always reflected in his memory. Hawking, she said: <<it’s been a long time>>. Him, not knowing what to answer, unable to discern whether it was because he could not actually see her or listen to her, as his heart dictated, with both arms closing in on her back, posing each hand on the opposite corresponding shoulder blades covered by the red thin linen jacket, with rage, full of anxiety, overflowed with satisfaction and hate, brimming with insecurity and torment, without more, gave her a hug. He wanted to spit a word but the water missing from his dry mouth did not allow him to unstick his lips. He wanted but could not either cry. The lack of water in the drought of his eyelids did not allow him to open his eyes. He suddenly felt as if a truck oppressed his chest, as if the center of the universe, with all its forces of attraction and repellency, was placed in the gap between his nipples. He did not know where to go. His mind travelled through roads never before travelled. He walked streets he had never named, virgin road trails without paving. He thought he could go crazy in the mere blink of an eye. If a particle moved in a non-coordinated manner, if a neighbor opened the door, if the elevator bell announced that someone else had returned, the entire balance of a totally unbalanced moment could explode.

Time slowed. The atmosphere turned heavy and with foresight he could see everything in the shape of zeros and ones. He smiled. And letting his hands off the back of her shoulder blades, he placed them on the shoulders standing still before him. He thought, for an ephemeral second, he would ask her to stay. But he did not. He stared at her features, with the expression of someone who makes an effort to record every single particle floating in the air, as someone who knows that the end of the end is approaching at a speed that no one else can perceive. He distanced from her with the arms still in her shoulders and, for some reason, thought of elementary school. Again he smiled.

Then, without any preamble, without words, without notice, without anyone’s consent, like a kite which reel is released to let it fly free in, for and where the wind would guide it, he mercilessly turned off the acoustic resonance of 'in a little while', turned around, opened the front door of his house and closing it with caution, once and forever, he left her behind. He did not ever hear anyone knocking on the door, or sighing on his back. He seemed to have lost the ability to turn around. He walked in, bathed, dried himself and while he finished dressing, he began hearing ‘Pasos’. Once he had finished that unprecedented ritual, fearlessly and without the reflection of those insecurities recorded on the B side of his heart, he opened the door and found nobody. It did not come as a surprise to notice that it was his mind that had imagined every detail of her standing on the entrance carpet, wearing the same red linen jacket that she had worn the day that she swore to never return. He stared at the empty space, at the nothingness inserted into the scene, at her absence of presence fulfilling her eternal promise of leaving forever. And without any kind of despair he tapped twice with his right knuckle on his head giving back the wink to his mind. He then thanked the impenetrable maze of his intelligence, which now echoed by the sound of the knuckles hitting its very own case, for helping him to close that last remaining open door, the one that since the day she had left, had, until now, in a systematic absurd way, led him (and not her) to return in memories, to the door of their former house.

lunes, 30 de mayo de 2011

Adios

Adios


"...es crecer..."
                 GC



Y un día, cuando el menos lo esperaba, cuando la luz del día se mostraba e ‘in a little while’ ya no sonaba casi nunca en su ipod, no mas; sin preámbulos, sin aviso, sin piedad, sin su consentimiento, como un bumerang que solo ha vuelto al punto de partida por la inercia propia de la fuerza que lo impulso lejos; ella, que se jactaba de ser quien era; por ímpetu propio y sin pensar en nadie mas, simplemente, volvió. Lo hizo con la cruz marcada en la espalda y la frente tan alta como siempre; sin remordimientos, sin perdones, sin siquiera creer que en algo se había equivocado. Simplemente. Con toda su simpleza y toda su complejidad. Volvió. Cuando el bajo de aquel ascensor, que se habia demorado mas de la cuenta, la vio, inmaculada, como hacia ya tanto tiempo, como si fuera ayer, como si fuera hoy, como si fuera nunca.

Caminó arrastrándose, con ansiedad pero con parsimonia. Y se detuvo lejos aunque demasiado cerca. Allí estaba, de frente a el, con los ojos atravesándolo hasta el centro del cerebro, como aquella primer vez, hasta la medula ósea de sus propias inseguridades, las de ella, que de un modo atemorizantemente telepático, se reflejaban en su memoria, la de el. Carraspeo y le dijo: <<pasó mucho tiempo>>. El, sin saber que contestar, sin lograr discernir si era porque no podía realmente verla o quizás escucharla solo pudo hacer lo que su corazón le dictaba: con los dos brazos cerrándose sobre su espalda, con una mano en cada omoplato de aquel saco de hilo rojo; lleno de rabia, rebosante de angustia, repleto de satisfacción y a la vez de odio, de inseguridad y de tormento, sin mas, la abrazo. Quiso esbozar una palabra mas el agua falta en su boca seca no le permitió separar los labios. Quiso pero no pudo llorar. El agua falta en la sequía de sus parpados no le permitió abrir los ojos. Sintió que un camión le oprimía el pecho, como si el centro del universo, con todas sus fuerzas de atracción y repelencia, se hubiera trasladado al hueco entre sus dos tetillas. Entonces, ya no supo hacia donde ir. Su mente transito caminos jamás antes recorridos. Anduvo por calles a las que jamás le había puesto nombre. Camino veredas vírgenes, sin adoquinar. Creyó que podía enloquecer en un mero segundo. Si alguna partícula se movía de un modo no coordinado, si un vecino abría la puerta, si la campana del ascensor anunciaba que algo mas había vuelto, todo el equilibrio de un momento absolutamente desequilibrado, podía estallar.

El tiempo se enllenteció, el ambiente se hizo pesado y con clarividencia pudo ver todo como si fueran ceros y unos. Sonrío. Despegó las manos de la parte dorsal de los omoplatos y las apoyo sobre los hombros rojos que se mantenían erguidos frente a el. Creyó que le iba a pedir que se quedara. Pero no lo hizo. La miró como quien mira con el afán de recordar, como quien sabe que el final de los finales se acerca a una velocidad que nadie mas puede percibir. Estiró los brazos y recordó como le hacían tomar distancia en la fila de la escuela primaria. De nuevo sonrió.

Entonces sin mas, sin palabras, sin aviso, sin el consentimiento de nadie, como un barrilete al que se le suelta el carretel para que pueda volar libre en, por, para y hacia donde lo guie el viento, sin piedad, apago por ultima vez  la acústica resonancia de ‘in a little while’, se dio vuelta, abrió la puerta de su casa y cerrándola con cautela, para siempre, la dejo atrás. Jamás, escucho a nadie golpear, jamás escucho a nadie suspirar detrás suyo. No supo lo que quedaba a su espalda porque parecía haber perdido la capacidad de darse vuelta. Se bañó, se secó y mientras se terminaba de vestir, comenzó a escuchar Pasos. Así, cuando hubo terminado aquel ritual inexplicable, ya sin miedo, ya sin el reflejo de aquellas inseguridades grabadas en el lado B del corazón, abrió la puerta y comprobó que nadie allí había. Comprobó sin sorpresa que su mente la había imaginado, detalle a detalle; parada sobre la alfombra de entrada, vestida del mismo rojo con el que aquel día juro nunca jamás volver. Vio el espacio vacío, la nada insertada en la escena, su ausencia cumpliendo aquella eterna promesa y abandonando para siempre su mente. Y sin ningún tipo de desesperacion se dio dos golpecitos en la cabeza. Devolviole así el guiño a su mente, agradeciéndole implícitamente que, después de que el bajara del ascensor y antes de que se metiera en la ducha, por arte del mágico entrevero de aquel inexpugnable laberinto que ahora retumbaba por el eco de sus nudillos golpeando su carcasa, la ultima puerta que quedaba allí abierta hubiérale, finalmente, ayudado a cerrar.

domingo, 22 de mayo de 2011

Los Dos Reyes

Los Dos Reyes

"Verdaderamente, el hombre es el rey de los animales,
pues su brutalidad supera a la de éstos"

                                                Leonardo Da Vinci


Jose Pablo Rodriguez Nunez había nacido con el crimen marcado en la piel, escrito en el DNI. A los dos meses su padre y su tío lo habian ‘usado’ de distracción para asaltar el Banco Provincial con una pistola de juguete, y una de verdad. Por el infimo espacio entre sus parpados; por a traves de sus ojos recien abiertos, habia visto su primer muerte. A su padre se le había escapado un tiro que habia impactado en un una anciana de unos setenta años. Había caído seca, como un fiambre que se cae del gancho de donde esta colgado. Desde ese día la muerte jamas se iría de su vida. Su prontuario criminal se habia engrosado poco a poco: diecisiete entradas por robo, cuatro por tenencia, ocho por violencia y resistencia a la autoridad, tres por hurto (la versión sin fuerza no le agradaba demasiado) y una por una violación de la que lo acusaba una ex-novia despechada. Todo antes de tener 14; todo antes de ser imputable. Era tan fácil de agarrar como de matar. Por eso habian estado por matarlo solo un par de veces. Estimaban las fuerzas de la seguridad que lo agarraban una de cada 176 veces que cometia un delito. La cuenta daba unos 5800 delitos, antes de la tarde en que cumplio 14, la tarde en que se convirtió en Rey. La leyenda comenzó una prematura primavera fría y lluviosa. <<Todas las primaveras empiezan asi>> le decía Joselito a Eusebio, el Gordo, a través del agujero que generaba con su comisura izquierda mientras con el resto de la boca sostenía la colilla de un cigarrillo que estaba ya por apagarse. <<Jugá Gordo, jugá, que te voy a romper el orto con un Rey, jugá>>. El Gordo rió y sacudio la cabeza. Mezcla de desidia, resignación y embuste propio del juego. Llegó a morderse el labio antes de intentar una sonrisa resignada. Mas nunca llego a tirar la carta. A través del vidrio del quiosco donde tomaban birra y jugaban al truco pasaron cinco balas que no tocaron a Joselito. Dos pegaron en una columna a su izquierda, dos otras le pegaron al gordo en el pecho y la quinta arranco la parte superior derecha del Rey que efectivamente batía a la sota de oro con la que Eusebio seria enterrado en un bolsillo dos días mas tarde. El Gordo estaba muerto, Joselito estaba vivo, la sota se fue en un cajón y el rey de basto, tatuado ahora en la parte superior izquierda de su pecho, lo convertia en leyenda.

Carlos Maria Delgado "Carlitos" era del Chaco. Habia nacido en el seno de una familia humilde pero llena de valores. Su madre, Estela Maris Delgado de Delgado se había casado con su primo Carlos y caminaba todos los días catorce kilometros de ida para limpiar una casa en el pueblo mas cercano y poder ayudar con los gastos de la casa. A Carlos Delgado nadie jamas le habia conocido un delito, mas tampoco un trabajo. Se había abandonado a la dicha de Dios cuando habiendo sido suspendido el ‘tren de los montes’, el gobierno nacional habia despedido a cuatrocientos empleados que habian sido contratados para comenzar a poner las vías. <<El sueño de mi vida se murió, hoy>> le había dicho a su esposa, <<Jamas volverá, jamas habra vía, jamas habra ilusión>>. La mañana siguiente a la que su padre había sido encontrado bajo la sombra de un ombu abrazado a una cruz de madera de un metro de alto, habiendo pasado cuatro años y tres meses de la cancelación del tren y cuarenta y siete años (desde su nacimiento) sin trabajar, Carlitos había decidido irse de casa. Emprendio los 17 kilómetros a pies que recorria cada maniana para ir a la escuela como cada dia, mas cuando dieron las 7 esucho la campana y siguió de largo. Cuenta la leyenda que caminó 27 dias y 28 noches ininterrumpidas y cuando se hizo la luz del día 28, exhausto, se detuvo a pedir un vaso de agua en una estación de servicio. La negativa del empleado fue el comienzo de su vida delictiva. Le partio el cuello con las ultimas fuerzas que le quedaban y se sentó a tomar de una botella chica de agua mineral. Comió cuatro alfajores y un helado de agua. Y se marchó. El resto lo dejó intacto. Sus días en el camino son incontanbles. Hay quienes afirman que lo vieron caminar a los ocho años con los ojos cargados de muerte por la ruta 9 asaltando camiones y descuartizando camioneros con la fuerza sola de sus propias manos para robarles el mate y los bizcochos. Hay quienes aseguran haberlo visto al mismo tiempo en la ruta 2 vestido de gorrita y shorts desmantelando estaciones de servicio, teniendo entonces solo seis años. Lo cierto es que nadie jamas supo bien de donde venia ni cuantos años tenia. Solo pudo saberse que habiendose adiestrado en chicanas legales le dijo a la policía, el día su primer aprehensión, que tenia solo 9 años, cuatro meses y veintidós dias. Supo calcular la fecha exacta en la que tendria que haber nacido. Tenia bigote. La policia le creyó y lo inscribieron como nacido aquel día. Hecho en la calle, la tarde en que El Rey de Bastos cumplía catorce, se encontraba el en un bar de Villa Constitucion. Eran las seis de la tarde. La policia irrumpio en el local en busca de drogas y un drogadicto disparo. Murieron treinta y dos borrachos, diecisiete drogadictos y el único policía que había entrado al lugar. La bala que debía matar a Carlitos pego en la copa que sostenía en la mano y quedo flotando en el Brandy barato que tomaba. Un transeunte que pasaba y lo vio atonito con la copa en la mano y una manta que la policia le habia puesto sobre los hombros lo bautizo: el Rey de Copas. A los dos días se tatuo la figura de la baraja, sobre el corazón.

A Carlito, en el barrio, le decian, despectivamente, "el Toba". Habia llegado a la cuna de la bandera siete días antes del tiroteo en el bar de Villa Constitución donde había sido bautizado. Robó, mató volvio a robar y volvió a matar. Jamas conociosele cargo alguno por otro delito. La policía no había asociado a uno con el otro. El toba y el Rey de Copas fueron, para la ‘fuerza’, durante mucho tiempo, dos personas diferentes. Se instaló en el barrio equivocado, en la ciudad equivocada, quiso ser rey pero era el reino equivocado.Para cuando la policía unió al toba con el Rey de Copas, el Rey de Bastos había engrosado su carácter de leyenda. Robó, mató, corrompió, violó, hurtó (poco) y estragó. Dicen que nunca se pudieron tipificar todos sus delitos. Se murmuraba (por lo bajo) en el barrio que, con lo que había robado y obtenido de la mala vida podría haber comprado la municipalidad de la ciudad, (con todo lo que tenia adentro, incluido el intendente) y refundar la ciudad con su nombre, o quizas su apellido. Ya no había vuelto a entrar, ahora la atención estaba en otro lugar.

Los reyes nunca se conocieron en persona, mas se detestaron con creciente odio a medida que la leyenda del otro se acrecentaba. Vivían en el mismo barrio y en cada barrio puede haber solo un rey. Vivían en la misma ciudad y en cada ciudad puede haber solo un rey. Vivían en el mismo país y en cada país puede haber solo un rey. Vivían en un reino sin rey y en cada reino (aunque no tenga rey) puede haber solo un rey. Se odiaron tanto que, según un tatuador al que refirió la historia otro tatuador que tenia un tatuador amigo que tatuaba a varios de los miembros de la banda de uno de los dos Reyes, El Rey de Copas se había tatuado una cruz en la espalda, donde esperaba que el otro Rey le disparara para darle muerte y el de Basto la había tatuado en el pecho, debajo de si mismo, o quizás era al revés.. Sus armas se buscaron, sus secuaces se tirotearon , se planearon emboscadas, se tendieron trampas, se denunciaron, quisieron erradicarse el uno al otro; pero siempre algo salia mal, siempre algo se interponía entre sus armas, siempre el uno escapaba al otro, o el otro al uno. Siempre quedaban Dos Reyes.

Una tarde copiosa y cálida de Abril, el Rey de Bastos, sentado sobre una pila de ladrillos, fumando un porro, tuvo una idea que lo diferenciaría de todo el mundo. El golpe seria perfecto, el carácter de único Rey lo esperaba. No necesitaba matar al otro, solo diferenciarse de el. El evento era Gigante. La plata era incontable y habría tanta policía que si se hacia con la bolsa, nadie podría ya jamas, nunca, discutirlo.

A la misma hora que el de Bastos tiraba la tuca del porro por la alcantarilla, el de Copas alentaba a la Lepra en el Parque. Entonces, cuando el Tano Vella desbordaba por vez numero dos y tiraba un centro a la olla, a el se le ocurría una idea que lo haría el mas grande hincha de Nubel de la historia. Se iba a robar la recaudación del Gigante. La semifinal de la Copa le daba la razón ideal para cagar a los ‘putos’ de Arroyito. Ahora si, ahora para siempre, seria el, de verdad, el único que Rey que era leyenda.

Cada uno planeo su ataque con minuciosidad.

Mientras el de Bastos iría fuertemente armado, el de Copas prefería pasar mas desapercibido. Ambos sabían que para hacerse leyendas deberían ir solos. Joselito iba a entrar por el Caribe Canalla, siete horas antes del partido. Iba a esperar que cerraran todas la cajas. Entonces, antes de que el arbitro adicionara uno o tres minutos, se iba a meter por la pileta, iba a atacar a los pocos policías que quedaran resguardando la recaudación e iba a entrar a la tesorería. Iba a ir disfrazado de hincha. La ametralladora envuelta en un trapo de Central. Estaba dispuesto a matar. Carlitos iba a llegar con la masa. Disfrazado de policía (antes que de Canalla cualquier cosa) iba a entrar a la cancha y filtrarse directamente a la pileta donde iba a dar cuarenta y cinco vueltas (una cada dos minutos de partido) antes de meterse a la tesorería cuando el arbitro adicionara uno o tres minutos. En el entretiempo pensaba descansar. Llevaría solo un arma reglamentaria que había robado meses atrás. Estaba dispuesto a matar.

El primer tiempo paso sin sobresaltos. Ambos se aferraban a su plan. Ambos estaban adentro. Ambos esperaban. El Partido estaba 0 a 0. Al empezar el segundo tiempo un sepultural y extraño silencio de ambas hinchadas permitió a los dos escuchar el silbato del arbitro. Ninguno de los dos lo tomó como un signo. Los dos se equivocaron.

A Carlitos lo descubrió un policía a los 17 del complemento cuando al preguntarle de que seccional era (solo para socializar), Carlitos se asustó y le disparó en una pierna. Su tensión se había generado por que creía que un hincha al que había visto pasar ya siete veces con una bandera era un 'chancho' de encubierto. Se sorprendió hasta el mismo, como si en realidad lo hubiera hecho otro. Casi salta a la pileta. Mas rodeándola casi entera, corrió con desesperación y se metio por una rampa al estacionamiento subterráneo. Los tiros de otros cuatro policías que cuidaban aun los molinetes lo siguieron, retumbando como hachazos en un bosque que recién termina de talarse.

A los 18 del mismo complemento Joselito se puso ansioso y quiso entrar a la tesorería. Los dos guardias que custodiaban la pileta ya no estaban y había algún problema con la barra porque se escuchaban tiros abajo de la bandeja. Su ansiosa desesperación de leyenda vio, equivocamente, una oportunidad. Cuando empujó la puerta con vehemencia y entró corriendo al pasillo que daba a la tesorería, cuatro policías lo miraron atónitos y uno (que lo reconoció) gritó que era el Rey de Bastos. Y desenfundó. Joselito se descolgó por la escalera que llevaba al estacionamiento subterráneo seguido de los tiros de los cuatro policías, retumbando como hachazos, en un bosque que recién termina de talarse.

El Rey de Bastos corrió desesperado y se escondió detrás de una traffic blanca rotulada de pinturerias Sol. Jamas presintió que acercabase el final. Se apoyó sentándose contra la goma delantera derecha y las tuercas engrasadas de la rueda le dejaron cuatro marcas redondas en la espalda, como si por allí fueran a atravesarlo cuatro balas que lo terminarían para siempre. No reparó en el hecho. Perdió la bandera en la corrida. Si reparó en el hecho. Y creyó haberla perdido en la escalera. Apuntó el arma hacia arriba con el codo en L y con la mano libre se tocó la pierna. Los dedos se le metieron solos en el agujero que los dos balazos le habían dejado. Gimió de dolor apretando los dientes. Miró el arma, suspiró y luego de suplicar un insulto en voz baja, dirigió los ojos hacia el suelo. Entonces lo vio acostado, de costado, frente a el, tatuado en el medio del pecho, inmovil, solitario, perfecto, inalcanzable, el Rey de Copas.

Carlitos corrió desesperado y rodó por la rampa. No pudo jamas, de nuevo, ponerse de pie. Se arrastró, gateo, y jadeo de dolor. Le habían metido dos balazos en la espalda. Mas no animose nunca a tocárselos. Jamas presintió que acercabase el final. Se apoyó sobre el codo izquierdo y, escondiéndose atrás de la rueda trasera derecha de una traffic, cambio el revolver de la derecha a la izquierda. Miró hacia arriba y suspiró un insulto en voz baja. Con dificultad mecanica, abrió el tambor y cuando le iba a meter la unica bala que le quedaba, ahora en la boca, por el espacio vacio del tambor abierto, lo vio de frente, inmóvil, perfecto, con la punta izquierda del rectángulo cóncava y una cruz debajo del 12, inalcanzable, el Rey de Bastos.

Fue un segundo el que tardó el Rey de Bastos en bajar el arma y apuntarla. Lo mismo lo que tardó el de Copas en meter la bala desde su boca en el tambor y dirigir el caño hacia el pecho de su nemesis. Hubo otro segundo en que el tiempo pareció detenerse. El segundo previo al final. Mas ninguno de los dos pudo disparar. Atraídos por el poder del otro Rey, ambos bajaron las armas y se miraron por primera vez, de frente. No hubo segundo final. Entonces, comprendiendo todo sin hablarse, sabiendo que no era aun el momento de dejar de existir, salieron los dos de atrás de la Traffic con las armas preparadas para disparar, listos para defenderse del ataque final. Cuenta la leyenda que culpa de un gol anotado en el descuento no pudo escucharse cuantos estruendos de bala ocurrieron en aquel estacionamiento. La crónica determino que ambos Reyes murieron y la autopsia no pudo nunca determinar de donde provino la bala que mato a cada uno. Lo que si se se supo, mucho tiempo después, fue  que la bala que mató al de Copas lo acertó sobre una extraña cruz que llevaba en la espalda, y que, la que acertó al de Basto, dio sobre otra cruz similar que extrañamente este, llevaba debajo de su propia imagen, tatuada en el pecho.

jueves, 5 de mayo de 2011

Miradas


Miradas

Sería todo un detalle
y todo un gesto, por tu parte,
que coincidiéramos, te dejaras convencer
y fueses como yo siempre te imagine
JM Serrat


Cuando él la miró, supo que el escepticismo debía acabarse, que finalmente la espera larga y silenciosa; y el permanente y difuso ruido de fondo iba por siempre a terminarse. Supo que cada uno de sus actos lo habían llevado a aquel punto. Se agradeció a si mismo por haber esperado, por haber estado pacientemente buscando.   

Cuando ella lo miró supo que todo lo que siempre había imaginado ocurriendo en un instante de magia había ocurrido en aquel instante de magia. Supo que, tal como sabia que ocurriría algún día sin que ella pudiera modificar el mas mínimo curso del destino, había ocurrido. Supo que la velocidad de su vida disminuiría. Se agradeció a si misma por haber esperado, por no haber estado buscando.  

Sentado en la tercer mesa de la izquierda hacia adentro, con las piernas estiradas saliendo del contorno frontal y los pies apoyados en la silla del lado opuesto, el pasaba sus tardes encorvado sobre la tabla, con un lápiz negro garabateando borrones y palabras y mas borrones y mas palabras en una libreta negra de tapa dura y elásticos para sellarla. El lápiz se movía con vehemencia y se detenía, como un eco que deja de sonar, repentinamente. Rotaba cientoochentagrados sobre sus dedos y, con la misma vehemencia con que había escrito, borraba. Jamás supo nadie exactamente que escribía porque cuidaba con meticuloso recelo que su codo izquierdo cubriera el blanco rayado de las hojas. Mas pude yo imaginar por donde transitaban sus soliloquios al entablar cortas conversaciones en las que me conducía a través de sus miedos y sus frustraciones, sus vacios y sus felicidades. Se llamaba Matías. Era un hombre normal. Normal como cualquier otro hombre que no es normal, sino que es distinto a todos los demás. En realidad, era en tal sentido tan normal, que era raro. La vez que cruzó la puerta del bar por decimo dia consecutivo aquel mes de Julio mande rápidamente una orden a la cocina y para cuando el hubo llegado a la mesa yo le estaba esperando con su caféconlechedosmedialunas, dulces. Creo que lo apreció. Creo que aquel gesto ayudó a nuestra posterior relación y a que me hiciera algunas confesiones, relajado. Un día de invierno del año anterior o siguiente (no recuerdo) a aquel año bisiesto, me contó una historia que decía querer escribir pero sobre la cual conocía no el origen ni el destino. Era la historia de un hombre que atormentado con no poder concebir un hijo escribía por las noches con lujo de detalles cada uno de los centímetros de su cuerpo. Cuando el hombre terminaba la descripción minuciosa del cuerpo y el alma del niño, satisfecho con su creación, atormentado con haber completado su propósito, frustrado por no poder darle vida, se suicidaba clavándose la pluma en la yugular. Le pregunte si había leído Frankestein. Ante su respuesta negativa supuse que la idea la había heredado de las Ruinas Circulares. 

Sentada en la última mesa de la derecha, contra la ventana, ella venia solo de forma esporádica. Generalmente los miércoles. Siempre se me aparecía como alguien vital más aun cansado, contradictorio. Sus conversaciones telefónicas nada tenían que ver con lo que leía. Leía Hamlet y hablaba de marcas de zapatos y carteras; leía a Camus y hablaba de nombres de bares y tragos y noches interminables en las que la borrachera la llevaba a hacer cosas que yo prefería no escuchar. Su pedido siempre cambiaba. Con ella no podría nunca haber hecho el truco atento de la orden lista al sentarse. Una tarde en que el bar estaba casi lleno y ella no había traído su teléfono (con el cual pasaba buena parte del tiempo que yo la veía), leía con pasión. Cuando apoye sigilosamente el jugo de naranja en su mesa, para no desconcentrarla, levantó el par de profundos ojos azules del libro y me dijo <<Gracias>>. A través del reflejo en aquel mar profundo, de la luminiscencia vidriosa entre sus parpados, note que fue un gracias lleno de contenido, silaba por silaba, letra por letra. Intentó buscar algo que identificara mi nombre en mi camisa blanca como si fuera un empleado de local de comida rápida, mas yo, que no llevaba ninguna identificación y que me había dado cuenta, le conteste <<Roberto, me llamo Roberto>>. Cuando termine la frase y di media vuelta, me sentí extrañado, como penetrado por alguien que me conocía desde hacia tanto tiempo más habiéndonos olvidado, trataba de reconstruirme de adelante hacia atrás: cambiando mis arrugas por mi otrora piel estirada, mis ojos cansados por mis antiguos ojos ilusos y mi voz grave por una más aguda y enérgica. Aquella tarde transcurrió a gran velocidad por lo ocupado que estaba el bar. Tuve a las dos viejitas de los martes aunque fuera miércoles, al doctor borracho de la vuelta, al charlatán del quiosco de diarios y a unas 20 o 30 personas que, transeúntes casuales, habían visto luz y entrado. Aquella tarde no estuvo Matías escribiendo en su libretita, lo recuerdo ahora con lucida vividez. Si lo hubiera recordado antes, el curso del universo hubiera cambiado.
 
El final de aquel miércoles de Diciembre en el que limpiaba yo el bar, me encontró exhausto. Mientras pasaba la escoba con desgano encontré en el suelo, lejos de cualquier mesa, un libro de tapas duras, tirado. Sé que equivoque el camino al no tratar de reconstruir la tarde, que, cansado, asumí en mi mente que el libro no podía ser de otro que de Matías. Lo puse debajo de la caja y me hice una nota a mi mismo en la que puse: Matías, devolver, HOY. Al día siguiente al bar no vino casi nadie. En el aburrimiento de la acompañada soledad de un bar casi vacío, pergenie la idea (que siempre me había perseguido) de que un hombre, sentado en una altísima oficina, lograba tomar todo lo que a la distancia veía a través de su ventana con la mano derecha. El hombre tomaba con su pulgar y su índice a los autos que lejanos circulaban y los re-direccionaba en sentido contrario. Luego levantaba dos edificios del mismo color que estaban separados el uno del otro y los situaba contiguos. Así, pasaba día tras día, todos sus días: re-arreglando la escena; agitando las aguas; re-acomodando arboles, plantas, personas, pedazos de desierto; soplando las nubes, moviendo al sol de posición. Cada día su mirada llegaba más lejos, cada vez influía más en la escena. Cuando un día, cansado de tanto hacer, el hombre se llamaba a descanso, todo lo que él veía (y no alcanzaba a ver) comenzaba a incendiarse. Entonces el hombre con in-humano terror se daba cuenta que era Dios. La presencia de Matías en su mesa habitual me trajo de nuevo a la realidad. Antes de preparar lo de siempre me acordé del libro y me preparé para llevárselo a la mesa. Lo tomó con las dos manos a la manera oriental y lo dio vuelta. <<In Cold Blood, Truman Capote>>, soltó como si yo fuera un ciego que no hubiera podido leer el titulo grande en letras negras sobre la portada gris y blanca. <<In cold Blood, Truman Capote>> repitió. E irritado por su obnubilación, me di vuelta y me fui a buscar la taza a la cocina. No sé porque, pero no se me ocurrió preguntarle si el libro era suyo. 

<<In cold Blood, Truman Capote>> repetí una vez más cuando Roberto ya se había marchado. Como has llegado a mis manos, susurre en voz baja, temeroso de que alguien mas me escuchara. Lo abri lentamente, con cautela. En las páginas de aquel libro encontré no solo el genio de Capote, sino cientos de palabras que eran ajenas a la versión original pero que adjetivizaban o sustantivaban a cada una de las grandes ideas de manera brillante y, me sorprendí. Así, leí la descripción que Capote hacia de un pensamiento de Perry y pendiendo de un hilo que surgía de un rombo que la circunscribía, simulando el carretel del hilo de un cometa fantástico, leí el adjetivo “atemorizante”. Supe que el comentario era de una mujer porque la letra era prolija y el hilo jamás atravesaba alguna palabra. Di vuelta paginas y paginas con avidez de mas. Los carreteles de hilos de cometas que englobaban ideas variaban desde la palabra “tormenta” hasta la palabra “dolor” pasando por “levitante”, “lucido”, “amargura”, “nubes”, “barcos” y “montañas”. Parecía como si ella, en humilde aparente posición de lectora, hubiera estado tratando de reconstruir, en una especie de ingeniería inversa, la idea de la cual había surgido cada párrafo. Está tratando de reescribir la enciclopedia definiendo según las descripciones de distintos autores, pensé. Y sin quererlo mojé la hoja con el agua que había rodado por mi mejilla. No supe si fue de bronca, admiración, envidia o todas ellas juntas. Devoré gran parte de la novela.enciclopedia con preocupante y obsesionada pasión en menos de siete horas. Cuando se hizo de noche y el bar estuvo por cerrar, pagué la cuenta y me senté en el cordón de la calle, bajo la amarilla luz de un farol intermitente, a terminarla. Las dos palabras que, garabateadas nerviosamente en tinta azul, acompañaban la ultima carilla de la fabulosa novela de Capote, me quebraron el alma. Empecé, entonces (o quizás mucho antes) a creer que aquella mujer que había leído, aquella mujer que las había escrito, era la que yo, durante tanto tiempo había estado creando.

En los días que siguieron la busque en el bar de forma infructuosa, como quien busca algo que en realidad no existe. Mi vida real se transformó lenta aunque súbitamente, como un automóvil que atraviesa la noche con las luces apagadas, en una sombra de sí misma. En cambio, mi pluma revivió como reviven los cerezos en primavera, los ríos de deshielo en otoño, los hogares a leña en invierno. Los sonidos de la nada en la que transcurrían mis días sin encontrarla, me iban revelando paso a paso las formas de sus manos, el blanco de sus ojos, el largo de sus pestañas. Tantas tardes la vi entrar en aquel café solo para descubrir que no era ella, que con cada frustración fui eliminando un rasgo que encontraba en las no-ella para así agregar su opuesto. Poco a poco mi otrora defectuosa pluma la iba encontrando. Ella, igualmente, seguía sin aparecer.

Una tarde del verano anterior en que yo le había reprochado dos veces que se pusiera nuevamente las ojotas, Matías garabateaba el papel desmemoriado, ajeno, como quien no quiere estar donde esta, pero sabe no tampoco adonde quiere estar. Los vientos calientes que penetraban la habitación cada vez que alguien entraba al bar hacían que todos los presentes lo mirásemos con ofuscamiento. Era como si cada ingreso de un nuevo cliente.comensal rompiera la armonía del lugar, cambiando su temperatura, su sonido, su equilibrio. Lo comparé mentalmente con la situaciones en que alguien, abrazándose a la mujer deseada, y susurrándole la más ardiente declaración de amor eterno al oído, es interrumpido por el bocinazo de algún celoso que no tiene quien lo espere en su casa, ni en la calle. Abstraído serví, vaya uno a saber cuántos, cafés y gaseosas, carlitos, medialunas. A través de la ventana vi el calor materializarse en forma de ondas que cortaban el aire como espectros flotando. Cuando algún extranjero me pidió un tostado desde La Cuatro me di vuelta y enfile hacia la cocina. Vi a través de la ventana circular a tres cuartos altura de la puerta, que en el fondo uno de los cocineros cabeceaba quedándose de pie dormido. Entonces, cuando apuraba el andar para no permitir que se repitiera aquella escena en que yo intentaba despertar infructuosamente al cocinero y los clientes se retiraban uno tras otro sin pagar, por encima de mi hombro izquierdo la vi a través del vidrio del medio de los tres en que se dividía la puerta de entrada. Pasó de largo. Mas cuando llegaba a la esquina próxima, se detuvo debajo de un farol apagado, se tocó la cabeza levemente (creo que dudó) y volvió. La pollera de jeans cortada le tapaba mínimamente un par de piernas que al invierno siguiente no había notado tan atractivas. El pelo largo y perfectamente planchado, recogido, la hacía mucho más joven que un otoño menos. Empujó la puerta  y, quedándome yo a mitad camino, entre la mesa y la puerta de la cocina, me resigne a que el cocinero se quedaría dormido. Hipnotizado por su repentina y jovial presencia, no fui el único que la vio entrar, no fui el único que le clavo los ojos y le atravesó el alma. Entró y se sentó en la última silla, de dentro a la derecha. 

Cuando volviendo del hipnotismo inicial, realmente la miré  desde mi silla de la cuarta mesa a la izquierda, otra vez ya sin ojotas, supe que el escepticismo iba pronto a acabarse; que finalmente la espera larga y silenciosa y el permanente y difuso ruido de fondo que sonaba en el trasfondo de mi mente iban, en algún tiempo, a terminarse. Supe que cada uno de mis actos me había llevado a aquel punto. Supe que, jugando a ser un Dios propio, había logrado escribir cada uno de los párrafos que antecedían a este momento. Supe, además, que seguiría determinando con mis actos presentes el curso de cada una de las consecuencias futuras. Me agradecí a si mismo haber esperado. Haber, por tanto tiempo, estado buscando. La rasgadura de sus ojos era perfecta, el tobogán de su nariz era majestuoso, la rítmica paciencia de su respiración agitada inflándole el pecho vestido meramente por una musculosa blanca era simplemente la adecuada. Sonreí de felicidad eterna, como si la sonrisa jamás fuera a borrarse de mi cara. Supe que escribía con esa sonrisa una nueva página del libro de la vida y corriendo la silla hacia atrás, con naturalidad, me puse de pie y comencé a caminar hacia ella. 

Cuando lo miré empujando la silla hacia atrás, supe que todo lo que siempre había imaginado ocurriendo en un instante de magia había ocurrido en aquel instante de magia. Supe que la velocidad de mi vida disminuiría; que la tranquilidad me invadiría el cuerpo y que, tal como sabia que ocurriría algún día sin que yo pudiera modificar el curso del destino, había ocurrido. Había ocurrido tal como debía ser; como alguien, con la pluma de lo genial e inexplicablemente creativo, algún día dibujaría. Su semblante era seguro y su sonrisa genuina. Sus brazos eran delgados pero fuertes. Su boca que no estaba cerrada (aunque tampoco abierta) permitiame ver el sensual contorno inferior de dos dientes cuadrados, blancos. Cada uno de los movimientos que usó para levantarse de aquella silla, con natural decisión, eran los adecuados. Me agradecí a mi misma haber esperado, no haber estado buscando. Empujé, yo también, mi silla levemente hacia atrás y entre medio de una sonrisa inevitable, le dejé ver los hoyuelos en mis mejillas apenassonrosadas. Entonces, como quien acepta el destino de su destino inmediato, agache entre risas sutiles, levemente la mirada. 

Al yo, a la distancia mirarlos mirarse, pude percibir la vibración en el aire que los separaba. Se me nubló la mente y recordé con providencial claridad que yo iba a ver, el próximo invierno, el preciso instante en que “In Cold Blood, de Truman Capote” se caía de su bolso al salir ella apurada con el teléfono en la mano. Me rei al darme cuenta que después del acto no lo recordaría y me convencí, entonces, que toda la vida era un mero acto de azar. Cada una de las letras en las páginas de libros que habían escrito él y otros, flotando por años y siglos y vidas que comenzaban y terminaban y volvían a comenzar hasta encontrar el elemento que habían descripto, eran un acto incontrolable. Cada uno de los momentos sublimes en que la perfección de la fantasía volvía perfecta la imperfecta realidad al encontrar lo descripto con su imagen, no eran sino a partir de un indescifrable acto fortuito que no siempre ocurria cuando debía ocurrir. 

 Lo miré dar ese primer paso y la miré sutilmente agachar la cabeza al tiempo que encogía sus hombros y cerraba los parpados de forma casi infantil. Pensé que había demasiada suerte (o mala suerte) en que antes de tiempo se hubieran encontrado. Supe yo, entonces, que el mismo signo determinaría que una tarde en el futuro, en este bar, a ella se le cayera el libro del bolso y que yo por equivocación se lo diera a él. Supe que él se asombraría con lo que leería en aquel libro comentado y la escribiría y describiría por años y años buscándola desesperadamente. Descifré, asi, con la fe ciega del que conoce la suerte del futuro (o el futuro de la suerte), que el se daría cuenta, solo cuando hubiera terminado su obra, que en el mismo bar, una tarde del anterior verano, se había puesto de pie para hacerla suya por siempre; mas que invadido por un inexplicable sentimiento de temor, había caminado junto a su mesa, eludiendo a su propia suerte y dejándola pasar con la estúpida y egocéntrica determinación del que se cree Dios de su destino. Entonces, preso de una decepción inconmensurable, fallaría en darle vida a su obra y, atormentado por la burla del tiempo y la fatalidad, clavando el lápiz negro en su yugular, sería él quien se suicidaría.

sábado, 23 de abril de 2011

Mora -English Version-



Mora

Mora:  (Spanish) fem. noun. 1. Fruit of the moral, of oval figure composed of fleshy, soft, sweet and sour bubbles of red-purple colour// 4. Woman name.
Roma:  (Spanish) fem. noun. 4. Capital of Italy.
Amor:  (Spanish) fem. Noun. 1.  A feeling of warm personal attachment or deep affection.// 4. a person toward whom love is felt.
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A thing of beauty is a joy forever:
its loveliness increases;
it will never pass into nothingness.
                                     John Keats

I had almost fallen asleep opposite to the Barcaccia fountain with a personal translation of “After Reading Dante's Episode of Paolo and Francesca, A Dream” in my hands when,  opening my eyes, I saw her for the first time. It was strange to note, firstly, the delicacy of her hands slicing the air with caution and symmetrical movements. Her smooth skin dressed her soft thin and elongated pair of hands, which, like trees in spring, were crowned with intense red fruits at the end of its flowering branches, nails neatly painted red at her fingertips.
A pair of green patches in the brown linen open jacket and the silky skin like morning in lakes, pure, unthinkably virginal when it becomes present every day, were the other two perfections that my eyes, still bothered by the glare, could not ignore. I was not unaware of the fact that there were no throngs of tourists disturbing me and interrupting my connection with the flows of water that fell from the sides and front of the fountain with rhythmic cadence. Her long legs in dark blue marched in front of the fountain by the opposite strda. When she reached the corner, caught by that perpetual need that every person has to feel the always elusive romance (as she confessed to me much later), she turned her head to the left and set her eyes at the famous steps. Not seeming to mind having to use thin-heeled shoes on the street of small irregular cobblestones. It was as she finished crossing the street and tried to restore sight to her usual front that our eyes met. The depth of her green eyes abducted men to a different dimension. I, as a mere mortal, mesmerized by the unknown, followed her, for a second, into the unknown, into the nook where the green turned black and the trap turned into magic. She, having noticed, having found me submerged into the depth of her eyes, walked around the fountain, and sat by my side.

A considerable time went by until she, taking the book gently from my hands, looked at it and said with care <<Keats is the personification of the perfect man, someone like him will never (again) exist>>.  When she had finished whispering her words, I knew that what I had seen in the background of those green eyes could be shared by us wherever we were, probably for ever. We talked of Keats and Mills, of the films of Godard and the brilliance of Walt Disney, of the dichotomy Bernini-Borromini; we talked of Arden, Dior, Gandhi, Lennon and Maradona, the Punic wars, AIDS, the Queen of England and of the origin of dulce de leche. When we failed to agree on how to interpret the Shylock character, we decided to walk. Shakespeare had set us on our way.

On this side of the Tevere (the Tiber for me)  she took me on a quite walk,  in which only silence, me, her and the mild roar of the river accompanied each other, always calm, always absent, but always tangible. She made me contemplate the pale Fabrizio bridge while, across the river, she kept shaking her hands trying to de-focalize me of the scripture in Latin, which, at first sight, I could never understand. In Via del Templo we run in the depth of the streets, as poachers, between the pastel coloured buildings which, slightly darkened by the effect of a hiding sun behind a passing cloud, transformed themselves into some kind of difused.yellow.ocher.polen objects, which could only be appreciated deeply by the blurring eyes of a blind man. We sat on minimal chairs in a small table in the street and had that wounded heart black dark coffee which can be found anywhere in the world, but only tastes in such way in the marrow of this Mediterranean country. It would be a mortal sin to try to reduce to a description in words the food that accompanied our stay. None of those ‘plates’ should bear a name. Calling them anything would mean, somehow, to destroy the perfection of its essence, with the imperfection of syllables put together. The time and the roads and the indescribably shocking palaces and churches and buildings and stairways passed under our noses with the unparalleled speed of the always remaining ephemeral.

At a given instant, we sat in front of the Palazzo Cisterna. Via Giulia, perhaps, or the very long walk, had left me breathless. As the perfect silence came to us again, someone appeared to ask us about the name of the Church by which we were sitting. I probably returned a confused look.  I never saw her face, but I am sure she gave me a complice wink before answering, in rusty English, that we spoke no Italian. The ride was marvelous.  The Farnasse Square, had, minutes before, gifted us a passing rain, artifice of wind and fountain, which had moved her to dance alla Audrey Hepburn in Funny Face. I have no memory of having opened the corners of my lips so wide to smile as I did at that time. Roma granted me happiness and I, as its guest of honor, with open arms, received it.

On the Via Fori Imperiali, as the afternoon started to fall, we walked towards the Coliseum. It never crossed my mind to ask her where she was going that morning before we met. My eyes had dived into hers and ever since then, nothing other than what we did together was, to me, of any importance. We stopped at a very high figure opposite the Vittorino and she tirelessly amused me with stories on Trajan, Hadrian, Caesar and Nero. I thought I was in love when she understood, with empathic tuning, my obsession with Cicero and his democratic precocity. While I was returning from that trip to the Rome of the emperors, I found myself accidentally (or not), sitting, watching a show of force, drums and fire, at the Coliseum. It was while hearing that fabulous display of art and sensing the penultimate effort of the sun filtering between the cracks of one of the hundreds of ancient giant arches that I finally felt there was no portion of my senses left to be flooded.  And abstracted from a reality that was so magic that it seemed not to be, I blinked for a stretched second, a stretched second during which I felt an indescribable calmness invading me from the chest to each of the portions of the rest of my mortal body.

When my blink was over and I opened my eyes, in a sharp but harmonic move of my tab, I could only perceive the smooth skin of a left hand posing over the totality of my shoulder.  The cherry red nails neatly crowned the long fingers. <<Signore siamo arrivato a Fiumicino dieci minuti fa >>, the charming voice said to me. I looked around and saw no one but me and her, on board of what looked like a plane that had already landed. There were no arenas, or drums, or sun. There was no Coliseum. Instead, a themed silence invaded the scene. She remained standing next to my seat and extended by one more second (which lasted forever) the most perfect smile of round teeth that I have ever seen or will ever see again. She bearly breath out, motionless, waiting, probably, for my reaction. A paralysis owned my body or, perhaps, also momentarily, my mind. In my astonished confusion, I barely noticed the plastic gold batch at the height of her left biceps on her chest. Mora it said.  I repeated with a happy, dim, passenger mumbling between my teeth: Mora . Of course, Mora. Through my memory, now materialized in her eyes that kept staring at mine, I saw a brick of the Coliseum or perhaps a drop of water falling sharply from the Trevi Fountain. And without saying another word, just smiling slightly, realizing that this place and this woman who, having been stuck in my chest for centuries that repeated cyclically during my trip, had stabbed me with a flooding of unreal happiness, I stood up and hurried my step. I left the aircraft and ran straight, without stopping, to Piazza Spagna, to wait. To simply wait, sitting on the edge of the fountain, with my hands on the ink of Keats and my eyes closed, that her, now in reality, now for the terrifying second (third or hundredth) time, came with her smooth hands and her perfect smile, to finally wake me up from this dream that does not belong to me and that for too many centuries of blurry existence I have been dreaming.

viernes, 15 de abril de 2011

Mora

Mora

"Lo hermoso es alegría para siempre:
su encanto se acrecienta y nunca vuelve a la nada,
nos guarda un silencioso refugio inexpugnable y 
un reposo lleno de alientos, sueños, apetitos"
J. Keats

Me habia yo quedado entredormido enfrente de la fuente de la barcaccia con una traducción personal de 'After Reading Dante's Episode of Paolo and Francesca, A Dream' en la mano cuando al abrir los ojos la vi por vez primera. Fue extraño notar antes que nada la delicadez de sus manos cortando el aire con movimientos cautelosos y simetricos. Su piel tersa vestía el par de manos finas y alargadas que, como árboles de primavera, se coronaban de rojos frutos intensamente florecientes en el extremo de sus ramas, uñas prolijamente pintadas.rojo en la punta de sus dedos.

Un par de parches verdes en el saco de hilo marrón abierto y una piel suave, como la mañana en los lagos, pura, impensablemente virgen cuando se hace presente cada día fueron las demas perfecciones que mis ojos, aun molestos por la resolana, no pudieron obviar. No me fue ajeno el hecho de que no hubiera una multitud de turistas molestos interrumpiendo mi conexión con los cantaros que fluian de los costados y el frente de la fuente con rítmica cadencia. Sus largas piernas de azul oscuro desfilaron por delante de la fuente por la strda del frente. Cuando llego a la esquina, presa de esa necesidad perpetua que todo ser tiene por el romanticismo inaprehensible (como luego me confesó), giró su cabeza hacia la izquierda y se fijó en los famosos escalones. No parecía molestarle el tener que usar zapatos de taco fino en la calle de pequeños adoquines irregulares. Fue cuando terminaba de cruzar la calle e intentaba devolver la vista a su frente habitual que nuestras miradas se encontraron. La profundidad de sus ojos verdes abducia a los hombres a otra dimensión. Yo, como mero mortal, hipnotizado por lo desconocido, la seguí, por un segundo, hasta el recoveco mas ignoto donde el verde se hacia negro y la trampa se convertía en magia. Ella, que se habia dado cuenta y me habia encontrado sumergido en sus ojos, rodeo la fuente y se sentó a mi lado.

Paso un tiempo considerable hasta que, quitandome el libro de las manos con gentileza, me dijo <<Keats es el paradigma del hombre perfecto, que jamás volverá a existir>>. Entonces supe que lo que habia visto en el trasfondo de aquellos ojos verdes podía ser por nosotros compartido en donde fuera que estuviesemos. Hablamos de Keats y Mills, del cine de Godard y de la brillantez de Walt Disney, de la dicotomia Bernini-Borromini, de Arden, Dior, Ghandi, Lennon y Maradona; de las guerras punicas, el Sida, la Reina de Inglaterra y el origen del dulce de leche. Cuando fallamos en ponernos de acuerdo en como interpetar a Shylock decidimos caminar. Shakespeare nos habia puesto en marcha.

A este lado del Tevere (el Tiber para mi) me llevo en una caminata silenciosa en la que solo ella yo y el rugir leve del río, nos acompañábamos el uno al otro, siempre callados, siempre como ausentes, mas siempre tangibles. Me hizo contemplar el pálido puente Fabrizio mientras ella al otro lado del río me sacudia las manos tratando de desfocalizarme de las escrituras en latin que jamás, a simple vista, podía yo entender. En vía del templo nos internamos furtivos entre los pintorescos edificios pastel que, oscurecidos por el efecto de un sol que, jugaba a las escondidas tras una nube pasajera, los transformaba en una especie de objetos difuso.amarillo.ocre.polen, que solo podían apreciar en profundidad los ojos de un ciego. Nos sentamos en las sillas de una pequeña mesa en la calle y tomamos ese café negro oscuro, corazón herido, que puede ser encontrado en cualquier lugar del mundo, pero que solo sabe así en la medula de este país mediterráneo. Seria un pecado mortal intentar reducir a una descripción en palabras la comida que acompaño aquella estancia. Creo, es mas, que ninguno de aquellos platos debería llevar un nombre. Llamarlos de alguna modo es desmerecer la perfección de su esencia, con la imperfeccion de los vocablos. El tiempo y las cuadras y los indescriptiblemente chocantes palacios e iglesias y edificios y escalinatas transcurrieron ante nuestras narices con la velocidad de lo efimeramente inigualable.

En un instante dado, nos sentamos a la par en la puerta del palazzo cisterna. La Vía Giulia, o quizás a larguisima caminata, me habian quitado el aire. Mientras el silencio perfecto nos acompañaba de nuevo, alguien se acerco a preguntar como se llamaba aquella Iglesia y yo lo mire, probablemente, con cara de confundido. Se que me dedicó una guiño cómplice, aunque su mirada jamás se encontró con mis ojos, antes de contestar, en un ingles rustico, que no hablábamos italiano. El paseo era conmovedor. La plaza Farnasse, nos habia regalado, minutos atras, una lluvia pasajera, artificio de viento y fuente, que la habia movido a bailar alla Audrey Hepburn en Funny Face. No recuerdo haber abierto tanto las comisuras de mis labios para sonreír como en aquel momento. La ciudad me regalaba la felicidad y yo, como su invitado de honor, con brazos abiertos, la recibia.

Por la Vía Foro Imperial nos dirigimos ya de tarde hacia el Coliseo. Jamás se me cruzo por la cabeza preguntarle adonde se dirigía aquella mañana antes de encontrarme. Mis ojos habian entrado en los suyos y desde entonces nada ajeno a lo que juntos hacíamos era relevante. Nos detuvimos ante una altísima figura frente al Vittorino y me hablo sin descanso sobre Trajano, Adriano, Cesar y Neron. Y crei amarla cuando comprendio, con empatica sintonia, mi obsesion por Ciceron y su precocidad democratica. Cuando retorne de aquel viaje a la Roma de los emperadores, encontreme casualmente (o no), sentado mirando un espectáculo de fuerza, tambores y fuego, en el Coliseo. Al escuchar aquella fabulosa puesta en escena mirando al penúltimo esfuerzo del sol flitarse entre las grietas de uno de los cientos de arcos de aquel coloso antiguo, me sentí completo. Creí que no quedaba porción algún de mis sentidos por ser inundada y, abstraido de una realidad que era tan mágica que no lo parecía, pestañe por un segundo mas largo que los demás sintiendo una calma indescriptible inunudarme desde el pecho hacia el resto del cuerpo.

Cuando abri los ojos, de una forma abrupta pero armónica solo pude percibir la piel tersa de una mano izquierda sobre la totalidad de mi hombro. Las uñas rojo fresa prolijamente coronando los dedos largos. <<Signore siamo arrivato a Fiumicino dieci minuti fa>>, me dijo con voz maternal. Miré a mi alrededor y no vi a nadie mas que a mi y a ella a bordo de lo que parecía un avión que habia sido ya desembarcado. No habian coliseos, ni tambores, ni sol poniente. En su lugar, un silencio ambientado invadio la escena. Ella se mantuvo parada junto a mi asiento prolongando por un segundo mas (que duro para siempre) la sonrisa mas perfecta de dientes redondos que jamás haya yo visto o haya de ver. Se mantuvo inmóvil, esperando, probablemente, que yo reaccionara. La parálisis se apropio de mi cuerpo o quizás momentáneamente, también, de mi mente. Creo haber alcanzado a percibir el plástico dorado a la altura de su bíceps izquierdo sobre el pecho. Mora. Decía. Repeti entre dientes un murmullo feliz, tenue, pasajero. Mora me dije a mi mismo. Claro, Mora. A través del recuerdo, ahora materializado, de sus ojos, pude ver un ladrillo del coliseo o quizás una gota de agua cayendo gravemente de Trevi. Y sin pronunciar palabra otra, solo sonriendo levemente, comprendiendo que este lugar y esta mujer que habiendo estado clavados en mi pecho durante cientos de años se habian repetido ciclicamente durante aquel viaje y me habian inundando de una felicidad irreal, me puse de pie y apuré el paso. Salí de la aeronave y corrí directo, sin jamás detenerme, con desesperación, hacia Plaza Spagna. Allí iba a esperar, sentado, al borde de la fuente, con las manos sobre la tinta de algún romántico y los ojos cerrados, a que ella, ahora en la realidad, ahora por aterradora segunda vez, ahora para siempre, viniera, con sus manos tersas y su sonrisa cómplice, de este sueño ajeno que por siglos he estado soñando, finalmente a despertarme.

lunes, 11 de abril de 2011

El Hombre y el Faro

El Hombre y el Faro

"El mar es dulce y hermoso, pero puede ser cruel"                                                      E.Hemingway

En la primer noche de aquel naufragio en el que habia incurrido no por voluntad propia sino porque el destino realmente así lo había predeteminado, me encontré sumido en la profundidad de un mar oscuro y silencioso, perpetuo. La lentitud de las horas sumisas y detenidas golpeaban mis pensamientos como olas cercanas que desplegaban su amansada furia contra mi nave, enajenando mi suerte. El tiempo lento determinó que mi mirada se hiciera pesada y que mis ojos se cerraran con una frecuencia menos lenta pero mas prolongada que la normal ante la aparición de una nada que se extendia mas allá de lo visible. Inmerso en aquel letargo inaudito, naufrague por horas pensando solo en el blanco que había invadido mi mente frente al negro que había invadido mis ojos. El tiempo (medida absurda que transcurre a la velocidad de nuestras mentes y que pronto habría de desaparecer) le daba la razón a tantos pensamientos que me habían inundado en tantas ocasiones previas; el agua imperceptible que inundaba mi barca y mis ideas, lenta y sigilosa pero punzante y destructiva, esa asesina perfecta de las cerebros sin recuerdos, tomaba su lugar de a poco para ir desplazandome del mio.

Los lados de mi barco y mi cuerpo, entumecidos por la infantil intermitencia de una marea furiosa, se balanceaban de un lado a otro, añadiendo, junto con la noble caña que fluía de la vieja petaca, a una tremenda sensación de nauseabunda ausencia. Pasaron sobre el plato de mi cabeza cientos de imperceptibles estrellas cubiertas por los gases de espesas nubes que no dibujaban mas que una mancha extendida, una capota cerrada. La ausencia aumentó a medida que aumentó la cantidad de caña en mi sangre. Todo tomaba un matiz mas negro de lo negro a medida que mi nave avanzaba (o quizás retrocedía) por la inconmensurabilidad de las mareas. Entonces, cuando creía que nada podía despertarme de aquel profundo letargo, vi, a lo lejos, lo que parecía ser un faro. Apagados sus ojos, creí percibir su imponente figura lejana. Sus formas eran poco ambiciosas. Recto miraba erguido desde la soledad de sus ojos a la enormidad que lo rodeaba, buscando inundarlo. Siempre había tenido una gran debilidad por los faros, que al igual que el hombre (que les habla), se mantenían, de pie, solitarios, desde la autosuficiencia de una fortaleza que ladrillo tras ladrillo y tormenta tras tormenta habían, por si mismos, edificado. Faros.hombres capaces de soportar el frío y el calor, el viento, las olas, las tormentas, la sal, los ataques, las tempestades, las noches, los días, el tiempo, el ruido y el silencio, los placeres y los deberes de ser una guía, el protagonismo, el agravio, las moscas, los pájaros, los humanos y por sobre todo lo demás, a si mismos. Miré nuevamente y creí divisar su silueta cuasi-forme, con mayor claridad. Debe ser gris y de roca solida, con un reflector potente y aproximadamente unos setecientos cuarenta y dos escalones, pensé, atrapando mis pensamientos en la red de mis fantasias, mientras empujaba otro trago de Ron por mi áspera garganta. Decidí, sin embargo, ignorarlo. Nada podria sacarme de la soledad de la noche que había inundado aquel mar de decepcion. Nada, ni siquiera aquel faro, ni siquiera este Ron. Apoyé la cabeza sobre mi propio hombro derecho, y, dejando que el mismo blanco de antes se hiciera dueño de mis actos, me quedé dormido.

A la mañana siguiente, desperté sobre la cubierta. El sol, que sigilosamente resquebrajaba las maderas de mi barco con minuciosa paciencia, partía lentamente tambien, la piel de mis pómulos. Las evidencias del Ron de la noche anterior circulaban en forma de puntadas desde la parte parietal de mi cabeza a la altura de la sien hasta el punto donde el cerebelo se me insertaba en la nuca. Me detuve de rodar fuera de borda tomandomé de una de las barandas de la cubierta cuando una ola sacudio la proa con violencia. La violencia que deberia tener el segundo sonido del despertador cuando nos hemos dormido ante su primer sacudón, pensé. Lentamente tomé la decisión de incorporarme. Mas mi cuerpo no respondía aun a mi mente. Cuando logré coordinar las acciones de mi ser, me apoyé sobre mi codo derecho y lentamente fui despegando el cuerpo del blanco e incinerante deck-coating blanco con el que había completado la pintura de la cubierta algunos días antes de partir. Con suavidad necesite despegarme. Mi dorso se encontraba a cuarenta y cinco grados y ambos codos mios apoyados sobre el mismo lugar donde minutos antes estaba mi espalda, cuando mis ojos entreabiertos divisaron a lo lejos, nuevamente, el faro. Efectivamente era gris, efectivamente de roca solida, efectivamente erguido, imponente, a lo lejos. No podía saber, aun, si tenia 742 escalones, mas ya lo averiguaría, o eso creia. Aquel dia navegué con entusiasmo, creyendo que, si utilizaba eficientemente toda la fuerza de mi averiada vela menor (la única que me quedaba) podría alcanzar a mi guia en menos de 3 días. Navegué mas, hacia la tarde, con la furia de una marea de tormenta, corriendo a traves de la cubierta a velocidades inauditas. Fatigué mis piernas y mis brazos y llené mis manos de cayos sangrantes por tirar con fervor, una y otra vez, de las pesadas cuerdas. Mas al caer el sol tuve la extraña sensación de que ni un metro me habia acercado. Entonces, como la noche anterior, cai en manos de mi único compañero de viaje y me abrace, sin mas remedio, a la botella de Ron.

El aire transcurrió por mi frente y en todas las direcciones infló la espina dorsal averiada de mi vela menor, siempre intentando apuntar hacia aquel imponente mas (aun) lejano faro. Fueron 237 las noches que conté haber perseguido aquella estructura de piedras. 237 crepusculos y amaneceres, desayunos, almuerzos y cenas (algunos de ellos, en realidad, inexistentes) antes del día 238. El día en que mis fuerzas se rindieron y cerré los ojos. Recuerdo, famelico, haber entrado en un estado de trance. Primero deje de reconocer las horas del día. El sol de la 6 de la mañana me parecía igual al de las dos de la tarde y la brisa del mediodia igual a la del crepusculo. Luego, preso de una ceguera gradual, que paulatinamente cerro las cortinas de mi ventana al mundo, dejé de reconocer el día de la noche. Todo oscilaba entre lo amarillo y lo ocre, y la luna, que en mi alucinacion parecia siempre redonda, siempre llena, no podia distinguirse del sol. Carezco de noción de cuanto tiempo transcurrio hasta que finalmente, una noche (o un dia) soñé.
No tengo la menor idea, tampoco, que fue lo que soñé. Si me viera obligado a contestar algo diria que soñé con un puente y una bicicleta y un río y una mujer. Pero bien sabría yo que esa es la reproducción de un sueño que a-temporalmente soñé en miles de vidas anteriores a la de perder la nocion del tiempo. Lo que si sé sobre aquella vez que soñé, es que fue el ultimo de los actos inconscientes que transcurrieron en mi mente, antes de caer al agua.

El agua a la que caí debe de haber estado bastante salada porque se haber flotado mas de lo que el aire en mi cuerpo hubiera permitido. Los primeros instantes permanecí en mi estado de trance. Mas luego, con acostumbrada crueldad, el universo decidió regalarme unos últimos trazos de lucidez. Jamas intenté resistirme. Moví los brazos y me observé las manos. Filtrado por un turquesa profundo todo había recobrado su color de origen. Mis ojos redondos marrón abiertos hicieron contacto con el agua y jamas parpadearon. Floté, lucido pero en transito, floté. Detenido en el tiempo que desde hacia ya tanto tiempo no existía mas, floté. Y dejé que la flaccidez de mis músculos bajo el agua me guiaran hacia donde debía ir. Cuando la ultima gota de oxigeno hubose agotado en mis pulmones, mi cuerpo, como una sinfonía que comienza a terminarse, comenzó a cesar sus movimientos de manera suave, continua y armónica, hasta detenerse. Hasta posarse indefinidamente en el punto exacto en que el grandilocuente y perpetuo faro apareciose frente a mi, una vez mas. Entonces, mientras mi cuerpo tocaba el fondo del mar, la verdadera corteza de la tierra, comprendí que física e inmaterialmente, en algún momento, volvería yo a flotar. La cuasiformidad de aquel faro comenzó a tomar el color de las manos que acababa de ver y sus ladrillos a convertirse en mi propia piel. Vislumbre, así, con la claridad del agua que me rodeaba, que durante toda mi existencia había estado buscando el faro incorrecto, en el lugar erróneo. Sin dificultad logré aceptar que el faro no estaba mas allá de la punta de mi nave, que no era ningún punto material del universo en el que había estando buscado. El faro estaba aquí adentro. Clavado en la medula de mi pecho. Y ahora, cuando el faro material, irremediablemente cesaba de latir, entendía que lo que había perseguido por noches y dias y vidas sin sentido, no era otra cosa, que una precaria sombra mundana que en forma de corazón, durante 31 o 112 o 1001 años, había estado reflejando a la perfecta idea de mi ser, el mas puro concepto de mi mismo. Cerré, entonces, los ojos,y, con la felicidad de estar por encontrarme a mi mismo, miré hacia arriba y subí el primero de los 742 escalones.