miércoles, 6 de julio de 2011

Lujan

Lujan

 “A quien nunca fue mi hermano, a quien siempre lo será”

Sentado sobre los escalones de la escuela pública Perito Francisco Moreno me he quedado con un semblante diferente , obnubilado, fuera de mi.

Esta mañana nos ha buscado Don Armando. Como todas las mañanas el Scania Rojo y Gris del año 65 ha llegado puntual y el gordo ha abierto sus puertas con una sonrisa entre forzada y natural.  Llegando tarde, con temor a que me dejen, he corrido a toda velocidad con la mochila más grande que yo golpeándome la espalda a cada paso. En mi torpe y desesperada carrera me he caído en la in-famosa bajadita, la misma donde tiempo después perderé mi primer carrera de bicicletas al (también) caerme justito antes de llegar; antes de cruzar la línea de llegada y ‘entrar’ victorioso al barrio de 5 casas idénticas.

Gracias a Dios (o a la experiencia de mi madre) esta mañana mis pantalones de gimnasia azules; sin tres rayas, llevan parches en las rodillas. Los parches han ayudado, no solo a que el pantalón no se rompa sino, además, a que mis rodillas no lleven, aun, otra frutilla. Lo que si se ha roto, en miles de pedazos, son las Manon que llevo en la mochila. Sin saberlo en ese momento, he perdido mi comida de recreo; sin saberlo, entonces, tendremos que compartir la tuya: gloriosas obleas ‘champagne.’ La lata de bolitas, con el bolón de acero, por suerte esta mañana la has cargado vos. Si supiera que, días mas tarde, la vamos a perder, te robaría el bolon y me lo guardaría en el bolsillo. Lo haría por el bien del todo. Mi tardanza se ha debido ha que me he quedado intentando peinar mi pelo rebelde con gomina, como nos ha enseñado tu viejo, para atrás. No fue solo mi pelo motoso lo que me demoro sino una humedad inusitada que ha despertado a las imponentes montañas que nos rodeaban con silencio de viento ausente. Esta mañana rara amenaza con lluvia.

Sentado sobre los escalones de la escuela me he quedado con un semblante diferente. Esta tarde, habiendo dejado que Don Armando nos deje en el viaje de vuelta, sentado en estos escalones, he visto, a través de las gotas que pueblan el ambiente desapareciendo una tras otra con cadencia veloz, el reflejo de dos hombres; la sombra de su sombra proyectada en el papiro apenas hoy escrito de mi memoria futura: mi imaginación.  Uno de los hombres va en un avión, que nunca es el mismo. La escena cambia, los acompañantes del hombre cambian, a través de la ventana se ven diferentes ciudades. Pasa el Kremlin y la Estatua de la Libertad, La muralla China y Angkor Wat, La opera de Sydney y Hagia Sophia; pasan hombres con sombreros de pana, playas, montañas, edificios imponentes y mujeres de muchas nacionalidades hablando idiomas de amor incomprensibles, mostrando gestos que no reflejan en su alma. El hombre está en una búsqueda desesperada, a lo largo y lo ancho del globo. Más no sabe que busca y por eso, con inusitada vehemencia, a través de noches blancas y días negros, con obsesiva persistencia, lo persigue. El hombre ve a otro hombre, mucho más sereno que el y mas enardecido a la vez, parece la parte opuesta de su  mismo ser, la otra cara de una moneda que habiendo sida acuñada en el mismo lugar, se escindió de si y circula en una nación diferente. Es un hombre más arraigado, mas familiar, mas centrado. Va sentado en un colectivo, que es siempre el mismo. La escena cambia y los acompañantes del ‘hombre.otro’ son siempre los mismos aunque cambian, se modifican, se mejoran y envejecen. A través de la ventana pasan escenarios diferentes. La ciudad (que es siempre la misma) se transforma de manera armónicamente dinámica. Pasa una plaza y luego otra, los imponentes Andes, ríos, lagos y zanjones, veredas anchas de adoquines rojos y señoras pasando el lampazo con kerosén. Pasan mujeres hablando idiomas de amor comprensibles, mostrando gestos que no se reflejan en el alma de este otro hombre.  Esta, el también, en una búsqueda desesperada. A lo largo y a lo ancho de ‘su’ globo. Más no sabe que busca y por eso, con inusitada vehemencia, a través de noches negras y días blancos,  con obsesiva persistencia, lo persigue.

El hombre del avión ve una tormenta cayendo sobre la ciudad del hombre del colectivo, y a través de sus gotas ve un lugar mágico que esconde una melodía que no se puede escuchar pero que los ojos correctos pueden ver. El lugar mágico guarda un secreto en cada estación del año. Cada invierno sus niños salen a buscar víboras en la tierra prohibida de detrás de tres de las cinco casas, donde residen los mounstros mas enormes y donde juran haber visto Boas constrictor y serpientes de coral devorar leones y levantarse ante a humanos a los que han perdonado por ser parte de la magia del lugar. Allí los altísimos pastos de 30 centímetros ofician de jungla exuberante y  los niños cargan machetes inconmensurables (cuchillos de cocina que han robado cada uno a sus madres) para atravesar los peligrosos pantanos. En otoño, los Álamos, de pie a los costados de las calles de pozos sobre el asfalto pedregoso y color brea, escoltas  reales de los paseos en bicicletas de cross-Rolls Royce-imperiales, les regalan a los niños, con desinteresada generosidad, cientos de miles de hojas dispuestas a oficiar de colchoneta inflable para que se arrojen a toda velocidad desde sus bicicletas. Y a los niños no les importa que luego vayan a oler a hollín, ni que sus caras vayan a llenarse de ese polvillo que las hojas exhalan. Luego del invierno, y en cada primavera, el barrio de YPF, el recóndito lugar que existe mas allá del lugar mágico, pasando la bajadita y del otro lado de la ruta, se convierte en Beverly Hills. Es un barrio coqueto de ‘otras’ casas que tienen entradas majestuosas y calles particulares. Casas que tienen la osadía de no ser todas iguales; que atrévense a ser diferentes las unas de las otras. Palacios, donde vive gente rica que pasa el verano en algún lugar de playa que no es Chile y cuya gente a los niños del lugar mágico no les interesa por no ser parte de su mágico mundo. Cuando finalmente llega el verano, la mas agradable de todas las estaciones del lugar magico, el pasto florece y los caballos atienden a presenciar contiendas, que se juegan en el estadio del lugar mágico, ‘la canchita del medio’. Es la época de los mundialitos de futbol, que al modo de los torneos de tenis más importantes, solo se pausan por falta de luz. Y continúan al siguiente día. Veranos en los que además se pelean guerras extremadamente beligerantes con estrategia y rango de oficiales, con piedras.armas y una e(m)planadita, que nadie sabe para que ha sido puesta sino para obrar como campo de batalla de las contiendas entre ejércitos de niños. Batallas que se suspenden, al igual que futbol, solo por falta de luz, y que continúan (si no hay mundialito de futbol), al día siguiente. La desaparición del verano, a veces trae una primavera y otras veces otro invierno que cuando llega pone a los niños que ya no buscan víboras, a esperar. Esperan a que llegue el día en que la magia se acuerde de ellos y les regale el más preciado de los bienes que jamás podrá existir: blanca y fría nieve. Los niños roban zanahorias y salen con su único gorro de lana en la mano dispuestos a donarle sus bienes a un muñeco de nieve que a la mañana siguiente ya no estará allí pero cuya presencia permanecerá en el recuerdo hasta que el sol de nuevo asome y la primavera que subsigue traiga mas escapadas en bici a Beverly Hills.  Y cada día, de cada estación, hay un perro guardián de la magia que, aunque ellos no lo sepan, es el encargado de que cada jornada guarde una pizca de encanto, un hechizo implicito, en cada una de sus horas.  Y hay madres también en el lugar magico, madres que a los niños cuidan y alimentan y obligan a hacer la tarea, recordándoles que por mas mágico que sea, aquel lugar existe en un mundo de veras. 

Una azafata trae en si de repente al hombre del avión que se ha quedado atónito y no le contesta. No puede creer lo que ha visto, a sus 50 años, ha visto un lugar mágico y a niños cargados de felicidad. No entiende el significado y mirando de nuevo la lluvia por la ventana intenta sumergirse nuevamente en el sueno. Esta, aun, fuera de si.

Sentado sobre los escalones de la escuela me he quedado obnubilado y veo al hombre del avión esfumarse a través de las gotas que pueblan el ambiente desapareciendo una tras otra con cadencia veloz, al paso que vos, bajando la escalera a toda velocidad, me gritas que nos juguemos un  arco a arco a dos toques con una pelota de medias. Las celadoras se han ido y mientras esperamos que nos vengan a buscar. es nuestra oportunidad de hacer una travesura bajo la torrencial lluvia que no es para nosotros tan común.  Siento que el lugar de las gotas del hombre del avión esta cerca. Sacándome el guardapolvo, me sumerjo abajo de la tormenta. Un estadio repleto de hinchas enloquecidos cantando bajo el agua me recibe destrozándose no menos las palmas que las gargantas y entrándole con toda la fuerza de mis zapatillas blancas a las medias que ofician de pelota, la hundo en lo más alto del cielo ennegrecido por las nubes para comenzar el partido. Entonces, cuando se apacigua la  ovación de la  hinchada imaginaria y la ‘pelota’ vuelve al suelo, antes de que se empiece a dirimir otra final del mundo, veo un último repentino flash del mismo hombre en el avión, sentado, atónito, mirando su propia tormenta.

Cuando por la ventana del hombre que a mis ocho años estoy viendo a través de esta tormenta, pasa un estadio remoto y un pequeño jugador revienta una pelota en el aire, el hombre siente una profunda nostalgia. Ya es viejo y ha buscado por todo el universo la respuesta a su infructuosa búsqueda. No ha encontrado, cree, porque ha estado buscando la respuesta en los ojos de alguna mujer que ha fallado en encontrar. Asi, a través de la nostalgia, de la pelota volando por el aire y la mujer inexistente, se da cuenta que lo que está viendo en aquellas gotas no es más que su imaginación pasada: su imborrable memoria. Y encuentra, con felicidad, en su recuerdo, la ubicación espacio temporal del lugar mágico. Y se olvida de la mujer.  Cerrando los ojos, se ve gambetear charcos con una pelota de trapo y descubre en la escena al hombre del colectivo en forma de nino, rival, amigo, hermano, contrincante. Caen gotas que siente lo mojan dentro del avión. Se le acelera levemente el cansado corazón y descubre que él y el hombre del colectivo han estado buscando lo mismo. Han estado buscando lo mismo y tiene, efectivamente, ahora se da cuenta, nombre de mujer. De mujer que empieza con las dos letras con las que el siempre creyó que iba a comenzar.  Mas, entiende, con esfuerzo supremo, que el objeto de su obsesión, no es efectivamente una mujer aunque lleve su nombre. 

Sentado en un avión que lo conduce a algún lugar irrelevante, a través de una gota de agua cualquiera, el hombre del avión se ve de niño viéndose sentado en aquel avión mucho tiempo más tarde. Y al ver por la ventana el recuerdo de su propia imagen reflejada en su imaginación, recuerda que el faro en los dos polos de su camino se llama Lujan. Es aquel lugar  mágico que acaba de rememorar y donde el mundo de su infancia le ha mostrado (a el y a quien gambetea bajo la lluvia) que es en la simpleza de la vida donde habita el motor de toda búsqueda. Asi, baja la ventana y deja que el niño siga su partido. Sabe ahora que, es en las pelotas de trapo, las bicis de cross, las boas imaginarias, las finales del mundo que se suspendían por falta de luz y las hojas de otoño regaladas, donde yace la más extrema e inconmensurablemente perfecta felicidad que tanto ha estado buscando. Una felicidad  a la que cada día, retornando a través de los caminos de la memoria, nostalgia del recuerdo imborrable, él y su hermano del alma pueden volver, yéndose con la mente a ese tiempo fabuloso que fueron sus días en un lugar mágico, que ahora termina de rememorar y que se llamo y se llamara siempre: Lujan.

domingo, 19 de junio de 2011

Juan Segundo Dos Vidas

Juan Segundo Dos Vidas

“Einmal ist Keinmal”

Eran las 5:55 cuando sonó la alarma y la apagó. Eran las 5:56 cuando sonó la alarma, y de nuevo la apago. A las 5:55:30 se levanto y a las 5:56:30, por segunda vez, también, se levanto. Cuando hubo puesto el pie derecho en el piso por segunda ocasión aquella mañana se dirigió al baño y entre la oscuridad de un sol que, apenas despuntando, se filtraba por los espacios no ocupados de las cortinas de blanco lienzo, levanto la tabla y orino. Salió del baño y sin recorrer más de un pie de la habitación volvió a entrar y luego de levantar la tabla que acababa de bajar, un poco más, orinó. Media hora más tarde, ya cambiado y aseado por partida doble, estaba listo para salir de su casa. Miró a su mujer aun durmiendo con respiración agitada. Sintió que no podía abandonarla, que quizás aquel día debería no acudir al trabajo, que podía ocurrir que la respiración agitada le presagiara un mal día, que probablemente ella lo necesitara allí a su lado. Sintió necesidad de romper con su rutina, con su sistema, de volver a la cama y abrazarla, de retornar a ella y volverse leve. De disfrutar.  El latido de su yugular fue ahora el agitado. Sintió que el aire espeso de la habitación de puertas cerradas (su mujer tenía fobia de dormir con la puerta abierta) le quitaba la capacidad de pensar con claridad. Antes de irse, con los mismos ojos que la había mirado instantes atrás, le volvió a mirar y experimento deseo otra vez de quedarse. Cuando la sensación de que la habitación cerrada no  permitiale pensar comenzó a invadirlo  giró bruscamente y se dirigió la puerta de calle. Abrió, cerró, abrió, cerró y vio el resplandor de un sol sofocante invadirle los poros de la cara y la medula de las retinas. Se tapo el rostro (incluido los ojos) y al correr las manos, volvió a experimentar la sensación de que aquel radiante sol de lunes porteño, le invadía los poros y la retina.  Comenzó entonces una vez más el tedioso camino.

Su forma de andar por las calles parecía a algunos, graciosa. A otros les irritaba. Algo sabía bien el. Era la forma necesaria de andar, si quería darle peso a su vida. Creía que nadie sabía de ella en su oficina ya que a su escritorio no habíale visto nadie jamás llegar,  y de allí no lo habían visto nunca retirarse. Nunca escucho a nadie burlarse porque desde los 27 años padecía de sordera selectiva.  Había elegido la tarea mas adecuada para su propósito a la edad de 24, estampillador de la dirección nacional del automotor. Dos estampillas idénticas por cada legajo. En la calle, por cada dos pasos que Juan daba hacia adelante recorría uno hacia atrás. Los lunes, martes y miércoles la secuencia comenzaba después de dar el primer paso y retroceder uno igual. Los jueves, viernes y sábados daba dos y entonces comenzaba a retroceder.  En contra de lo que muchos pensaban, el mecanismo no le costaba concentración alguna. En el barrio se comentaba que por el grado de concentración que aquel andar requería era que jamás levantaba la vista del piso y que usaba aquellos auriculares en los oídos. Las conjeturas sobre lo que escuchaba eran variopintas. Un grupo de mujeres que se juntaba a tomar el te a las 6 y media en la confitería del Siglo afirmaban haber escuchado una voz satánica transpirar de los auriculares. Otros decían que escuchaba simplemente las noticias de la mañana, otros que era irrelevante pues padecía de sordera. Juan solo escuchaba la cíclica repetición de la novena de Bach de dos aparatos diferentes. Uno en cada oído. El resto de lo que los mortales decía, era todo era una patraña.

La mañana de aquel lunes casi llegando a la esquina de Avellaneda y Alsina creyó escuchar que le gritaban, mas decidió ignorar cualquier potencial cambio a su rutina que pudiera modificar el curso del tiempo. 

Cuarenta y siete años antes, sentado en el colectivo de la entonces línea C habia abandonado los dibujos del libro de tapas duras del gato con botas que llevaba en sus manos y leído mirando hacia la izquierda y en diagonal hacia abajo con dificultad: “el mundo, es un círculo que ya se ha repetido una infinidad de veces y que se seguirá repitiendo in infinitum”. El libro de aquel hombre de pelo canoso y manos cansadas que se había sentado a su lado después de la primer parada, temblaba por las imperfecciones del asfalto mas también por la imprecisión de su propio pulso. Cada tanto el hombre limpiaba la garganta y el pequeño Juan creía haber sido descubierto en su intromisión. Entonces, cambiaba la dirección de su mirada súbitamente hacia la ventana. Vio la zapatería Lena, a una mujer rubia caminando con una niña de vestido blanco  de la mano y la puerta de la escuela pasar delante de sus ojos. Ante todos pestaño rápidamente para encontrarlos (casi) en la misma situación y el mismo lugar. Cuando volvió a posar, por última vez, la mirada sobre el libro del hombre alcanzó a leer: “todo vuelve y retorna eternamente, cosa a la que nadie escapa!”. Apretó suavemente los labios y adelantando el inferior por sobre el superior sintió que bajabasele la (aun no incipiente) nuez y se le estiraba la piel del cuello. Con brillante capacidad para un niño de su edad se pregunto si así se sentirían los hombres de África. La mañana anterior su maestra les había mostrado una foto de aquellos hombres del color del café de su madre y a el le había impresionado la forma de sus labios.  Cuando retorno del continente origen (adonde su mente se iría tantas veces a lo largo de los años) se encontró mirando al vacio. Levanto entonces la vista y vio que el hombre de cabellos del color de la leche de su madre había cerrado el libro y lo miraba como desde arriba de un pedestal. Luego de limpiar la garganta, el hombre leche, con compasión le dijo <<Recuerda, Juan, esto no es cierto o quizás si, pero en cualquier caso, Parmenides estaba equivocado: el peso no es negativo>>. No supo como sabia su nombre más supo que su vida jamás volvería a ser la misma. Tenía 7 años, iba camino a la escuela y no sabía ya cual era la hora ni en qué calle se encontraba. No pensó ni quiso averiguar a quien pertenecía la frase ni quién era el hombre calvo. Cuando volvió del asombro se dio cuenta que se había pasado dos paradas.

Desde aquella mañana de lento invierno bonaerense en la que la luz había desaparecido al subir el a aquel colectivo, supo que debía vivir cada instante la mayor cantidad de veces posible. Fue así que la siguiente mañana fue y volvió 4 veces en el mismo interno de la línea 96 antes de bajarse en la escuela. Llego 3 horas y cuarenta y seis minutos tarde. Catorce minutos antes de la salida. Con el tiempo fue puliendo la idea, minimizando sus acciones a las ínfimas necesarias. Logro así tener que repetir la menor cantidad de cosas posibles.  Aprendió a los 11 que la repetición de todos los actos requeriría de un tiempo infinito y cíclico. El crepúsculo y el amanecer le dictaban la linealidad pero él no estaba dispuesto a rendirse. Quiso avocarse a la lectura de Borges más cuando lo leyó hablando de un rio que no ocurria dos veces, supo que era otro Parmenides, y lo abandono. A los 13, luego de haberse levantado durante 2 años a las 4 de la mañana para caminar ida y vuelta hasta su nueva escuela (a tan solo 25 cuadras de su casa) desarrollo el método de caminar que perfeccionaría a los 16 y que ulteriormente le llevaría a la muerte mas de cuarenta mas tarde.  Por aquel entonces separaba ya la comida en dos mitades (dos veces) y había aprendido a utilizar siempre dos cucharas, dos cuchillos o dos tenedores según el plato del día requiriese. Los movimientos eran armónicos y sincronizados, uno tras el otro, siempre a la misma distancia. Al principio sus padres creían que era un juego. Cuando quisieron remediarlo (creyendo que Juan actuaba de manera patológica) estaba ya tan entregado a sus sistemas que fue imposible convencerlo de nada.  Conoció a su mujer en dos ocasiones seguidas y le dijo dos veces el mismo piropo. Ella lo encontró romántico hasta el día que le propuso matrimonio repitiéndole el mismo verso de Neruda hasta que ella dijo que sí. Solo una respuesta podría haberlo detenido. Aquel día, obnubilado por el i-raciocinio de su corazón vencido ante la belleza de su mujer, creyó que podría detener el tiempo en aquel momento si tan solo repetía el mismo verso hasta el infinito. Cuando ella respondió sintió una especie de alivio.frustracion que lo conmovieron hasta las lágrimas. Dos: idénticas y consecutivas. Rodando por la misma mejilla. A los 21 descubrió que debía alejarse de la mayor cantidad de hechos fortuitos posibles si quería lograr la perfecta duplicación de la vida. Fue así que fue perdiendo contacto con los demás mortales. Con su esposa fue dilapidando el dialogo hasta no hablarle más a los 37. El amor de aquella mujer de ojos negros laca y mejillas de porcelana era demasiado grande por aquel Juan que algunos consideraban esquizofrénico y otros maniaco depresivo. No pudo dejarlo. Los años pasaron con la lenta velocidad de una vida que se hace cada vez más pesada, y Juan sintió que de a poco iba ganando la pulseada. Todo hasta aquella mañana de lunes. 

El grito que su necesaria reproducción del tiempo había ignorado trataba de prevenirlo. Pero el no pudo admitirlo. Nada podía sacarlo de la rutinaria necesidad de repetir la vida en dos vidas iguales en el deseo de no esfumarse como una mera imagen de nada. Sombra sola, sin sustancia. Nada salvo un hecho inevitablemente irremediable. Nada salvo la muerte. Vio al camión rojo tan cerca suyo que no pudo dar el último paso hacia atrás. Las declaraciones judiciales de 4 testigos aseveraron que había sido un voluntario suicidio ya que el hombre había vuelto su camino para ponerse en el trayecto de la maquina. A él le pareció ver un león feroz arrimarse a rugirle en la cara. Su mente pudo pensar en como hacer para que el golpe (que irremediablemente iba a ocurrir) de nuevo ocurriera. Mas el tiempo lineal de una vida sin sentido le mostró la última carta. Juan había logrado engañarlo durante 48 años con precisión envidiable pero las agujas que no paraban de girar le tenían preparada la venganza mayor. Quien ríe último…, llegó a pensar mientras el metal de los dientes del león se hendía en su costado derecho. No voló lo suficientemente lejos para evitar que el lo arrollara. Como aquella mañana de invierno, el sol se había escondido.

Tirado sobre el asfalto, se ahogo con su propia sangre. Deseo poder abrir los ojos para ver todo en una borrosa y paulatina desaparición pero no tuvo el ímpetu necesario para despegar sus pestañas. Intentó sentir que empezaba a morir de nuevo, mas no pudo. No tuvo la fuerza suficiente para reproducir el momento en un solo espacio mínimo de la realidad. Se preguntó si habrían sido los primeros siete años de su vida los que habían convertido su existencia en la mas liviana de todas las que hasta allí había conocido. Quizás habían sido las imperfecciones en el método que no había llegado suficientemente a pulir. Se le llenaron los ojos de agua. Y apretó suavemente los labios adelantando el inferior por sobre el superior sintiendo que se le bajaba la nuez y se le estiraba la piel del cuello. Recordó a los hombres color café. Y perdió para siempre el recuerdo. Soltó una sola lagrima y en aquel momento ultimo, rehusose a comprender. Su corazón alivianado por la verdad fue reticente a abrazar la realidad. Había intentado vivir dos vidas, dos vidas paralelas e infinitas, inmediatas y subsiguientes. Había intentado aumentar durante 48 años el peso de su ser a su peso doble; mas en el momento más importante, cuando cada uno de los instantes que había vivido por partida doble debían venir a comprobar la verdadera sustancia de su teoría, había fallado en morir dos veces. Olvidando absolutamente todos los pormenores de su vida movió uno por uno sin rasgo de repetición cada uno de los dedos de su mano. Cuando el dedo menique dejaba de moverse, un hombre de cabellera blanca y calva incipiente irrumpió de entre la multitud para decirle que lo había estado buscando. Lo había encontrado demasiado tarde para explicarle que Parmenides quizás tenía razón y la levedad era positiva. En el preciso e irrepetible instante en que el hombre de cabello blanco terminaba sus palabras, desaparecía para siempre un algo tan irrelevante como Juan Segundo Dvazivoty, un hombre más, un hombre que,  aunque no pudiera aceptarlo, daba razón a la escritura que el mismo, ahora sin recordarlo, había elegido en dos ocasiones para su propia lapida: “lo que ocurrió tan solo una vez, no sucedió nunca”.

martes, 7 de junio de 2011

Yo, Julio

Yo, Julio

“Lo que distingue lo real de lo irreal, está en el corazón”                                                                      John Forbes Nash



<<Julio Berto Donato Pietragalla>> dijo el hombre con voz firme y decidida a través de los orificios en la ventanilla. Cuando la bancaria terminó de escribir detrás del vidrio, extraviando la mirada hacia la derecha, firmó el mismo nombre que acababa de repetir, depositó el cheque en el cajón de metal, se puso el sombrero, se levantó y se fue. A la altura del bolsillo superior del saco marrón claro llevaba una mancha de café con leche desde la mañana anterior. <<No te preocupes que es del mismo color que el saco>> le había dicho entonces su amigo, Alejandro Petrovick, el Hungaro. <<No te preocupes Julito, vos siempre haciéndote tanto drama por todo, nadie se va a dar cuenta>>. Las palabras en boca del Hungaro sonaban casi hasta sarcásticas. En el camino de vuelta del banco al bar daba vueltas alrededor de la frase “hacerse demasiado problema”, cuando un niño se chocó con su pierna a la altura de la rodilla. <<Mire por donde camina, idiota>>, le dijo la madre de pollera larga y blanca como una mañana Antartida. Tanto drama, tanto drama. Hungaro hipócrita, la vida es un drama, volvió a transitar con la mente un camino diferente del que transitaba con el cuerpo. ¿O será que la vida no es mas que una comedia que transformamos en un drama? se preguntó, ahora mas calmo. Creyó intuir la cercanía figurándoselas a cada cual, la comedia y la tragedia, pegadas en los lados de una línea y a un hombre viéndolas tan cercanas que cruzaba la línea a cada segundo. Como un mimo, del llanto a la risa y de la risa al llanto, pensó, siempre cruzando de un lado al otro de la linea. Recordó a Bip el Payaso y sonrió. Se dio cuenta que era Marceau y casi se le pianta un lagrimón. Diose cuenta que en aquella caminata intentaba determinar el peso de la vida cuando tropezó con el escalón de entrada al bar. El Hungaro sacudió los brazos contento de verlo. <<Berto, Bertito, veni tomemosnos una copa>>. Eran las 10 de la mañana.

Si había algo que detestaba Julio de su amigo era su permanente necesidad de sentirse diferente. Por eso lo llamaba por su segundo nombre. <<Te dije cien veces que no me gusta que me llames por el nombre de mi padre. Y no, no puedo tomar una copa, son las 10 y a las 11 y media tengo que estar en la aseguradora, para firmar un cheque>>, le dijo al Hungaro mientras arrimaba una silla y llamaba al mozo para pedir un café con leche. Sin dejar que el Hungaro contestase prosiguió: <<Contame, Ale, que dijo La Manicura?>>. La manicura era el sobrenombre en código que usaban para hablar de la amante del Hungaro, una delicada mujer alta y risueña, de negros pelos largos rizados que se ganaba la vida escribiendo novelas de ficción. A los muchachos siempre les había parecido una analogía simpatica y a la vez un acertijo indescifrable llamar a la mujer que todo lo hacia con un par de manos mágicas, La Manicura. Era una mujer de clase, de inteligencia; quizás hasta demasiado para un hombre como aquel. A Julio siempre le había sorprendido que estuviesen juntos; que una alguien que todo podía decirlo en una frase (y que aun así nunca se detenía en una simple frase sino que seguía hasta escribir un libro), estuviera con aquel proyecto de persona que era su amigo. <<Creo que a La Manicura no lo voy a ver mas, amigo. Estoy cansado de que no quiera mostrarse públicamente conmigo, de que todo ocurra puertas adentro, de que nunca mi cara pueda salir al lado de la ella en una foto, en una revista, de que siempre sea el malparido ese del actor del cual no quiero ni repetir el nombre porque me saca sarpullido hablar de ese hijo de una gran…>>.

Cuando el Hungaro soltaba la lengua no había forma de que por sí mismo se detuviera. En su exasperante verborragia mental, en aquella desesperada carrera al infinito que parecía correr cada vez que comenzaba algo se basaban todos sus problemas. Así era que se había vuelto tan gordo, por eso con los otros muchachos lo llamaban también (a sus espaldas): el obeso. Julio se aprestaba a intervenir la alocada dicción del Hungaro cuando la voz del Alemán hizo el trabajo por el. <<Muchachos, que día de mierda tengo no saben, me paso de todo>> dijo Herman, mientras apoyaba en la mesa el gorro de lana que acababa de quitarse.

Herman R Kirschener había arribado al país con sus padres cuando solo tenía dos años desde West Virginia. Su padre, don Otto Kirschener, se había mudado a América procedente de Gelsenkirchen diez años antes. Al Alemán Kirschener de alemán no le quedaba ya casi nada más que el nombre, el apellido y una llamativa obsesión por Goethe. Los barrios bajos por los que había transitado predicando sus ideas matemáticas después de los picaditos por plata que jugaba (y en los que siempre se lucia por su remate picante y su gambeta indescifrable) le habían dotado de un Argentinismo tan profundo que no podía recordarse una frase en la que no utilizara un termino del lunfardo. Prosiguió: <<…esta mañana, hace una horita nomas, jugamos contra los cebollitas del Barrio La Carne. Meto dos golazos, pero dos cañonazos que no te puedo explicar Julito, el arquero parecía que estaba papando moscas, ni la vio. Ellos meten un gol de pedo, pero de puro orto te lo juro, cuando faltaban más o menos diez minutos. ¿Y vos podes creer, vos podes creer Julito (El Alemán y el Húngaro siempre se obviaban el uno al otro y por eso la historia se dirigía siempre a Julio) que cuando faltan dos minutos, al inútil, inservible, clemente del arquero nuestro, se le escapa la tortuga y sale a cortar un centro mas allá del punto penal? ¿Vos podes creer que nos empatan con un gol de cabeza de 15 metros? Lo peor es que a todos los chupa un huevo. Se termina el partido y se van todos a tomar una birra consolándolo al horrible del sin manos. Yo me quería matar. Obviamente perdí mas guita que en el casino y obviamente no se quedo ni un alma a escucharme explicando la segunda parte de teoría de los juegos que les pensaba enseñar. No sabes la calentura que tengo>>. Cuando el Alemán terminó la historia sobre el futbol de aquella mañana, el mozo, que había estado parado atrás de Julio (vaya uno a saber hacia cuánto) dijo dirigiéndose por encima de su hombro: <<Usted de nuevo. ¿Salió el café con leche? ¿Los mismos tres pedidos que ayer, no?>>. El tono era venenoso y despectivo. No hizo falta que contestara. La orden tardo muy poco y cuando Julio hubo terminado el café con leche miró la hora y recordó que era Martes. Tenía que ir a la clínica que tanto detestaba a ver a Martinez a quien tanto odiaba, mas no tenia opción y se aprestó para ir. Se le cruzó por la cabeza que se iba a perder la visita al correo e iba a tener problemas con su jefe. Tambien se iba a perder Italia-Chile que estaba por empezar en el televisor del bar. Se despidió de los muchachos rápidamente y salió rumbo a calle Virasoro. El whisky del Alemán y el vino con soda del Obeso aun estaban intactos.

Al salir del bar con paso presuroso sintió que el mundo había mutado. Allí adentro sentía una contención que el universo caótico de las calles no le brindaba. En la calle consideraba que la mitad temerosa de su alma veía la luz y se sentía distanciado de todo y de todos. Percibía como si los ojos de las personas se posaran sobre el de un modo acusatorio, apreciaba como que nadie lo apreciaba. Por eso cuando caminaba, cuando firmaba un cheque, cuando detenía un taxi, cuando se debía dirigir a alguien lo hacía con una convicción casi notablemente sobre-exagerada. Necesitaba demostrar seguridad. Si dudaba, probablemente la parte escindida de su ser se adueñaría del todo y entonces se transformaría de modo permanente en un ser desgraciado, como todos los otros. Caminaba con determinación cuando volvió a su mente el peso de la vida. Pensó en la manicura y en el arquero al ‘que se le había escapado la tortuga’. La vida para cada uno de ellos era, quizás, una comedia. Probablemente la manicura gozara de la compañía de su marido y de sus noches de inspiración a la luz de velas, de un hogar cálido, de una fama incipiente y del reconocimiento de la gente. Probablemente el arquero fuese un hombre medio, simplemente feliz con ser admitido en el ‘picado’ de los martes y con disfrutar de una cerveza después del partido apañado por cada uno de sus compañeros jurándole que a la semana siguiente tendría revancha. Pero cada cual tiene su contracara, reflexionó con claridad mental. Por cada Manicura con un talento inconmensurable y una sonrisa enorme, había un Húngaro en un bar lamentando su ausencia publica. Por cada arquero errático siendo consolado por los amigos había un Alemán ahogando sus resignacion en un vaso de whisky. Creyó concluir que la vida no podía ser determinada como comedia ni tragedia. La vida era un conjunto equilibrado de comedias y tragedias correspondientes, flotando en un espacio indeterminado, de forma caóticamente ordenada por las leyes de los silencios y las palabras y los seres confiados y los inseguros. Todos mezclados en un universo sin sentido ni dirección. El pensamiento comenzaba a asentarse en su lóbulo dorsal cuando sintió el olor de un perfume demasiado fuerte traerlo de vuelta al caos del mundo. Entonces, súbitamente, estampó, involuntariamente, un hombrazo contra el pecho de un hombre que venía de frente. <<Julio, Julito, que te pasa, en qué carajo vas pensando, loco>>. La voz entre enojada y amistosa era de Bombieri.

Bombieri disparó un par de palabras y Julio logró disimular su obnubilación y su vergüenza no contestando a ninguna de sus frases. El Tano Bombieri era un hombre de unos treinta y pico años, culto, inteligente, que siempre encontraba la manera perfecta de convencer a la gente de que sus ideas eran correctas. Era abogado, no de profesión sino como pasión. Defendía cada punto con la destreza de un esgrimista y la agresividad de un karateka. Sabía cuando atacar, cuando esperar, cuando dividir y cuando adherir. Su autor favorito era Sun Tzu, mas sus ojos brillaban cuando hablaba de La Republica. <<Nos vemos mañana, como siempre, a las 7, en la sala de tu casa>>. Julio asintió sin decir palabra alguna. La sala de su casa era el otro lugar donde sentía que el mundo no lo oprimía. El único lugar donde su razón no se sentía rota, donde no había grietas por donde sus pensamientos cayeran hacia un abismo sin fondo, por un tobogán perpendicular al suelo, con fin en el principio. En ‘la sala’ se juntaban desde tiempos que ahora eran inmemoriales. Julio Berto Donato Pietragalla y Enrique Carlos Adolfo Bombieri, el Tano. Dos tanos. El Tano Bombieri había aparecido en su vida mucho mas tarde que los otros, mas compartía tanto más con el que con el Alemán y el Húngaro, que, cuando el Tano había tenido una fortísima discusión sobre el equilibrio no cooperativo con el Alemán (al punto que se habían ido casi a las manos), Julito se había llevado al Tano a la sala de su casa en signo de reconocimiento de que lo elegía por sobre Kirschner. Aquella tarde habían comenzado una serie de diálogos sobre literatura y arte y cine y teatro que había afianzado su relación dramáticamente y que se repetiría por mucho tiempo. Era un miércoles, cerca de las 7.

La ultima tarde de Junio de aquel 1962, ocho días después de que se chocaran en la puerta del hospital, Bombieri no llegó a tiempo por primera vez en catorce años, dos meses y una semana a la cita de los miércoles. Fue la primera en 738 visitas no canceladas a la que no acudió a tiempo. La semana anterior, un dia después del encuentro casual, Julio habiele enviado un mensaje cancelando por malestar estomacal. Se preguntó si Bombieri estaría enojado. Creyó que casi 15 años de amistad merecían más que una simple y silenciosa ausencia. Entonces, por asociación de algún circuito extrañamente mal conectado en su mente y con atemorizante clarividencia, comenzó a recordar la ultima visita al médico al ritmo que empezaba a unirla punto por punto, como los juegos infantiles del diario del domingo, con la desaparición paulatina de cada uno de los ‘muchachos del bar’. Recordó al médico hablando de disfunción y de escisión a la vez que recordaba que el Húngaro no había estado tomando su vinito con soda ni lunes, ni martes. Rememoró al hombre con bata blanca abierta disertando sobre realidades psicológicas sub-alternas al tiempo que sintió la ausencia del Alemán contándole sobre el partido de futbol y su siempre negativo resultado. Se le hizo presente, casi hasta en cuerpo y alma, el doctor preguntándole sobre trastornos afectivos, ansiedad, rompimiento de las líneas de la razón, pérdida del sentido del tiempo y el espacio. Y fallo en lograr reproducir alguna imagen de los muchachos jugando billar el último sábado. Solo logró recordar el taco y las tres bolas. Finalmente le volvió el malestar y diose cuenta que durante los últimos ocho días lo habían estado transformado aquellas píldoras blancas que Martinez le había prescripto. Recordó el nombre: Clorpromazina. Frunció el seño preocupado por lo que tribulaba su mente y detuvo el tiempo por un segundo. Así, como quien desea no saber lo que su mente está pensando, maldijo al médico y a las píldoras cuyo nombre ya no podía recordar y corrió a toda velocidad hacia su biblioteca. En el camino golpeose el cuerpo contra dos paredes y una puerta.

Cuando llegó agitado a la habitación de roble barnizado consultó la copia reducida del Papiro de Ebers en alemán que misteriosamente le habían dejado en la puerta de su casa los padres desconocidos de Kirschner cuando tenía 11 años. Mientras retiraba la copia del estante, se le cayeron, estrellándose contra el piso, un volumen de tapas duras de “The Open Mind” y uno de bolsillo de “Le Théâtre et son Double”. La primera se descuaderno desplomándose de forma sorprendente y quedó abierta como si fuera un hongo explotado. Abrió el papiro en el capítulo 4, pagina 418 y mientras recorría las últimas líneas apretó el puño derecho y rechinó los dientes de rabia. Los ojos parecían espejos reflejando cada una de las letras en sentido derecha izquierda. Se amargó hasta la medula. Sintió el reflujo biliar subir por su tubo digestivo hasta plasmarse en su boca como si fuera el agrio sabor de un café sin azúcar. Casi se descompone, mas tuvo que morderse el labio para no sonreír. Pensó en Benedict Morel. <<La invención de Morel>> se dijo a sí mismo, ya sin saber si pronunciaba las palabras en la realidad o si solo eran un delirio de algún mundo sub-alterno. <<Esta es la verdadera invención de Morel. Yo soy mi propio Morel>>, gritó para que sus palabras no se confundieran con hechos inexistentes en un mar revuelto de aguas turbias. El sonido del grito retumbó en forma de eco cónico en las seis paredes de aquella habitación de manera desordenada. De la pared derecha fue al techo, al piso y de ahi a la pared frontal, a la izquierda y luego a la dorsal, donde apaciguándose paulatinamente, se calló para siempre. El silencio posterior fue aterrador; el primero que escuchaba en años. Cerró los ojos y tragó lo más profundo que pudo. Las cortinas se sacudieron por una ráfaga de viento que abrió la ventana con violencia y supo que seguía  furioso porque el frió no le calmo el alma. Su corazón, latiendo, húmedo le decía que algo extremo debía hacer.
 
La ventana se sacudió contra el marco con mayor violencia que antes. Volviendo desde si mismo, el, separó, tan lejos como le fue posible, las pestañas inferiores de las superiores y, dirigiéndose con prisa desesperante hacia la ventana abierta de par en par, como quien va en carrera para saltar de una azotea a otra, apretó ahora el puño izquierdo y habiendo sacado la otra mano del bolsillo derecho, llegando casi con inercia descontrolada al borde de la ventana, arrojó cada una de las pastillas hacia una nada infinita. El brazo diestro le quedo extendido tan lejos de la cara que le pareció que podía tocar otro continente con la punta del dedo anular. Vio cada punto blanco alejársele hasta desaparecer en el horizonte aunque supo escuchar a cada capsula caer en algún paraje remoto. Vomitó con fuerza hasta la parte interior del estomago a través de la ventana aun abierta y sintió que el mundo se restablecía. Todo volvía a la normalidad. Respiró, entonces, con alivio y se dirigió a la sala con paso cansino. Al pasar el umbral, se secó la transpiración, se acomodó el cuello de la camisa y luego de limpiarse la garganta con ruido de tractor arrancando, tomó asiento en el sillón verde abriendo la edición semanal de Reader’s Digest. Pensó en que al otro día o al siguiente vería nuevamente al Obeso y a Kirschner y en medio de la infinita satisfacción de su corazón, se sintió más real que nunca. La palabra esquizofrenia se borró de su memoria y se aprestó, Julio Berto Donato, por vez número 739 para recibir, en el incomparable edén de su realidad, en la sala de su casa, al Tano Bombieri.

miércoles, 1 de junio de 2011

Adios -English Version-

Adios –English Version-
Knowing when to say goodbye is learning how to grow
                                                                    Gustavo Cerati

And one day, when it could be less expected, when the daylight seemed to infiltrate through the pores of his once impermeable skin and 'in a little while' no longer played in his iPod, no more; then without preamble, without warning, with no mercy, without having asked for anyone else’s consent, as a boomerang that returns to its starting point powered by the inertia that pulled it away, she, who prided herself on being who she was, by her own initiative and not thinking about anyone else, just returned. She did it with the cross marked on her back and her front as high as ever, showing no remorse, pledging no apologies, believing not that something could have been wrong. Simply returning; with all her simplicity; with all her complexity. Simply returning, once again. When he descended from the elevator, which seemed to take more than ever before to cover the 29 floors, he could not avoid seeing her. Immaculate, unchanged, as if it was yesterday, as she looked today, as never before.

He dragged his feet with anxiety but sparingly in a fast forward slow run towards an unreachable end. And he stopped far. But perhaps too close. There was she, in front of him, motionless, almost inert, seemingly mute, but penetrating with her eyes through him to the center of his brain, like the time when they first met, submerging into to the marrow of the most hidden insecurities, her insecurities, which in a somehow frightening telepathic manner, were always reflected in his memory. Hawking, she said: <<it’s been a long time>>. Him, not knowing what to answer, unable to discern whether it was because he could not actually see her or listen to her, as his heart dictated, with both arms closing in on her back, posing each hand on the opposite corresponding shoulder blades covered by the red thin linen jacket, with rage, full of anxiety, overflowed with satisfaction and hate, brimming with insecurity and torment, without more, gave her a hug. He wanted to spit a word but the water missing from his dry mouth did not allow him to unstick his lips. He wanted but could not either cry. The lack of water in the drought of his eyelids did not allow him to open his eyes. He suddenly felt as if a truck oppressed his chest, as if the center of the universe, with all its forces of attraction and repellency, was placed in the gap between his nipples. He did not know where to go. His mind travelled through roads never before travelled. He walked streets he had never named, virgin road trails without paving. He thought he could go crazy in the mere blink of an eye. If a particle moved in a non-coordinated manner, if a neighbor opened the door, if the elevator bell announced that someone else had returned, the entire balance of a totally unbalanced moment could explode.

Time slowed. The atmosphere turned heavy and with foresight he could see everything in the shape of zeros and ones. He smiled. And letting his hands off the back of her shoulder blades, he placed them on the shoulders standing still before him. He thought, for an ephemeral second, he would ask her to stay. But he did not. He stared at her features, with the expression of someone who makes an effort to record every single particle floating in the air, as someone who knows that the end of the end is approaching at a speed that no one else can perceive. He distanced from her with the arms still in her shoulders and, for some reason, thought of elementary school. Again he smiled.

Then, without any preamble, without words, without notice, without anyone’s consent, like a kite which reel is released to let it fly free in, for and where the wind would guide it, he mercilessly turned off the acoustic resonance of 'in a little while', turned around, opened the front door of his house and closing it with caution, once and forever, he left her behind. He did not ever hear anyone knocking on the door, or sighing on his back. He seemed to have lost the ability to turn around. He walked in, bathed, dried himself and while he finished dressing, he began hearing ‘Pasos’. Once he had finished that unprecedented ritual, fearlessly and without the reflection of those insecurities recorded on the B side of his heart, he opened the door and found nobody. It did not come as a surprise to notice that it was his mind that had imagined every detail of her standing on the entrance carpet, wearing the same red linen jacket that she had worn the day that she swore to never return. He stared at the empty space, at the nothingness inserted into the scene, at her absence of presence fulfilling her eternal promise of leaving forever. And without any kind of despair he tapped twice with his right knuckle on his head giving back the wink to his mind. He then thanked the impenetrable maze of his intelligence, which now echoed by the sound of the knuckles hitting its very own case, for helping him to close that last remaining open door, the one that since the day she had left, had, until now, in a systematic absurd way, led him (and not her) to return in memories, to the door of their former house.

lunes, 30 de mayo de 2011

Adios

Adios


"...es crecer..."
                 GC



Y un día, cuando el menos lo esperaba, cuando la luz del día se mostraba e ‘in a little while’ ya no sonaba casi nunca en su ipod, no mas; sin preámbulos, sin aviso, sin piedad, sin su consentimiento, como un bumerang que solo ha vuelto al punto de partida por la inercia propia de la fuerza que lo impulso lejos; ella, que se jactaba de ser quien era; por ímpetu propio y sin pensar en nadie mas, simplemente, volvió. Lo hizo con la cruz marcada en la espalda y la frente tan alta como siempre; sin remordimientos, sin perdones, sin siquiera creer que en algo se había equivocado. Simplemente. Con toda su simpleza y toda su complejidad. Volvió. Cuando el bajo de aquel ascensor, que se habia demorado mas de la cuenta, la vio, inmaculada, como hacia ya tanto tiempo, como si fuera ayer, como si fuera hoy, como si fuera nunca.

Caminó arrastrándose, con ansiedad pero con parsimonia. Y se detuvo lejos aunque demasiado cerca. Allí estaba, de frente a el, con los ojos atravesándolo hasta el centro del cerebro, como aquella primer vez, hasta la medula ósea de sus propias inseguridades, las de ella, que de un modo atemorizantemente telepático, se reflejaban en su memoria, la de el. Carraspeo y le dijo: <<pasó mucho tiempo>>. El, sin saber que contestar, sin lograr discernir si era porque no podía realmente verla o quizás escucharla solo pudo hacer lo que su corazón le dictaba: con los dos brazos cerrándose sobre su espalda, con una mano en cada omoplato de aquel saco de hilo rojo; lleno de rabia, rebosante de angustia, repleto de satisfacción y a la vez de odio, de inseguridad y de tormento, sin mas, la abrazo. Quiso esbozar una palabra mas el agua falta en su boca seca no le permitió separar los labios. Quiso pero no pudo llorar. El agua falta en la sequía de sus parpados no le permitió abrir los ojos. Sintió que un camión le oprimía el pecho, como si el centro del universo, con todas sus fuerzas de atracción y repelencia, se hubiera trasladado al hueco entre sus dos tetillas. Entonces, ya no supo hacia donde ir. Su mente transito caminos jamás antes recorridos. Anduvo por calles a las que jamás le había puesto nombre. Camino veredas vírgenes, sin adoquinar. Creyó que podía enloquecer en un mero segundo. Si alguna partícula se movía de un modo no coordinado, si un vecino abría la puerta, si la campana del ascensor anunciaba que algo mas había vuelto, todo el equilibrio de un momento absolutamente desequilibrado, podía estallar.

El tiempo se enllenteció, el ambiente se hizo pesado y con clarividencia pudo ver todo como si fueran ceros y unos. Sonrío. Despegó las manos de la parte dorsal de los omoplatos y las apoyo sobre los hombros rojos que se mantenían erguidos frente a el. Creyó que le iba a pedir que se quedara. Pero no lo hizo. La miró como quien mira con el afán de recordar, como quien sabe que el final de los finales se acerca a una velocidad que nadie mas puede percibir. Estiró los brazos y recordó como le hacían tomar distancia en la fila de la escuela primaria. De nuevo sonrió.

Entonces sin mas, sin palabras, sin aviso, sin el consentimiento de nadie, como un barrilete al que se le suelta el carretel para que pueda volar libre en, por, para y hacia donde lo guie el viento, sin piedad, apago por ultima vez  la acústica resonancia de ‘in a little while’, se dio vuelta, abrió la puerta de su casa y cerrándola con cautela, para siempre, la dejo atrás. Jamás, escucho a nadie golpear, jamás escucho a nadie suspirar detrás suyo. No supo lo que quedaba a su espalda porque parecía haber perdido la capacidad de darse vuelta. Se bañó, se secó y mientras se terminaba de vestir, comenzó a escuchar Pasos. Así, cuando hubo terminado aquel ritual inexplicable, ya sin miedo, ya sin el reflejo de aquellas inseguridades grabadas en el lado B del corazón, abrió la puerta y comprobó que nadie allí había. Comprobó sin sorpresa que su mente la había imaginado, detalle a detalle; parada sobre la alfombra de entrada, vestida del mismo rojo con el que aquel día juro nunca jamás volver. Vio el espacio vacío, la nada insertada en la escena, su ausencia cumpliendo aquella eterna promesa y abandonando para siempre su mente. Y sin ningún tipo de desesperacion se dio dos golpecitos en la cabeza. Devolviole así el guiño a su mente, agradeciéndole implícitamente que, después de que el bajara del ascensor y antes de que se metiera en la ducha, por arte del mágico entrevero de aquel inexpugnable laberinto que ahora retumbaba por el eco de sus nudillos golpeando su carcasa, la ultima puerta que quedaba allí abierta hubiérale, finalmente, ayudado a cerrar.

domingo, 22 de mayo de 2011

Los Dos Reyes

Los Dos Reyes

"Verdaderamente, el hombre es el rey de los animales,
pues su brutalidad supera a la de éstos"

                                                Leonardo Da Vinci


Jose Pablo Rodriguez Nunez había nacido con el crimen marcado en la piel, escrito en el DNI. A los dos meses su padre y su tío lo habian ‘usado’ de distracción para asaltar el Banco Provincial con una pistola de juguete, y una de verdad. Por el infimo espacio entre sus parpados; por a traves de sus ojos recien abiertos, habia visto su primer muerte. A su padre se le había escapado un tiro que habia impactado en un una anciana de unos setenta años. Había caído seca, como un fiambre que se cae del gancho de donde esta colgado. Desde ese día la muerte jamas se iría de su vida. Su prontuario criminal se habia engrosado poco a poco: diecisiete entradas por robo, cuatro por tenencia, ocho por violencia y resistencia a la autoridad, tres por hurto (la versión sin fuerza no le agradaba demasiado) y una por una violación de la que lo acusaba una ex-novia despechada. Todo antes de tener 14; todo antes de ser imputable. Era tan fácil de agarrar como de matar. Por eso habian estado por matarlo solo un par de veces. Estimaban las fuerzas de la seguridad que lo agarraban una de cada 176 veces que cometia un delito. La cuenta daba unos 5800 delitos, antes de la tarde en que cumplio 14, la tarde en que se convirtió en Rey. La leyenda comenzó una prematura primavera fría y lluviosa. <<Todas las primaveras empiezan asi>> le decía Joselito a Eusebio, el Gordo, a través del agujero que generaba con su comisura izquierda mientras con el resto de la boca sostenía la colilla de un cigarrillo que estaba ya por apagarse. <<Jugá Gordo, jugá, que te voy a romper el orto con un Rey, jugá>>. El Gordo rió y sacudio la cabeza. Mezcla de desidia, resignación y embuste propio del juego. Llegó a morderse el labio antes de intentar una sonrisa resignada. Mas nunca llego a tirar la carta. A través del vidrio del quiosco donde tomaban birra y jugaban al truco pasaron cinco balas que no tocaron a Joselito. Dos pegaron en una columna a su izquierda, dos otras le pegaron al gordo en el pecho y la quinta arranco la parte superior derecha del Rey que efectivamente batía a la sota de oro con la que Eusebio seria enterrado en un bolsillo dos días mas tarde. El Gordo estaba muerto, Joselito estaba vivo, la sota se fue en un cajón y el rey de basto, tatuado ahora en la parte superior izquierda de su pecho, lo convertia en leyenda.

Carlos Maria Delgado "Carlitos" era del Chaco. Habia nacido en el seno de una familia humilde pero llena de valores. Su madre, Estela Maris Delgado de Delgado se había casado con su primo Carlos y caminaba todos los días catorce kilometros de ida para limpiar una casa en el pueblo mas cercano y poder ayudar con los gastos de la casa. A Carlos Delgado nadie jamas le habia conocido un delito, mas tampoco un trabajo. Se había abandonado a la dicha de Dios cuando habiendo sido suspendido el ‘tren de los montes’, el gobierno nacional habia despedido a cuatrocientos empleados que habian sido contratados para comenzar a poner las vías. <<El sueño de mi vida se murió, hoy>> le había dicho a su esposa, <<Jamas volverá, jamas habra vía, jamas habra ilusión>>. La mañana siguiente a la que su padre había sido encontrado bajo la sombra de un ombu abrazado a una cruz de madera de un metro de alto, habiendo pasado cuatro años y tres meses de la cancelación del tren y cuarenta y siete años (desde su nacimiento) sin trabajar, Carlitos había decidido irse de casa. Emprendio los 17 kilómetros a pies que recorria cada maniana para ir a la escuela como cada dia, mas cuando dieron las 7 esucho la campana y siguió de largo. Cuenta la leyenda que caminó 27 dias y 28 noches ininterrumpidas y cuando se hizo la luz del día 28, exhausto, se detuvo a pedir un vaso de agua en una estación de servicio. La negativa del empleado fue el comienzo de su vida delictiva. Le partio el cuello con las ultimas fuerzas que le quedaban y se sentó a tomar de una botella chica de agua mineral. Comió cuatro alfajores y un helado de agua. Y se marchó. El resto lo dejó intacto. Sus días en el camino son incontanbles. Hay quienes afirman que lo vieron caminar a los ocho años con los ojos cargados de muerte por la ruta 9 asaltando camiones y descuartizando camioneros con la fuerza sola de sus propias manos para robarles el mate y los bizcochos. Hay quienes aseguran haberlo visto al mismo tiempo en la ruta 2 vestido de gorrita y shorts desmantelando estaciones de servicio, teniendo entonces solo seis años. Lo cierto es que nadie jamas supo bien de donde venia ni cuantos años tenia. Solo pudo saberse que habiendose adiestrado en chicanas legales le dijo a la policía, el día su primer aprehensión, que tenia solo 9 años, cuatro meses y veintidós dias. Supo calcular la fecha exacta en la que tendria que haber nacido. Tenia bigote. La policia le creyó y lo inscribieron como nacido aquel día. Hecho en la calle, la tarde en que El Rey de Bastos cumplía catorce, se encontraba el en un bar de Villa Constitucion. Eran las seis de la tarde. La policia irrumpio en el local en busca de drogas y un drogadicto disparo. Murieron treinta y dos borrachos, diecisiete drogadictos y el único policía que había entrado al lugar. La bala que debía matar a Carlitos pego en la copa que sostenía en la mano y quedo flotando en el Brandy barato que tomaba. Un transeunte que pasaba y lo vio atonito con la copa en la mano y una manta que la policia le habia puesto sobre los hombros lo bautizo: el Rey de Copas. A los dos días se tatuo la figura de la baraja, sobre el corazón.

A Carlito, en el barrio, le decian, despectivamente, "el Toba". Habia llegado a la cuna de la bandera siete días antes del tiroteo en el bar de Villa Constitución donde había sido bautizado. Robó, mató volvio a robar y volvió a matar. Jamas conociosele cargo alguno por otro delito. La policía no había asociado a uno con el otro. El toba y el Rey de Copas fueron, para la ‘fuerza’, durante mucho tiempo, dos personas diferentes. Se instaló en el barrio equivocado, en la ciudad equivocada, quiso ser rey pero era el reino equivocado.Para cuando la policía unió al toba con el Rey de Copas, el Rey de Bastos había engrosado su carácter de leyenda. Robó, mató, corrompió, violó, hurtó (poco) y estragó. Dicen que nunca se pudieron tipificar todos sus delitos. Se murmuraba (por lo bajo) en el barrio que, con lo que había robado y obtenido de la mala vida podría haber comprado la municipalidad de la ciudad, (con todo lo que tenia adentro, incluido el intendente) y refundar la ciudad con su nombre, o quizas su apellido. Ya no había vuelto a entrar, ahora la atención estaba en otro lugar.

Los reyes nunca se conocieron en persona, mas se detestaron con creciente odio a medida que la leyenda del otro se acrecentaba. Vivían en el mismo barrio y en cada barrio puede haber solo un rey. Vivían en la misma ciudad y en cada ciudad puede haber solo un rey. Vivían en el mismo país y en cada país puede haber solo un rey. Vivían en un reino sin rey y en cada reino (aunque no tenga rey) puede haber solo un rey. Se odiaron tanto que, según un tatuador al que refirió la historia otro tatuador que tenia un tatuador amigo que tatuaba a varios de los miembros de la banda de uno de los dos Reyes, El Rey de Copas se había tatuado una cruz en la espalda, donde esperaba que el otro Rey le disparara para darle muerte y el de Basto la había tatuado en el pecho, debajo de si mismo, o quizás era al revés.. Sus armas se buscaron, sus secuaces se tirotearon , se planearon emboscadas, se tendieron trampas, se denunciaron, quisieron erradicarse el uno al otro; pero siempre algo salia mal, siempre algo se interponía entre sus armas, siempre el uno escapaba al otro, o el otro al uno. Siempre quedaban Dos Reyes.

Una tarde copiosa y cálida de Abril, el Rey de Bastos, sentado sobre una pila de ladrillos, fumando un porro, tuvo una idea que lo diferenciaría de todo el mundo. El golpe seria perfecto, el carácter de único Rey lo esperaba. No necesitaba matar al otro, solo diferenciarse de el. El evento era Gigante. La plata era incontable y habría tanta policía que si se hacia con la bolsa, nadie podría ya jamas, nunca, discutirlo.

A la misma hora que el de Bastos tiraba la tuca del porro por la alcantarilla, el de Copas alentaba a la Lepra en el Parque. Entonces, cuando el Tano Vella desbordaba por vez numero dos y tiraba un centro a la olla, a el se le ocurría una idea que lo haría el mas grande hincha de Nubel de la historia. Se iba a robar la recaudación del Gigante. La semifinal de la Copa le daba la razón ideal para cagar a los ‘putos’ de Arroyito. Ahora si, ahora para siempre, seria el, de verdad, el único que Rey que era leyenda.

Cada uno planeo su ataque con minuciosidad.

Mientras el de Bastos iría fuertemente armado, el de Copas prefería pasar mas desapercibido. Ambos sabían que para hacerse leyendas deberían ir solos. Joselito iba a entrar por el Caribe Canalla, siete horas antes del partido. Iba a esperar que cerraran todas la cajas. Entonces, antes de que el arbitro adicionara uno o tres minutos, se iba a meter por la pileta, iba a atacar a los pocos policías que quedaran resguardando la recaudación e iba a entrar a la tesorería. Iba a ir disfrazado de hincha. La ametralladora envuelta en un trapo de Central. Estaba dispuesto a matar. Carlitos iba a llegar con la masa. Disfrazado de policía (antes que de Canalla cualquier cosa) iba a entrar a la cancha y filtrarse directamente a la pileta donde iba a dar cuarenta y cinco vueltas (una cada dos minutos de partido) antes de meterse a la tesorería cuando el arbitro adicionara uno o tres minutos. En el entretiempo pensaba descansar. Llevaría solo un arma reglamentaria que había robado meses atrás. Estaba dispuesto a matar.

El primer tiempo paso sin sobresaltos. Ambos se aferraban a su plan. Ambos estaban adentro. Ambos esperaban. El Partido estaba 0 a 0. Al empezar el segundo tiempo un sepultural y extraño silencio de ambas hinchadas permitió a los dos escuchar el silbato del arbitro. Ninguno de los dos lo tomó como un signo. Los dos se equivocaron.

A Carlitos lo descubrió un policía a los 17 del complemento cuando al preguntarle de que seccional era (solo para socializar), Carlitos se asustó y le disparó en una pierna. Su tensión se había generado por que creía que un hincha al que había visto pasar ya siete veces con una bandera era un 'chancho' de encubierto. Se sorprendió hasta el mismo, como si en realidad lo hubiera hecho otro. Casi salta a la pileta. Mas rodeándola casi entera, corrió con desesperación y se metio por una rampa al estacionamiento subterráneo. Los tiros de otros cuatro policías que cuidaban aun los molinetes lo siguieron, retumbando como hachazos en un bosque que recién termina de talarse.

A los 18 del mismo complemento Joselito se puso ansioso y quiso entrar a la tesorería. Los dos guardias que custodiaban la pileta ya no estaban y había algún problema con la barra porque se escuchaban tiros abajo de la bandeja. Su ansiosa desesperación de leyenda vio, equivocamente, una oportunidad. Cuando empujó la puerta con vehemencia y entró corriendo al pasillo que daba a la tesorería, cuatro policías lo miraron atónitos y uno (que lo reconoció) gritó que era el Rey de Bastos. Y desenfundó. Joselito se descolgó por la escalera que llevaba al estacionamiento subterráneo seguido de los tiros de los cuatro policías, retumbando como hachazos, en un bosque que recién termina de talarse.

El Rey de Bastos corrió desesperado y se escondió detrás de una traffic blanca rotulada de pinturerias Sol. Jamas presintió que acercabase el final. Se apoyó sentándose contra la goma delantera derecha y las tuercas engrasadas de la rueda le dejaron cuatro marcas redondas en la espalda, como si por allí fueran a atravesarlo cuatro balas que lo terminarían para siempre. No reparó en el hecho. Perdió la bandera en la corrida. Si reparó en el hecho. Y creyó haberla perdido en la escalera. Apuntó el arma hacia arriba con el codo en L y con la mano libre se tocó la pierna. Los dedos se le metieron solos en el agujero que los dos balazos le habían dejado. Gimió de dolor apretando los dientes. Miró el arma, suspiró y luego de suplicar un insulto en voz baja, dirigió los ojos hacia el suelo. Entonces lo vio acostado, de costado, frente a el, tatuado en el medio del pecho, inmovil, solitario, perfecto, inalcanzable, el Rey de Copas.

Carlitos corrió desesperado y rodó por la rampa. No pudo jamas, de nuevo, ponerse de pie. Se arrastró, gateo, y jadeo de dolor. Le habían metido dos balazos en la espalda. Mas no animose nunca a tocárselos. Jamas presintió que acercabase el final. Se apoyó sobre el codo izquierdo y, escondiéndose atrás de la rueda trasera derecha de una traffic, cambio el revolver de la derecha a la izquierda. Miró hacia arriba y suspiró un insulto en voz baja. Con dificultad mecanica, abrió el tambor y cuando le iba a meter la unica bala que le quedaba, ahora en la boca, por el espacio vacio del tambor abierto, lo vio de frente, inmóvil, perfecto, con la punta izquierda del rectángulo cóncava y una cruz debajo del 12, inalcanzable, el Rey de Bastos.

Fue un segundo el que tardó el Rey de Bastos en bajar el arma y apuntarla. Lo mismo lo que tardó el de Copas en meter la bala desde su boca en el tambor y dirigir el caño hacia el pecho de su nemesis. Hubo otro segundo en que el tiempo pareció detenerse. El segundo previo al final. Mas ninguno de los dos pudo disparar. Atraídos por el poder del otro Rey, ambos bajaron las armas y se miraron por primera vez, de frente. No hubo segundo final. Entonces, comprendiendo todo sin hablarse, sabiendo que no era aun el momento de dejar de existir, salieron los dos de atrás de la Traffic con las armas preparadas para disparar, listos para defenderse del ataque final. Cuenta la leyenda que culpa de un gol anotado en el descuento no pudo escucharse cuantos estruendos de bala ocurrieron en aquel estacionamiento. La crónica determino que ambos Reyes murieron y la autopsia no pudo nunca determinar de donde provino la bala que mato a cada uno. Lo que si se se supo, mucho tiempo después, fue  que la bala que mató al de Copas lo acertó sobre una extraña cruz que llevaba en la espalda, y que, la que acertó al de Basto, dio sobre otra cruz similar que extrañamente este, llevaba debajo de su propia imagen, tatuada en el pecho.

jueves, 5 de mayo de 2011

Miradas


Miradas

Sería todo un detalle
y todo un gesto, por tu parte,
que coincidiéramos, te dejaras convencer
y fueses como yo siempre te imagine
JM Serrat


Cuando él la miró, supo que el escepticismo debía acabarse, que finalmente la espera larga y silenciosa; y el permanente y difuso ruido de fondo iba por siempre a terminarse. Supo que cada uno de sus actos lo habían llevado a aquel punto. Se agradeció a si mismo por haber esperado, por haber estado pacientemente buscando.   

Cuando ella lo miró supo que todo lo que siempre había imaginado ocurriendo en un instante de magia había ocurrido en aquel instante de magia. Supo que, tal como sabia que ocurriría algún día sin que ella pudiera modificar el mas mínimo curso del destino, había ocurrido. Supo que la velocidad de su vida disminuiría. Se agradeció a si misma por haber esperado, por no haber estado buscando.  

Sentado en la tercer mesa de la izquierda hacia adentro, con las piernas estiradas saliendo del contorno frontal y los pies apoyados en la silla del lado opuesto, el pasaba sus tardes encorvado sobre la tabla, con un lápiz negro garabateando borrones y palabras y mas borrones y mas palabras en una libreta negra de tapa dura y elásticos para sellarla. El lápiz se movía con vehemencia y se detenía, como un eco que deja de sonar, repentinamente. Rotaba cientoochentagrados sobre sus dedos y, con la misma vehemencia con que había escrito, borraba. Jamás supo nadie exactamente que escribía porque cuidaba con meticuloso recelo que su codo izquierdo cubriera el blanco rayado de las hojas. Mas pude yo imaginar por donde transitaban sus soliloquios al entablar cortas conversaciones en las que me conducía a través de sus miedos y sus frustraciones, sus vacios y sus felicidades. Se llamaba Matías. Era un hombre normal. Normal como cualquier otro hombre que no es normal, sino que es distinto a todos los demás. En realidad, era en tal sentido tan normal, que era raro. La vez que cruzó la puerta del bar por decimo dia consecutivo aquel mes de Julio mande rápidamente una orden a la cocina y para cuando el hubo llegado a la mesa yo le estaba esperando con su caféconlechedosmedialunas, dulces. Creo que lo apreció. Creo que aquel gesto ayudó a nuestra posterior relación y a que me hiciera algunas confesiones, relajado. Un día de invierno del año anterior o siguiente (no recuerdo) a aquel año bisiesto, me contó una historia que decía querer escribir pero sobre la cual conocía no el origen ni el destino. Era la historia de un hombre que atormentado con no poder concebir un hijo escribía por las noches con lujo de detalles cada uno de los centímetros de su cuerpo. Cuando el hombre terminaba la descripción minuciosa del cuerpo y el alma del niño, satisfecho con su creación, atormentado con haber completado su propósito, frustrado por no poder darle vida, se suicidaba clavándose la pluma en la yugular. Le pregunte si había leído Frankestein. Ante su respuesta negativa supuse que la idea la había heredado de las Ruinas Circulares. 

Sentada en la última mesa de la derecha, contra la ventana, ella venia solo de forma esporádica. Generalmente los miércoles. Siempre se me aparecía como alguien vital más aun cansado, contradictorio. Sus conversaciones telefónicas nada tenían que ver con lo que leía. Leía Hamlet y hablaba de marcas de zapatos y carteras; leía a Camus y hablaba de nombres de bares y tragos y noches interminables en las que la borrachera la llevaba a hacer cosas que yo prefería no escuchar. Su pedido siempre cambiaba. Con ella no podría nunca haber hecho el truco atento de la orden lista al sentarse. Una tarde en que el bar estaba casi lleno y ella no había traído su teléfono (con el cual pasaba buena parte del tiempo que yo la veía), leía con pasión. Cuando apoye sigilosamente el jugo de naranja en su mesa, para no desconcentrarla, levantó el par de profundos ojos azules del libro y me dijo <<Gracias>>. A través del reflejo en aquel mar profundo, de la luminiscencia vidriosa entre sus parpados, note que fue un gracias lleno de contenido, silaba por silaba, letra por letra. Intentó buscar algo que identificara mi nombre en mi camisa blanca como si fuera un empleado de local de comida rápida, mas yo, que no llevaba ninguna identificación y que me había dado cuenta, le conteste <<Roberto, me llamo Roberto>>. Cuando termine la frase y di media vuelta, me sentí extrañado, como penetrado por alguien que me conocía desde hacia tanto tiempo más habiéndonos olvidado, trataba de reconstruirme de adelante hacia atrás: cambiando mis arrugas por mi otrora piel estirada, mis ojos cansados por mis antiguos ojos ilusos y mi voz grave por una más aguda y enérgica. Aquella tarde transcurrió a gran velocidad por lo ocupado que estaba el bar. Tuve a las dos viejitas de los martes aunque fuera miércoles, al doctor borracho de la vuelta, al charlatán del quiosco de diarios y a unas 20 o 30 personas que, transeúntes casuales, habían visto luz y entrado. Aquella tarde no estuvo Matías escribiendo en su libretita, lo recuerdo ahora con lucida vividez. Si lo hubiera recordado antes, el curso del universo hubiera cambiado.
 
El final de aquel miércoles de Diciembre en el que limpiaba yo el bar, me encontró exhausto. Mientras pasaba la escoba con desgano encontré en el suelo, lejos de cualquier mesa, un libro de tapas duras, tirado. Sé que equivoque el camino al no tratar de reconstruir la tarde, que, cansado, asumí en mi mente que el libro no podía ser de otro que de Matías. Lo puse debajo de la caja y me hice una nota a mi mismo en la que puse: Matías, devolver, HOY. Al día siguiente al bar no vino casi nadie. En el aburrimiento de la acompañada soledad de un bar casi vacío, pergenie la idea (que siempre me había perseguido) de que un hombre, sentado en una altísima oficina, lograba tomar todo lo que a la distancia veía a través de su ventana con la mano derecha. El hombre tomaba con su pulgar y su índice a los autos que lejanos circulaban y los re-direccionaba en sentido contrario. Luego levantaba dos edificios del mismo color que estaban separados el uno del otro y los situaba contiguos. Así, pasaba día tras día, todos sus días: re-arreglando la escena; agitando las aguas; re-acomodando arboles, plantas, personas, pedazos de desierto; soplando las nubes, moviendo al sol de posición. Cada día su mirada llegaba más lejos, cada vez influía más en la escena. Cuando un día, cansado de tanto hacer, el hombre se llamaba a descanso, todo lo que él veía (y no alcanzaba a ver) comenzaba a incendiarse. Entonces el hombre con in-humano terror se daba cuenta que era Dios. La presencia de Matías en su mesa habitual me trajo de nuevo a la realidad. Antes de preparar lo de siempre me acordé del libro y me preparé para llevárselo a la mesa. Lo tomó con las dos manos a la manera oriental y lo dio vuelta. <<In Cold Blood, Truman Capote>>, soltó como si yo fuera un ciego que no hubiera podido leer el titulo grande en letras negras sobre la portada gris y blanca. <<In cold Blood, Truman Capote>> repitió. E irritado por su obnubilación, me di vuelta y me fui a buscar la taza a la cocina. No sé porque, pero no se me ocurrió preguntarle si el libro era suyo. 

<<In cold Blood, Truman Capote>> repetí una vez más cuando Roberto ya se había marchado. Como has llegado a mis manos, susurre en voz baja, temeroso de que alguien mas me escuchara. Lo abri lentamente, con cautela. En las páginas de aquel libro encontré no solo el genio de Capote, sino cientos de palabras que eran ajenas a la versión original pero que adjetivizaban o sustantivaban a cada una de las grandes ideas de manera brillante y, me sorprendí. Así, leí la descripción que Capote hacia de un pensamiento de Perry y pendiendo de un hilo que surgía de un rombo que la circunscribía, simulando el carretel del hilo de un cometa fantástico, leí el adjetivo “atemorizante”. Supe que el comentario era de una mujer porque la letra era prolija y el hilo jamás atravesaba alguna palabra. Di vuelta paginas y paginas con avidez de mas. Los carreteles de hilos de cometas que englobaban ideas variaban desde la palabra “tormenta” hasta la palabra “dolor” pasando por “levitante”, “lucido”, “amargura”, “nubes”, “barcos” y “montañas”. Parecía como si ella, en humilde aparente posición de lectora, hubiera estado tratando de reconstruir, en una especie de ingeniería inversa, la idea de la cual había surgido cada párrafo. Está tratando de reescribir la enciclopedia definiendo según las descripciones de distintos autores, pensé. Y sin quererlo mojé la hoja con el agua que había rodado por mi mejilla. No supe si fue de bronca, admiración, envidia o todas ellas juntas. Devoré gran parte de la novela.enciclopedia con preocupante y obsesionada pasión en menos de siete horas. Cuando se hizo de noche y el bar estuvo por cerrar, pagué la cuenta y me senté en el cordón de la calle, bajo la amarilla luz de un farol intermitente, a terminarla. Las dos palabras que, garabateadas nerviosamente en tinta azul, acompañaban la ultima carilla de la fabulosa novela de Capote, me quebraron el alma. Empecé, entonces (o quizás mucho antes) a creer que aquella mujer que había leído, aquella mujer que las había escrito, era la que yo, durante tanto tiempo había estado creando.

En los días que siguieron la busque en el bar de forma infructuosa, como quien busca algo que en realidad no existe. Mi vida real se transformó lenta aunque súbitamente, como un automóvil que atraviesa la noche con las luces apagadas, en una sombra de sí misma. En cambio, mi pluma revivió como reviven los cerezos en primavera, los ríos de deshielo en otoño, los hogares a leña en invierno. Los sonidos de la nada en la que transcurrían mis días sin encontrarla, me iban revelando paso a paso las formas de sus manos, el blanco de sus ojos, el largo de sus pestañas. Tantas tardes la vi entrar en aquel café solo para descubrir que no era ella, que con cada frustración fui eliminando un rasgo que encontraba en las no-ella para así agregar su opuesto. Poco a poco mi otrora defectuosa pluma la iba encontrando. Ella, igualmente, seguía sin aparecer.

Una tarde del verano anterior en que yo le había reprochado dos veces que se pusiera nuevamente las ojotas, Matías garabateaba el papel desmemoriado, ajeno, como quien no quiere estar donde esta, pero sabe no tampoco adonde quiere estar. Los vientos calientes que penetraban la habitación cada vez que alguien entraba al bar hacían que todos los presentes lo mirásemos con ofuscamiento. Era como si cada ingreso de un nuevo cliente.comensal rompiera la armonía del lugar, cambiando su temperatura, su sonido, su equilibrio. Lo comparé mentalmente con la situaciones en que alguien, abrazándose a la mujer deseada, y susurrándole la más ardiente declaración de amor eterno al oído, es interrumpido por el bocinazo de algún celoso que no tiene quien lo espere en su casa, ni en la calle. Abstraído serví, vaya uno a saber cuántos, cafés y gaseosas, carlitos, medialunas. A través de la ventana vi el calor materializarse en forma de ondas que cortaban el aire como espectros flotando. Cuando algún extranjero me pidió un tostado desde La Cuatro me di vuelta y enfile hacia la cocina. Vi a través de la ventana circular a tres cuartos altura de la puerta, que en el fondo uno de los cocineros cabeceaba quedándose de pie dormido. Entonces, cuando apuraba el andar para no permitir que se repitiera aquella escena en que yo intentaba despertar infructuosamente al cocinero y los clientes se retiraban uno tras otro sin pagar, por encima de mi hombro izquierdo la vi a través del vidrio del medio de los tres en que se dividía la puerta de entrada. Pasó de largo. Mas cuando llegaba a la esquina próxima, se detuvo debajo de un farol apagado, se tocó la cabeza levemente (creo que dudó) y volvió. La pollera de jeans cortada le tapaba mínimamente un par de piernas que al invierno siguiente no había notado tan atractivas. El pelo largo y perfectamente planchado, recogido, la hacía mucho más joven que un otoño menos. Empujó la puerta  y, quedándome yo a mitad camino, entre la mesa y la puerta de la cocina, me resigne a que el cocinero se quedaría dormido. Hipnotizado por su repentina y jovial presencia, no fui el único que la vio entrar, no fui el único que le clavo los ojos y le atravesó el alma. Entró y se sentó en la última silla, de dentro a la derecha. 

Cuando volviendo del hipnotismo inicial, realmente la miré  desde mi silla de la cuarta mesa a la izquierda, otra vez ya sin ojotas, supe que el escepticismo iba pronto a acabarse; que finalmente la espera larga y silenciosa y el permanente y difuso ruido de fondo que sonaba en el trasfondo de mi mente iban, en algún tiempo, a terminarse. Supe que cada uno de mis actos me había llevado a aquel punto. Supe que, jugando a ser un Dios propio, había logrado escribir cada uno de los párrafos que antecedían a este momento. Supe, además, que seguiría determinando con mis actos presentes el curso de cada una de las consecuencias futuras. Me agradecí a si mismo haber esperado. Haber, por tanto tiempo, estado buscando. La rasgadura de sus ojos era perfecta, el tobogán de su nariz era majestuoso, la rítmica paciencia de su respiración agitada inflándole el pecho vestido meramente por una musculosa blanca era simplemente la adecuada. Sonreí de felicidad eterna, como si la sonrisa jamás fuera a borrarse de mi cara. Supe que escribía con esa sonrisa una nueva página del libro de la vida y corriendo la silla hacia atrás, con naturalidad, me puse de pie y comencé a caminar hacia ella. 

Cuando lo miré empujando la silla hacia atrás, supe que todo lo que siempre había imaginado ocurriendo en un instante de magia había ocurrido en aquel instante de magia. Supe que la velocidad de mi vida disminuiría; que la tranquilidad me invadiría el cuerpo y que, tal como sabia que ocurriría algún día sin que yo pudiera modificar el curso del destino, había ocurrido. Había ocurrido tal como debía ser; como alguien, con la pluma de lo genial e inexplicablemente creativo, algún día dibujaría. Su semblante era seguro y su sonrisa genuina. Sus brazos eran delgados pero fuertes. Su boca que no estaba cerrada (aunque tampoco abierta) permitiame ver el sensual contorno inferior de dos dientes cuadrados, blancos. Cada uno de los movimientos que usó para levantarse de aquella silla, con natural decisión, eran los adecuados. Me agradecí a mi misma haber esperado, no haber estado buscando. Empujé, yo también, mi silla levemente hacia atrás y entre medio de una sonrisa inevitable, le dejé ver los hoyuelos en mis mejillas apenassonrosadas. Entonces, como quien acepta el destino de su destino inmediato, agache entre risas sutiles, levemente la mirada. 

Al yo, a la distancia mirarlos mirarse, pude percibir la vibración en el aire que los separaba. Se me nubló la mente y recordé con providencial claridad que yo iba a ver, el próximo invierno, el preciso instante en que “In Cold Blood, de Truman Capote” se caía de su bolso al salir ella apurada con el teléfono en la mano. Me rei al darme cuenta que después del acto no lo recordaría y me convencí, entonces, que toda la vida era un mero acto de azar. Cada una de las letras en las páginas de libros que habían escrito él y otros, flotando por años y siglos y vidas que comenzaban y terminaban y volvían a comenzar hasta encontrar el elemento que habían descripto, eran un acto incontrolable. Cada uno de los momentos sublimes en que la perfección de la fantasía volvía perfecta la imperfecta realidad al encontrar lo descripto con su imagen, no eran sino a partir de un indescifrable acto fortuito que no siempre ocurria cuando debía ocurrir. 

 Lo miré dar ese primer paso y la miré sutilmente agachar la cabeza al tiempo que encogía sus hombros y cerraba los parpados de forma casi infantil. Pensé que había demasiada suerte (o mala suerte) en que antes de tiempo se hubieran encontrado. Supe yo, entonces, que el mismo signo determinaría que una tarde en el futuro, en este bar, a ella se le cayera el libro del bolso y que yo por equivocación se lo diera a él. Supe que él se asombraría con lo que leería en aquel libro comentado y la escribiría y describiría por años y años buscándola desesperadamente. Descifré, asi, con la fe ciega del que conoce la suerte del futuro (o el futuro de la suerte), que el se daría cuenta, solo cuando hubiera terminado su obra, que en el mismo bar, una tarde del anterior verano, se había puesto de pie para hacerla suya por siempre; mas que invadido por un inexplicable sentimiento de temor, había caminado junto a su mesa, eludiendo a su propia suerte y dejándola pasar con la estúpida y egocéntrica determinación del que se cree Dios de su destino. Entonces, preso de una decepción inconmensurable, fallaría en darle vida a su obra y, atormentado por la burla del tiempo y la fatalidad, clavando el lápiz negro en su yugular, sería él quien se suicidaría.