Atrapado, en el medio, entre vos y lo inexistente, entre vos y el paso siguiente, en un abismo infinito de gentes y minutos y segundos y metros cubicos de lugares que existen pero solo en una realidad que es tan irrelevante que se deshace en millones de momentos que no logro recordar. Encapsulado, en este ahora, en este hoy, que existe solo después de aquel segundo maldito, imborrable, en el que perdiendote para siempre, en el que atrapandome en este laberinto de paredes que cubren el sol entero con sus riscos in-divisables, mataste a mi alma, y me dejaste por una inconmensurable eternidad, entre medio del amor y el ocaso, flotando, sin sueños, cara a cara con la muerte, con destino hacia la nada.
Mirando fijo al reflejo de sus ojos en los mios, la parte de adentro de mi alma, me dijo sin siquiera dudarlo por un segundo: "no te aflijas y camina por la Tierra que asi lo llevas clavado en la medula de tu nombre, no te aflijas y anda vagando lejos de tu patria extranjero de alma, que asi te ha bautizado el mundo, anda de una vez, anda y cuenta lo que ves, anda a encontrarte con tu destino, anda, simplmente anda, Peregrino". Hern(anDa)nielPellegrini
jueves, 31 de marzo de 2011
domingo, 27 de marzo de 2011
El Otro, Otro
El Otro Otro.
“Lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador”
Jorge Luis Borges
El hecho ocurrió, efectivamente en febrero de 1969. Estaba yo en Boston disertando en bares sobre la importancia de la contrarrevolución comunista desde la más clandestina de las presencias para no llamar la atención. No lo escribí, yo tampoco, inmediatamente, porque quede atónito al presenciarlo. Tampoco lo hice años mas tarde para no desacreditar la memoria de aquel hombre viejo que se había decidido a relatarlo y lo había hecho con tanta brillantez. Hoy, cuando el paso del tiempo ha deformado mi memoria hasta convertirla en una pesadilla traslucida, una de esas en la que los personajes aparecen y desaparecen sin demasiado sentido, y, estando sus protagonistas ya muertos, me animo a contarlo tal como lo hubiera hecho el día que la pesadilla termino, mas de cinco años después de aquel Febrero del 69. Habiendo a mi edad, ya perdido el miedo de tergiversar una realidad que ni siquiera en aquel tiempo estuve seguro haya sido tal como la percibí, hare de mi versión de la historia la que perdurara (desde hoy en su versión real) a través de estas palabras, para siempre. Yo si estoy seguro de que aun después de más de cuarenta años, el relato conmoverá a terceros.
Aquella tarde pedalee por el frio de Nueva Inglaterra con los dedos de los pies entumecidos. Lo hice sin razón ni dirección alguna, solo por pedalear, solo por sentir la vida a través del movimiento propio más que del movimiento de los demás. Cuando noté que el reloj de la catedral de Copley Square daba las tres y cuarenta y cinco con doce segundos, recordé la cita a la que me había comprometido y gire mi bicicleta en u, llevando el manubrio hasta el tope de su radio, hacia la izquierda. Aunque no fuera el camino más cómodo para alcanzar mi meta, decidí cruzar hacia Cambridge por Longfellow Bridge y doblar por Commercial Avennue hacia Rogers St. donde aquel desconocido me esperaría a las 4 en punto. Recordé que discutiríamos “los pormenores de una disertación de La religión natural de Rosseau” mientras el Rio Charles, flotando sobre si mismo, comenzaba a asomar en mi horizonte. El tramo del puente se me hizo más largo que de costumbre tratando de calcular, en relación cuadras por minuto a una velocidad constante, si me convenía doblar en 1st Street o dejar que la curva del camino me depositara en mi destino final. Conocía los rincones de Cambridge como pocos. Cada metro cubico de aire que ocupaba su espacio había sido atravesado primero por la rueda delantera de mi Monark color lacre y luego por mis manos abrazadas al manubrio de helado acero inoxidable.
Al ver que asomaba Charles Park, comencé a generar mayor peso sobre mi dos ruedas poniéndome de pie sobre el pedal derecho y presionando el manillar izquierdo. Me balancee de un lado hacia el otro, cambiando los puntos de presión y así imprimí cada vez mayor velocidad. La helada atmosfera que invadía Cambridge hizo que no se necesitara de una ráfaga de viento para sentir que mi nariz y mis orejas, iban, fehacientemente, a desprenderse de mi cuerpo, como hojas de un árbol en otoño. Solté la mano derecha del manubrio e intente ajustar mi gorro de lana que se había subido levemente sobre una de mis orejas. Por alguna extraña razón, mi pie derecho perdió coordinación y se resbalo del pedal, que hoy, mucho tiempo más tarde, creo estaba empapado de rocio o hielo derretido. Intente esquivar el pozo que divisé por encima de mis parpados con la bicicleta casi fuera de control. E inevitablemente perdí el control. Todo ocurrió en un segundo. Cuando me puse de pie, el entumecimiento de los pies se me había olvidado y no recordaba ya que la nariz y las orejas me dolían por el frio. En su lugar, en el lugar de aquel leve dolor, una helada sensación invadía la parte derecha de mi cara y la posterior de mi mano. Me toque ambos lugares y note que me había raspado, casi hasta los huesos. Fue entonces que vi al hombre.
<<Oiga, mister>>, le dije en el mas precario ingles que jamás me había escuchado pronunciar; <<Mister, necesito ayuda>>. El hombre, ajeno no atino jamás a contestarme. Me acerque algunos pasos arrastrando la Monark con dificultad y note que el hombre, un viejo de unos setenta contextura delgada saco marron anteojos oscuros, comenzaba su conversación con otro hombre mucho más joven; casi un niño. Los hombres se elevaban levemente la voz el uno al otro, hasta parecía que discutían. Me acerqué aun mas creyendo que no me escuchaban pero cuando estuve lo suficientemente cerca para escuchar yo sus voces, me di cuenta que no querían escucharme. Me sorprendió que hablaran en un español limpio, que parecía casi hasta porteño.
El viejo le preguntaba al joven si vivía en frente de una iglesia rusa y el joven respondía que sí. Mi fastidio por su desidia en ayudarme desapareció cuando la conversación, que ahora escuchaba yo con atención, comenzó a tornarse interesante. El viejo que ya no alzaba la voz, decía muy naturalmente: <<en tal caso usted se llama Jorge Luis Borges. Yo también soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge>>. <<No, Yo estoy aquí en Ginebra, en un banco, a unos pasos del Ródano>>. Contestaba el otro. Yo había leído algo del maestro del cuento fantástico, pero en aquel momento lo tome por cualquier otro mortal. No me dispuse a pensar que algo fabuloso podía estar ocurriendo.
Me toqué la pierna que también me dolía y pensé que el dolor era tan real que no podía yo estar soñando. Esta situación es demasiado inverosímil, casi hasta ridícula; retomé el pensamiento, mientras el frio duplicaba el ardor de una de las heridas en mi cara. Amagué a tocarme el parpado que sentía caliente como una brasa, pero la tribulación en mi mente hizo olvidarme a mitad camino de mi mano hacia mi cara y devolver los dedos al calor de mi bolsillo. Todas mis energías estaban puestas, ahora, en dilucidar el dilema. Si el viejo cree que es el joven y el joven cree que es el viejo y si los dos creen ser el mismo pero en distintos lugares; o alguno se equivoca porque esta loco, o los dos han perdido ya toda razón, o yo me he golpeado la cabeza demasiado fuerte en la caida. Lo curioso es que se parecen bastante, dije en voz baja, inintencionadamente, sin poder contenerme, como cuando se nos escapa un insulto en la mesa ajena o en el trabajo. Caminé seis o siete pasos más hacia adelante dejando la Monark de lado y me detuve lo suficientemente lejos como para no llamar la atención de los colifas, aunque ellos no parecieran percibirme en lo mas mínimo.
Hablaron sobre un mate de plata, sobre una versión extraña (para mi) de Don Quijote de la Mancha y sobre un escritor que creo recordar se llamaba Defour y que yo, hasta aquel dia, jamás había sentido nombrar. El viejo, desde la parsimonia que le regalaba la certeza de la vida cíclica, le contó pormenores sobre su vida, su habitación, sus libros y hasta sus gustos sexuales. Le describió con espantosa precisión lo que había dicho su abuela al morir y hasta como había muerto su padre. Divagó sobre hechos históricos recorriendo a Hitler y defenestrando a la república Peronista. Y le habló de literatura. Mucho le habló de literatura. Desde Dostoivski hasta Ruben Dario y Verlaine, todo en el afán de convencer a su alter ego de que era él, él mismo, muchos años mas tarde. Mas el joven jamás estuvo convencido. Con la agudeza que provee la falta de experiencia y la ausencia de prudencia, desafío la mente de quien se le presentaba como su versión vieja. Le esgrimió, con gran atino, pensé entonces, que si era el quien se soñaba viejo, era natural que supiera todo sobre si mismo y que se hablara sobre los escritores que le quitaban el sueño. Yo, que seguía cada acto estupefacto, no sentía ya el ardor en la cara, ni el dolor en la pierna. Estaba metido en una obra de ficción y no quería perder detalle.
El viejo jamás contestó el desafío del joven. Jamás encontró respuesta a como podía ser posible que el joven hubiera olvidado un encuentro consigo mismo. No es cierto lo de la fecha en el billete. No son ciertos todos los argumentos que el viejo contó, uso para convencer al joven de que todo era no un sueño. Lo que si es cierto es que, con cara de terror, el Borges arrugado alegó que a su edad había perdido un poco la sagacidad y la memoria; que dijo (él y no el otro) que todo era un milagro y que lo milagroso daba miedo. Y es cierto que pidióle ayuda para levantarse y dijo que vendrían a buscarlo. Lo que ocurrió inmediatamente después de que el joven le soltara la mano y despiendose rotara sobre si mismo para emprender su partida en dirección contraria es lo que, hasta aquí, me previno de abrir la boca. No quise creerlo y me eché a correr con la bicicleta en la mano. Jamás llegué a aquel bar y fue ese el ultimo día que pasé en Nueva Inglaterra. Soñé con el hecho miles de noches sin atreverme a compartirlo, hasta el párrafo siguiente.
Cinco años más tarde estaba yo sentado comiendo una tortita de jamón y queso, en un banco de plaza España, cuando me sorprendió un joven sentado a mi lado, con un libro pequeño de tapas duras, que en el frente llevaba el nombre de quien ya era un tan famoso escritor. El agua descendiendo de la fuente de aquella plaza de increíbles mosaicos multicolores me recordó a Heraclito, y al paso del tiempo. Perón acababa de morir y me acorde de aquella comparación del viejo entre la Republica Peronista y la de Rosas. Entonces, se me apareció aquella tarde de Cambridge. Otra vez en la mente. Hasta hacia seis meses, preso de un insomnio y una obsesión rayanamente insoportables, había leído toda la obra del autor del Aleph; me había internado en bibliotecas nacionales y provinciales, rompiendo mi espalda en bancos de madera sin respaldo y destruyendo mi visión hasta el borde de las cataratas. Todo en la infructuosa búsqueda de una mínima referencia, de una metáfora compleja, de un detalle escondido entre un punto y una coma, un algo ínfimo que refiriera a aquel encuentro de Borges consigo mismo. Cuando el joven me contestó que leía un cuento que se llamaba ”El Otro” le arranqué el libro de la mano con violencia. Creo que me miro sorprendido aunque no alcancé a reparar demasiado en su expresión. Me sumergí en el áspero papel de la pagina amarillenta de aquel libro recién comprado. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles; leí con estupor. Más de una arteria de mi corazón debe haber estallado porque sentí el ruido de un globo explotar, dentro de mi pecho. El hombre está destinado a la cárcel. De algún modo u otro todos somos prisioneros de algo, pero este hombre, viejo como está, terminará en una cárcel de máxima seguridad o en un manicomio, pensé mientras recorría cada uno de los párrafos que describían aquel encuentro de Jorge consigo mismo.
Realmente me habían obviado. Yo no aparecía ni en una palabra. Todos los párrafos eran la más verosímil reproducción de una imagen que jamás haya visto. Este tipo es un genio, me repetí en voz alta mientras el dueño del libro me jalaba de la manga de la camisa. Todos los párrafos perfectos, todos minuciosamente perfectos, todos describiendo aquella conversación que ahora volvía a mi mente como vuelven esporádicamente los recuerdos felices de la infancia. Todos. Menos el último. Menos la parte donde Borges obvió lo más importante. La parte que ocurrió inmediatamente después de que el joven preguntase si al viejo vendrían a buscarlo. La que hizo echarme a correr.
El Borges viejo bien sabía que no se habían soñado y es cierto que de ello se convenció aún mas a lo largo de la conversación. Lo que no es cierto es que para comprobarlo le haya extendido al joven un billete con la fecha de 1969. Tampoco es cierto que el joven le haya dado veinte dracmas. El Borges viejo sabia. a aquella altura de su vida, que existían muchas líneas de tiempo. Sabía que el tiempo cíclico requería más de una existencia simultánea y sabía muy bien lo que debía hacer en el caso de que dos seres idénticos se encontraran en un punto dado aunque en dos coordenadas diferentes de espacio y tiempo. Por eso despidió al joven como si nada. Por eso espero a que se diera vuelta. Por eso lo golpeó con el bastón en la nuca y por eso lo arrastró hasta el rio con lo último de sus fuerzas. Por eso habló en código de Heráclito y por eso siendo viejo no recordó jamás el encuentro con un yo suyo joven que había muerto. Por eso, para ocultar el crimen justificado del otro que jamás seria, invento el inverosímil y contradictorio final, de la fecha en el billete.
domingo, 13 de marzo de 2011
La Señora de la muerte
La señora de la muerte
“Me susurro al oído muy de cerca y me dijo: vive, vive, vive. Era la Muerte”
Jaime Sabines
Jaime Sabines
La mujer, que ahora me miraba con los ojos tan abiertos que me hizo sentir que podía navegar en ellos por noches enteras bajo el reflejo de sus blancas y dilatadas escleróticas; me dijo con tono cansino: Veo una mariposa. Como cada vez que alguien está por morir, veo una mariposa. Hizo una pausa. Como el tranvía que sabe debe cesar su marcha en algún lugar especifico para permitir el ascenso y descenso del exacto numero de pasajeros, aquella mujer, de inmensos pies renegridos, sabia que sus palabras requerían se detuviera por un lapso predeterminado para permitir digerirlas y, cuando hubo terminado de arrojarme la piedra de la muerte, hizo una pausa. Mi silencio y mi falta de reacción deben de haberle sorprendido. Hay momentos en los que no se requiere de un espejo para conocer exactamente cuál es la expresión del propio rostro, exacto reflejo del punto medio que existe entre la mente y el alma. Hay momentos en que no se requieren palabras para expresar lo que el ego está tramando en rincones oscuros de sus laberintos; es la expresión del rostro la que así ya lo ha delatado. En aquel momento de pausa sentí una prolongada y silenciosa ausencia. La muerte hecha sustantivo no me había asustado ni me había conmovido, yo la sabia presente desde hacía ya mucho tiempo, mi cara debió así decirlo. La mujer (estaba yo seguro porque su cara asi también lo delataba) desde su prefabricada parsimonia, preguntose como era que algunos hombres lograban convivir hombro a hombro con la muerte, esperándola serenos, como quien espera que se rompa un vidrio de la cocina cuando los niños juegan futbol en el patio.
Es azul y sus finas alas están decoradas por enormes puntos negros, prosiguió. Y está detenida sobre el hombro derecho de tu camisa a rayas; inmóvil, pensante, como las montañas lo están al pie de los ríos.
Las bolsas cansadas y marchitas por el paso de una gravedad que se acomoda con el correr del tiempo, el pelo corto color naranja de ruleros de peluquería de barrio y la sonrisa leve entre tímida y sabia, cual entrada a un palacio por donde han transitado los más nobles de la historia, sabiendo cuando brillar, cuando abrirse tímida y cuando mantenerse sepulturalmente cerrada, daban a la mujer un aspecto entre señorial y reposadamente siniestro. Calló y me miró nuevamente, fijo, a los ojos, como si fuera a derramar una lagrima. Antes de que ella pudiera proseguir asentí con un movimiento vertical de cabeza, uno de esos gestos que acallan al interlocutor antes de que nos cuente como termina la historia. Entendí sin necesitar que me lo dijera (otra vez su cara era para mi la expresión de su alma) que iba a morir, probablemente pronto y que no había nada que pudiera yo hacer al respecto.
Me levanté de la silla y la mujer me siguió con la mirada. Salí sin pronunciar otra palabra y fui directo a mi casa, caminando las 44 cuadras que me separaban de aquel oscuro living. No sé cuanto tarde, pero cuando comencé a volver en mi mismo, estaba entrando a la única habitación de mi pequeño apartamento, sin pantalones, con un vaso de agua en la mano. El resto de la tarde estuve tirado en la cama. Sentí que el único esfuerzo que podía hacer era pensar en cómo no esforzarme para intentar cambiar mi inevitable destino. Había aceptado la muerte como parte de la vida hacía ya tiempo, pero se me volvía extremadamente duro saberla presente, sentirla rondando con repetitiva insistencia, como el zumbido simétrico de las moscas que se adentran en nuestro cuarto a la noche y no nos dejan dormir. Intente matar a la mosca dos veces, mas no pude. Repasé mi vida al ritmo que repasaba cada uno de los puntos blancos del techo pintados con brocha de mano, movimientos circulares y mucha paciencia. Los conté 4 veces. La ultima vez, cuando más lejos llegue, fue a cuatro mil quinientos treinta y ocho; estaba revisando mi adolescencia cuando me rendí. Decidí entonces caminar por las calles.
El camino desde Oroño hasta Buenos Aires (adonde creí que iba) se me hizo pesado. Las magras veredas de baldosas a rayas verticales de calle Urquiza no hacían un gran favor a mi perspectiva. Todo se veía estrecho. Debí haber caminado hacia el rio, pensé. Cuando llegue a Dorrego, hastiado de las veredas angostas decidí doblar y caminar por los adoquines de la calle que le daban a mis pies una sensación incomoda, de vitalidad. En la esquina de calle Salta me detuve a contemplar el espectáculo cotidiano que podría haber ocurrido millones de veces ante mis ojos pero que solo recién pude ver aquel día. El verdulero, vestido de una especie de delantal blanco sobre los jeans recortados y la remera incolora, reía con potente verborragia mientras se quitaba el lápiz de la oreja derecha y anotaba el pedido de la anciana. La risa atravesaba en diagonal y disminuyendo la velocidad de todos los movimientos se metía en mi cabeza donde se tornaba aun más lenta. Yo desde mi punto de vista (o quizás desde algún punto sobre mi hombro derecho), veía la ochava pintada completamente de un rojo furioso, contrastar con los verdes de los pepinos, los naranjas de las mandarinas y los amarillos de las bananas y sentía la escena disminuir su cadencia hasta el punto inmediatamente posterior a la pausa. El hombre hablaba, reía, devolvía el lápiz, metía cosas en una bolsa y la extendía a la anciana que introduciendo su mano derecha en el bolsillo correspondiente de su vestido azul eléctrico le alcanzaba un puñado de billetes, arrugados, hechos un bollo. La encompasada música, que era de Joaquin Rodrigo, se esfumo cuando un motociclista apurado reventó la bocina aguda de su vehículo y me devolvió a la realidad donde ya no existía el anacronismo de mi escena. Cuantos momentos maravillosamente ínfimos que constituye esta vida, pensé con la inevitable melancolía del que sabe que perdió (o perderá) algo; con la inútil nostalgia del que solo puede ver las cosas buenas de un pasado en realidad lleno de vasos medios vacios.
Cuando giré a la izquierda, y levante la vista en dirección a la vereda opuesta, vi, sin más preámbulos, la mariposa azul posándose sobre la mano de una mujer de unos 35 años, cara risueña boca grande tez oscura. La mujer no pareció inmutarse, ni hacer ningún movimiento para liberarse del insecto. Tardé demasiado en reaccionar, lo sé, y por siempre he de reprochármelo. No me di cuenta aunque debí hacerlo, de lo que estaba por pasar. La mujer puso su pie derecho en la calle y luego el izquierdo con armonía. La música era de Beethoven. Lo vi todo, otra vez, en cámara lenta; como la escena de la verdulería. El auto azul doblando a demasiada velocidad, la perdida de grip sobre los adoquines que no ayudaban, la rueda derecha despegándose levemente de la línea de contacto y el chillido de las gomas tratando de frenar confundiéndose con el chillido de la mujer tratando de despegar. El chillido también lo vi. Aunque en realidad lo oí, también lo vi. Y vi el trompo (que dejo al conductor del Ford mirándome con los ojos cerrados y la mandíbula apretada) detenerse un segundo demasiado tarde. Y vi, si vi, con grafico espanto, cuando la puerta derecha (maldita puerta derecha que se deformaría en un milisegundo) golpeó el lado izquierdo de la mujer y la arrojó hacia la eternidad de su vida siguiente. Cierto es que no la vi impactar contra el asfalto, que no pude soportar (aquella vez) ver la muerte en vivo y en directo, que escudándome en el temor que nos invade cuando vemos que algo fatal le pasa a otro, atiné a cubrirme la cara con mi antebrazo. Y evité, asi, ver la siempre anacrónica circunstancia en que la señora se hacía presente, adueñándose de un cuerpo y liberando un alma. Fui un cobarde, por primera vez, y me eché a correr.
Doblé a toda velocidad y sin pensarlo (ni creerlo) me dirigí hacia la casa de ladrillos rojos de la zona sur a buscarla, a buscar una respuesta, que no sabía si iba a encontrar. Cuando mi corazón se hubo agitado como los arboles recién plantados se agitan con los vientos de verano, creí que definitivamente iba, en cumplimiento de la premonición, a morir. Mas olvidándome precipitadamente de la premonición que me había perseguido hacia ya eternas 3 horas y seis minutos, seguí corriendo lo mas rápido que pude. Arribé a la puerta casi sin energía para golpearla. No reparé en el extraño hecho de que estaba sin llave y me introduje de un paso en el mismo living donde había estado unas horas atrás. Como un tablero de ajedrez que espera a sus jugadores, con paciencia, todo permanecía en su exacto lugar, incluso la mujer. Pude ver, a través de la oscuridad que generaba a mis ojos la encandilante luz que entraba desde la ventana de la cocina, que la mujer jadeaba con muchísima dificultad y que su suspirar no hubiera siquiera empañado un vidrio en pleno invierno. Me resistí a creer lo que se me cruzó por la cabeza. Necesitaba que alguien me lo confirmara. Fue entonces que la mujer me llamo levantando su dedo con dificultad. Creo recordar que atino a decirme que me estaba esperando. Y cuando me acercaba a poner mi oído casi contra su boca, volviéndose todo una vez mas en cámara lenta, la vi posandose sobre el regazo de la pollera gris a rayas. Azul, gigantes puntos negros. Entonces me di cuenta de todo. La mujer exhalo una última bocanada. La mariposa que aquella tarde ella habia visto en mi hombro le avisaba que se acercaba su final y no el mio. Un frio recorrió mi cuerpo desde la punta de mi nariz hasta la cavidad posterior de mis rodillas. El momento comenzó a ganar en velocidad y cadencia y el latido de mi corazón retumbo hasta la parte inferior de mi nuca.
Cerré los ojos y atine a comprender mi destino. No vería yo mi muerte, al menos no hoy, al menos no en esta casa. Los latidos disminuyeron en velocidad. Cuando fuera mucho más viejo que ahora, quizás la vería sobre el hombro derecho de la camisa a rayas de algún alguien que yo eligiera para regalarle la maldición que la mujer acababa de regalarme a mi. Comenzaba a respirar con cadencia menos violenta, me sentía, inexplicablemente, un poco más tranquilo.
Sentándome a su lado acomodé su cabeza y cerré sus parpados. Respiré hondo aunque pude no sentir demasiado oxigeno llegando a mis pulmones. Pensé que el día llegaría en que mi mariposa se hiciera presente y yo dejara de ver tanta vida invadir el mundo a través de las risas y los colores de hombres y mujeres que la disfrutaban tan inconscientemente. Exhalé más de lo que había aspirado, y asumí que la noche llegaría en que mi mariposa cesara de evadirme y yo dejara de ver tanta muerte a través de las alas azules con puntos negros de otras mariposas, posándose sobre tantos inocentes. Hasta entonces, hasta ese día, hasta que viniera a buscarme, la música seria Claro de Luna o Concierto de Aranjuez y, el tiempo, anacrónico, de este sillón en el que ahora me encontraba sentado, de esta vida en la que ahora me encontraba atrapado, transcurriría para mi regocijo y mi desgracia, en una parsimoniosa y deleitante, templada y tormentosa indescriptible cámara lenta.
domingo, 6 de marzo de 2011
La obra inconclusa
La Obra Inconclusa
"Porque no es la vida mas que una obra inconclusa, que no terminamos de ver, sino hasta que ya es irremediablemente, demasiado tarde"
La mujer hablaba sin parar. Las palabras, que se amontonaban en su boca como la gente se amontona en la boca de las escaleras mecánicas de los trenes de Tokio en la hora pico, salían canalizadas de manera continua y consistente, una tras la otra, con cadencia perfecta; sin detenerse. Pero no era solo su boca la que monolgueaba en lugar de dialogar. Su dos manos, apoyadas firmemente en la mesa, se movían de abajo/arriba/arriba/abajo y de la periferia al centro donde permanecían un rato mas. Cuando estaban separadas, su mano derecha se elevaba levemente sobre la izquierda y estaba siempre lista para detener cualquier esbozo de reacción del (no)interlocutor con la seña que los policías de trafico utilizan para detener a los autos que intentan transitar. Cuando derecha e izquierda se juntaban en el medio exacto de la mesa, el dedo índice de la mano interruptora tecleaba una dos y hasta tres veces, con vehemencia obstinada, como quien insistiendo en un punto pulsa repetidamente los botones del ordenador, hasta que la pantalla devuelve la acción deseada; hasta que el otro finalmente entiende.
El hijab marrón a cuadros (rombos no cuadros, notaría luego) blancos, le cubría la circunferencia de la cara hasta por delante de las orejas, y caía delicadamente por sobre los hombros levemente cónicos cubiertos por un saco de hilo del exacto mismo marrón. El saco, dejaba sutilmente respirar a través del último botón levemente abierto, una ínfima porción de la camiseta blanca cuya mayor porción dejabase ver por debajo de los codos donde cubría los antebrazos hasta por debajo de las muñecas. Noté, por alguna razón ajena a mí, que no llevaba joyas más que una simple alianza de plata u oro blanco, en el dedo anular de aquella mano que detenía. Y tecleaba. Y parecía ser el centro de su universo. Su cara redonda de piel tersa ojos color miel siempre bien abiertos, generaba en ella ese aspecto angelical de niña quinceañera que algunas mujeres solo pierden cuando las arrugas de la experiencia, comenzando por el cuello, les inundan la cara, en todos sus resquicios, transformándolas prematura y repentinamente, en viejas.
Él, del otro lado, a través de sus anteojos cuadrados color negro mate, había visto un millar de veces durante aquella hora, la blanca palma derecha de su esposa. Y había soñado su cara naufragar por las líneas de la fortuna de su concavidad, por los ríos intensos que unían los dedos y la muñeca de su mujer y que se entrelazaban con las venas hinchadas de aquella jordana de sangre caliente. Había soñado, una y otra vez durante aquella hora, que, como en tantos años de juventud en que ella sin cesar lo acariciaba, él, rendido al encanto de sentirse protegido del mundo externo, quedabase dormido con aquellas yemas rozándole los parpados. Sacudía la cabeza de tanto en tanto, probablemente intentando abandonar el sueño despierto de la caricia. No parecía demasiado alterado. Varias veces se rascó la barba prolija a la altura del mentón y luego la mejilla derecha. Repitió el acto mecánicamente y la última vez que lo percibí noté que al completarlo carraspeaba y exhalaba levemente, de forma poco mas que imperceptible al ojo humano. Casi nunca durante aquella hora que los observé lo vi (ni escuche) hablar. Su voz, al contrario que la de la de la mujer, me fue (y me será por siempre) prácticamente extraña; casi hasta imaginaria.
La conversación, digo su contenido, me fue totalmente ajena. Lamenté, en varios pasajes, no haber aprendido árabe. Comprendí fragmentos dispersos, flotando. Palabras que como piezas de un rompecabezas del cual no hemos visto la buscada imagen final no tenemos idea que serán. Como una pieza verde puede ser pasto de un vasto campo o el uniforme de un militar recto, para mí la palabra problema podía significar que existía o que no; que era de ellos o de un tercero; que tenia solución o por el contrario que como no lo tenía dejaba de existir. Los miré en silencio, a la distancia, como un espía que intenta pasar desapercibido. Alcance palabras, sin verbos ni predicados ni estructuras que las encapsularan; tan solo palabras en su pura esencia. Sin significado global. Estuve lo mas lejos de ellos posible, disimulando, mirando desde el ángulo inferior derecho de cavidad ocular, haciéndome el distraído. Mas mi atención subconsciente debe haber sido tal que cuando me levanté ambos detuvieron el monologo y me miraron. Como los actores de teatro que desde el escenario atraviesan con sus sentidos la oscuridad del pullman, y sin ver al publico del fondo lo perciben siempre presente y le reprueban si se va antes de tiempo, ambos me miraron con reprobación, haciéndome sentir culpable por abandonar la función antes de tiempo. Decidí, entonces, súbitamente, que debía quedarme. Fui al baño, volví, me senté en el mismo lugar y con total naturalidad ordené un cortado al mozo. Debió él, preguntarse para que había pedido la cuenta y pagado 2 minutos antes si iba a volver a ordenar, porque me miro extrañado, entrecerrando los ojos e inclinando la cabeza, de la manera cómplice que se mira a un loco, cuando suelta la barbaridad de turno. Igual me trajo el café.
La función continúo por los mismos caminos: ella habló, hizo ademanes, se quejó, chilló, le lanzó miradas de fuego, pareció acusarlo una y otra vez. Él, por su parte, casi impasible, se limitó a dar respuestas concisas, calmas y aparentemente claras en el poco tiempo que la vital necesidad de respirar de la mujer, le concedía para replicar. A veces la falta de tiempo y espacio es una bendición, pensé. Nos da la posibilidad de explotar nuestra capacidad de síntesis y decir en pocas palabras, sin sobre extendernos innecesariamente, exactamente lo que queremos (o deseamos) decir. En el instante que terminaba de procesar este pensamiento (que quedaría luego en mi para siempre) y, mientras mis ojos se clavaban en el fondo blanco amarillento de la taza que me recordaba los dientes de mi abuelo, los divise poniéndose de pie en el fondo difuminado de la profundidad de campo de mi visión. Estuve a punto de dejar caer la taza en mi afán de no perderme nada crucial. Pasaron a mi lado e ignoraron mi lenta persecución visual. Mas cuando se retiraban del bar se detuvieron y, sincronizados, me miraron nuevamente con la mirada réproba, condenatoria. No comprendí. La sensación de vacío que me invadió debió haberme dado un indicio. Más no comprendí. Abandone el bar una hora y media mas tarde; compungido.
A la mañana siguiente me levanté temprano para revisar una obra de Capote que había marcado en rojo a la edad de 14, en azul a los 21 y que ahora, 7 años más tarde, con el cuarto cambio de mi cuerpo, marcaba en negro. Me sorprendí al notar como mis pensamientos sobre las ideas del gran poeta americano parecían conducirse por el contorno de un círculo, dirigiéndose por curvas ascendentes y descendentes, del derecho y del revés desde el punto de partida al de llegada, que eran el mismo. El cuerpo cambiará cada 7 años, pensé mirando a través de la ventana ínfima de aquel oscuro estudio, mas la mente no es un rio que fluya solo una vez, la mente vuelve siempre sobre sus propios pasos. Cuando llegue a una exquisita descripción sobre Mojave sentí necesidad de detenerme y hacer un recreo. Cerré a Capote y luego de esquivar las sillas desordenadas del living, tomé el diario de la puerta donde religiosamente lo habían depositado también aquella mañana. Decidí tomar café mientras sentía como la tinta negra del diario barato comenzaba a manchar mis dedos. Entré y me apreste a prepara café luego de lavarme las manos dos veces. Pasaron minutos, pocos. En la cocina, por detrás de mi cintura, la pava hervía lista para preparar el café cuando llegue a la página 21 del diario que había abierto en el mismo momento en que encendía el fuego. Comencé a leer la noticia sin interés particular alguno y estuve a punto de dejarla de lado para apagar el agua. Pero a medida que avance por las palabras estructuradas de la crónica, empecé a sentirme parte de la historia. Fue hasta el segundo párrafo donde todo comenzó a ponerse interesante y me olvide del agua que ahora chillaba casi hasta dejar sordo a mi oído desatento. Con minuciosa calidad narrativa el cronista describía como la mujer había intentado infructuosamente detener el tercer repudio de su marido (el definitivo para los islámicos) durante toda la tarde y toda la noche. Describía algunas de las palabras que habrían intercambiado, la locación del hecho y como los gritos habían despertado a las otras dos esposas y los ocho hijos con los que la pareja convivía en un palacete residencial. Alguno de ellos 10 había llamado a la policía. Y soltaba, el cronista, sin más preámbulo, como quien cuenta una historia con final anunciado, que la mujer le había pegado siete tiros en el corazón con un arma que guardaban en el tercer cajón de la mesa de noche. Luego se había disparado en la boca para morir en el instante.
Comencé nuevamente a escuchar el agudo pitido de la pava llenando la habitación de vapor como si fuera un antiguo tren que se me acercaba a gran velocidad y, volviendo en mi mismo, entendí que estaba a punto de presenciar el final de una obra que la noche anterior había dejado inconclusa. Me di vuelta a apagar el agua y cuando hube girado aquella cuarta perilla contando desde la izquierda, me decidí (contra mi voluntad) a ver el fin de lo que, horas antes, había dejado abierto. Fue así que finalmente miré la foto. Al pie del último párrafo de aquella crónica barata yacía boca abajo una mujer cuya cara no podía divisarse. Mas pude anticipar que era ella. Con escalofriante estupor, note el saco marrón de hilo tapando partes de la camiseta blanca arremangada y la hijab a rombos marrón y blanca sobre la cual se divisaba aquel dedo anular de la mano derecha, estirado. Estirado con firmeza; tratando de hacer un punto. Como lo había hecho el día anterior. Como lo debía estar haciendo ahora, en algún otro tiempo, en otro algún lugar; aun después de que hacia unas horas y en su obra anterior, la había encontrado casi hasta por su propia culpa, la mismísima muerte.
domingo, 27 de febrero de 2011
Tendrá tus ojos
Tendrá tus ojos.
Seoul, 24 de Febrero. Levantó la mirada más allá de la línea del horizonte y se preguntó por qué. Por vez numero 443 aquella tarde prematura de invierno matutino se preguntó por qué. Ayer, ayer mismo (aunque en realidad habían pasado ya trece meses), ella le preguntaba si le pondría una o tres de azúcar al té de (casi) media noche y él que, sabiendo que la pregunta incluía el desafío implícito que consumiera menos azúcar y la potencialidad de otra pelea estúpidale, le había sonreído de manera cómplice y le habia dicho una, con el dedo indice. Ayer mismo (aunque habían pasado 22 meses), casi exactamente en el mismo lugar del sillón donde meses más tarde le preguntaría por el té y el azúcar, ella misma le susurraba al oído que nunca nada los separaría. Nunca había dicho. Ayer, sí, ayer mismo (porque el tiempo se había detenido en el día que ella se había marchado con una maleta -y dejado otra igual de grande atrás) esperándolo en la puerta con todo empacado, le había dicho, con un preámbulo tan innecesario como dañino, que debía decirle algo y había abierto un agujero en su universo, un agujero con forma de espiral, descendente. Descendente e infinita. Infinita como nunca. Nunca había dicho.
Agachando nuevamente la cabeza y dejando a su percepción visual pasar bajo la línea de su horizonte, desvíose hacia un costado, enfoco en sus zapatos inexistentes porque estaba descalzo y se levanto de la silla. Creyó que le había llevado un mes y catorce días llegar del living a la cocina, aunque en realidad le había llevado tan solo 31 segundos. Pero el tiempo, no el del reloj sino el real, había desaparecido la tarde que ella había armado aquella maleta. Todavía era ayer, todavía era nunca. Cuando sus pies pesados de depresión, que como barriles gigantes se habían arrastrado desde la silla cesaron su marcha, se detuvo a contemplar una mancha en la tercer baldosa blanca oscura contando desde la pared antes de abrir la heladera. Notó que no había limpiado y se acordó de su obsesión por la limpieza. En su mente rebotaron las palabras: nítido, impecable, prolijo, puro, meticuloso. Todas palabras del diccionario y aun así todas palabras de nadie más que de ella. Hasta ayer la casa había estado tan prolija, tan limpia y tan inmaculada que no entendió de donde había salido la mancha. Mas, como quien preocupándose por un perro callejero le da vuelta la mirada y lo olvida 13 segundos despues de sentir una inmensa pena, la abandono rapidamente. Antes de sacar agua del freezer sintió un repulsivo deseo de vomitar todo. El agua estaba fría y le revolvió el estomago vació justo antes de que se sentase en la silla. Nunca, nunca, nunca, nunca. La palabra nunca no borrabase de su mente, de la punta de su lengua.
Tomó una pluma y comenzó a escribir. Al seguir sintiendo la repulsión del agua fría en el estomago vacio creyó que vomitaría mil palabras, sin sentido. No vomito pero casi. Todo estaba en la punta de su lengua, y asi estaba. Asi estaba el hombre, gris en una tarde copiosa de invierno en que las ventanas sufrían externamente la voracidad de las primeras heladas y gozaban internamente la semi-calidez de una casa que se nutria solo del calor del gas. De una casa de muchas paredes que exhalaban ausencias; una casa minimalista, blanca, indiferente, no tan prolija como antes; una casa fría, como el invierno, como el agua de la heladera, como las ganas de vomitar. Asi estaba y no vomitaba.
Revisó sus manos que estaban resecas y comenzó a comerse la uña del dedo índice de la mano izquierda. Sin saber ya qué mas hacer, ni que pensar, ni que decir, se encontró como atrapado en una nube que amagaba con desatar una tormenta feroz pero que nunca terminaba de soltar su primer gota. Adentro hacia demasiado frio como para que lloviera. Tieso, inutil y desinteresado no lograba asumir que estaba, a cada minuto, probando su orgullo y el ajeno, que la tormenta debía desplegar su furia para que el sol volviera a salir, para que los prados volvieran a ser verdes y las paredes volviesen a ser cálidas. Se sabia quieto y no quería (o no podía, pensaba el) moverse. Sin tiempo y con todo el tiempo del mundo, agotado pero en la línea de partida; buscando amor, es cierto, pero evadiéndose a cada momento del mismo, porque el amor era el ayer y el ayer no debía buscarlo. Porque el ayer ya estaba ahí, porque el ayer era hoy; y nunca. Nunca había dicho.
Escupió la uña y la vio volar hacia alguna nada irrelevante; hacia el montón de uñas que había escupido toda la tarde y que se enmarañaban laberínticamente las unas con las otras, sin distinción de cual había venido de que dedo. Así voy, pensó ahora casi en voz alta y escuchó el eco de su susurrar como una repetición interminable que rebotaba en cada uno de los ambientes de su no-hogar. Así como me escribo, volando como una uña hacia un montón en el que se transformara en algo más, en algo menos. Creyó fehacientemente ver todo más claro, y prosiguió pensando. Tan solo hacia adelante, por inercia, hacia adelante; asi voy. Calló el susurro y continuo pensándose. En el laberinto de mis propios ojos reflejados en espejos contrapuestos, claro. Espejos infinitos, perdidos en el espacio que entre ellos existe, eso es. Se entusiasmo. Suelto de cuerpo pero atrapado de mente; como lanzado en una corrida de toros con los pies y manos desatados pero con los oídos y los ojos cubiertos. Así voy, ahora me doy cuenta: ciego y sordo aunque no mudo; hacia adelante. Perdió el entusiasmo y se sintió ciego y sordo realmente. Había hecho demasiado esfuerzo. Cerró los ojos y creyó por un instante que iba a quedarse dormido. Afuera nevaba. Aunque él no lo viera ni escuchara sabia que afuera nevaba. Definido por la finitud y la efimeridad de su preocupado sentimiento ignoto, comenzó a despedirse de sí mismo y a resignarse a la ajenidad de no estar en su cuerpo, de perder su alma y de dejar de creer en el amor, en el sueño de la felicidad y en el resplandor de aquella imaginaria sonrisa. Tuvo la ilusión de que finalmente iba a lograr quedarse dormido, mas no pudo.
Cuando abrió los ojos por última vez sintió el frio del invierno internándose a través de sus pestañas y penetrándole las pupilas. Y al terminar de pestañar, con la naturalidad del que repite un acto mecánico que ha realizado en miles de ocasiones anteriores, estiró su mano izquierda por encima de su cabeza y sin más preámbulos se clavó tres puñaladas certeras en el pecho. Una vez que la sangre comenzó a brotar más de su boca que de su pecho se reposó con la nariz aplastándose contra la madera suave de la pequeña mesa. Se dijo nunca una vez más. Y por vez numero 444 se pregunto también de nuevo ¿Por qué? Entonces se sintió listo para marcharse. Dejó reposar el puñal y la pluma sobre la mesa y viendo los dos ojos negro profundo acercarse súbitamente entre gritos de desesperación, albergó la ilusión de que ella hubiera vuelto a buscarlo en el preciso instante en que exhalaba el ultimo calor de su cuerpo. No le quedaron fuerzas para saber si estaba siendo arrastrado en la realidad o en alguna otra esfera, pero pudo ver el par de ojos negro profundo una vez más y creyó esbozar una última sonrisa. Dejose, entonces, morir. En la mano derecha, apretado con las mínimas fuerzas que le quedaban se llevó consigo un papel, hecho un bollo, con las ultimas 85 líneas que habían brotado de su corazón marchito en azul tinta, las que acababa de terminar con la diestra antes de tomar el puñal con la siniestra y que comenzaban diciendo: "Seoul, 24 de Febero. Levante la mirada mas allá de la línea del horizonte y me pregunte porque...".
domingo, 20 de febrero de 2011
Buenos Aires, 7:10
Buenos Aries, 7:10
El sonido del despertador había cambiado. La mañana, como tantas otras parecía comenzar perezosamente lenta y el intentaba despegar su oreja derecha de una almohada a la vez que cubría su oreja izquierda con la otra, pero el sonido del despertador había cambiado. Maldijo; como cada día maldijo en el único idioma que conocía ylareputamadrequemepario, dijo con la voz impotente del que quiere ser enérgicamente violento pero no le dan las fuerzas. Como pensó que le sobraba el tiempo decidió quedarse unos minutos más en la cama pero al no poder recobrar el sueño emprendió su retirada del mundo paralelo que habitaba bajo sus sabanas y comenzó un nuevo despertar. Las amarillentas paredes laterales de la habitación infiltrada por la luz del abrazador sol de verano porteño colándose por las ínfimas hendijas de la persiana mal cerrada le daban sensación de obra de arte no terminada. Creyó que una de las manchas, a media altura de la pared derecha, parecía un elefante asiático estirando su trompa hacia el este pero cuando logro abrir bien el ojo derecho (el de Ra), se dio cuenta que la mancha solo tenía la forma de un circulo que sangraba por uno de sus costados. Ylareputamadrequemepario repitió ahora con un poco mas de énfasis en la voz y de satisfacción en la boca. La puerta que daba al pequeño living decorado con una mesa para dos, sillas plegables, un catre que emulaba un sillón, decenas de obras de arte en cada una de las cuatro paredes y un televisor que por dimensión y antigüedad hubiera pasado por pintoresco en algún departamento paquete de la Recoleta (pero que aquí daba sensación de bohemia pobreza), estaba abierta. La atravesó semidesnudo y fue al baño. Cuando hubose lavado la cara y recobrado el habla se sintió urgido de abandonar el lugar y con una pesadez inusual para esta altura del ritual matutino se vistió de oficina y salió. Al ingresar al palier del Segundo piso de Avenida de Mayo 538 creyó que la luz y el aire le penetraban las entrañas al punto que sintió (por primera vez aquella mañana) una fuerte puntada debajo de la costilla flotante derecha. Sorprendentemente no se sorprendió de que el antiguo ascensor de puertas tijera estuviera en su piso y sin siquiera poder adquirir conciencia, ni mirarse al espejo como hacía cada mañana, se encontró en la calle. Buenos Aires aun dormía.
Le sorprendió que la ciudad no estuviera tan atormentada como otras mañanas de taxistas y peatones y motos y puestos de diarios abiertos de par en par con una oferta grafica que le parecía obscena tanto por cantidad como por calidad. Cuando bajo por Chacabuco comenzó a extrañarle aun más la ausencia de gente en las calles. Rotó sobre si mismo buscando, con un jadeo agitado, el olor de las masas de gentes que transpiran en su apuro por llegar vaya uno a saber donde por las mañanas. La soledad de la última vuelta que dio sobre sí mismo, como una calesita fuera de control, comenzaba a preocuparle de manera patológica hasta que la familiaridad de un hombre que rozo su codo izquierdo y apresuro el andar al pasar a su lado de la mano de un niño vestido de uniforme pantalón gris camisa blanca corbata roja escocesa, lo sacó del letargo y le hizo creer que estaba pensando estupideces. En la esquina de Chacabuco y Necochea casi lo atropella un Ford azul que cruzaba la bocacalle a toda velocidad transpirando el poder de la música a través de los vidrios polarizados cerrados. “El Cielo puede esperar” pensó, al tiempo que intentaba encontrar las palabras que, perdidas en algún rincón oscuro de su psiquis, se correspondían con la melodía ahora adjunta a su mente. Se acordó de aquel spot de Renault Clio que lo había cautivado de chico y que lo había llevado a ser creativo publicitario, a invertir el cien por cien de su tiempo en intentar crear algo que perdurara. Se acordó del delantal blanco del gordito, de la escoba y del movimiento que con ridícula gracia cautivaba mientras aquel Clio MTV pasaba por aquel inhóspito paraje con cinco rockeros a bordo que llevaban la música a todo volumen. Sonrió para justificarse a si mismo cuanto odiaba el día a día de lo que hacía, para convencerse de que sentado en aquella silla con vista a la parte de atrás del cubículo de quien se sentaba adelante de él, alguna vez iba a encontrar un producto en su imaginación que se asimilara al gordito de Clio.
Le quedaban todavía cinco cuadras para llegar a su oficina pero desde que la canción se había despegado de su mente el malestar y los dolores abdominales habían comenzado a acrecentarse y el sol que más temprano había entrado por la ventana y luego le había golpeado las entrañas en el palier, se hacía ahora más tenue y menos cálido. Vio acercarse a un edificio cuya puerta se custodiaba a los lados con dos columnas dóricas y notó que nunca antes lo había notado. Pasó la mano por la primer columna y la sintió suave como si fuera de mármol aunque fuera, en realidad, de alguna piedra caliza. Entre las columnas y en el escalón del medio de los tres que precedían a la gran puerta, una niña de unos 6 años, de espaldas a la calle, le pedía a su madre que se apurase a cerrar el ascensor sino llegarían tarde a la función de ballet. No le extraño que hubiera función de ballet por la mañana. Le pareció que la madre de la niña era de una belleza inusitada pero no pudo percibirla del todo bien porque un rayo de luz radiante atravesando aquel vestíbulo se interpuso entre ambos. Sintió una nueva puntada en el vientre, esta vez con mucho mas fuerzas, y creyó que iba a vomitar el hígado entero y de una sola pieza. Se detuvo; y en una de esas decisiones que se toman sin pensar y se lamentan para toda la vida, comenzó a volver.
Caminó un par de pasos con mayor pesadez que nunca. Ahora el malestar era completo. Supo que el camino de vuelta no iba a recordarlo cuando tratando de reconstruirlo, al modo de quien ve en una película rebobinándola en 2x, solo pudo ver las acciones de la ida a la inversa. La misma niña, la misma mujer, la misma columna, el auto, la esquina, el hombre que le golpeo el codo, el aire y el sol, Buenos Aires vacía, el ascensor, la puerta de la habitación, la luz filtrándose, oirapemeuqerdamatuperaly, una almohada, la otra almohada y el extraño sonido del despertador; que no había sido el sonido del despertador. Cuando abrió los ojos y pudo oler el olor a pólvora comprendió todo. El ruido que lo había despertado era el disparo de un arma silenciosa que en el final de la noche lo había asaltado; el hombre no era ‘un hombre’ sino su padre y el uniforme era el que su madre aun tenia colgado en un placar 22 años después de su primer día de escuela primaria. La esquina de su casa, su primer auto sonando a Ataque 77, las columnas del Partenón donde se había enamorado de aquella mujer que irradiaba luz y el sueño incumplido de tener una hija y de ser creativo publicitario. El poco oxigeno que irrigaba su mente le permitió esbozar una sonrisa tímida de complicidad consigo mismo ante la verificación de la leyenda: antes de morir todo el universo, toda su vida (pasada y futura) se había cruzado ante sus ojos. Se tocó debajo de la costilla flotante derecha y sacó la mano caliente empapada en sangre. Jamás había despegado la mejilla derecha de la almohada. Logró ver que el reloj de noche posado sobre una versión de tapas duras de la biblia marcaba 7:10 y comprendió, Marcos, al fin, casi con el último suspiro, que se estaba muriendo.
lunes, 14 de febrero de 2011
Boston, ruido, amor y furia
Boston, ruido, amor y furia
Me esperaba sentada en el la cima de la escalera de cinco escalones que precedía a aquella puerta verde despintada que daba a nuestra casa un aspecto tan vintage y que nos había llevado a elegirla por sobre tantas otras casas similarmente victorianas, cuando la habíamos alquilado un invierno atrás. Su gorro de lana verde intenso nada tenía que ver con la campera roja de alguna extraña gamuza que habíamos comprado en una tienda de callejón en Jaipur mientras visitábamos el Triangulo Dorado de la India. Hacia ya casi dos años que nos habíamos mudado a Boston, cuando en un acto que mezclaba justicia y suerte, y ante mi cuarta aplicación, la Universidad de Harvard había finalmente decidido becarme para estudiar ciencias políticas. Bryant Back Bay, a pocas cuadras de los Jardines Botánicos, se había convertido hacía más de 20 años uno de los lugares más hip de Boston Central y, a pesar de la limitada incomodidad que su ubicación representaba frente al campus de Cambridge (donde yo debía concurrir cada mañana antes de las 8), lo habíamos elegido sin dudarlo porque nos daba acceso al corazón de una ciudad que, a este lado del Charles, considerábamos entre las más interesantes del mundo. El brillo de el pelo largo lacio que aparecía con fuerza desde el interior de aquel gorro, hacia que resaltara el color de la lana y la simple calidez de su rostro y era un hecho que yo siempre había apreciado como de una belleza difícil de alcanzar, aunque nunca se lo había dicho. Ella estaba con la cabeza gacha, concentrada en algo (o triste por algo pensé en aquel momento) por lo que no sintió que me acercaba. Tuve la chance de contemplarla un segundo mas y como tantas otras veces supe en lo profundo de mi alma que había encontrado a la persona que quería me acompañara para siempre. No era su belleza (que era extrema), ni su inteligencia o capacidad artística (que eran excelsas), sino ese aura de algunas personas que no se puede explicar más que como una vibración imperceptible que emana de la voz, de los movimientos y de la cadencia de aquellos que llevan consigo algo imposible de distinguir a simple a vista pero que golpea luego de conocerlos en profundidad.
Levantó la vista y me recibió con una sonrisa profunda, blanca y pareja. "Se te hizo tarde", me dijo con su incapacidad de enojarse por mi falta de puntualidad, comprendiendo que no llegaba tarde a ella por elección, entendiendo que si por mi hubiera sido hubiera estado sentado allí toda la tarde. "Vení, mira lo que encontré hoy por la calle", me dijo y se corrió levemente hacia la derecha, como quien simula generar un espacio para que el otro se siente, mas allá de que a su izquierda haya habido suficiente lugar para que se sentaran por lo menos dos personas. Até mi bicicleta y me afloje el nudo de la corbata antes de abrirme el sobretodo y sentarme a su siniestra. No necesité besarla en los labios al sentarme a su lado. La ausencia de romance en un sentido convencional también nutria el vientre de nuestra relación; eran los pequeños gestos, las cosas que encontrábamos, lo que creábamos el uno para el otro (o el uno para el uno pero que compartíamos con el otro) lo que hacía que el amor y el respeto mutuo y las ganas de seguir compartiendo creciera cada día un poco mas. En sus manos estaba su cámara, 'su hija' como lo llamábamos graciosamente en aquellos días porque no podía dejarla sola en la casa por mas de media hora. Mostrame, que te encontró tu hija? le pregunté y me pegó con el codo sonriendo antes de decirme que era un tarado.
Las fotos pasaron una tras otra y me llevaron caminando desde nuestra casa por Commonwealth Avenue hasta los Jardines Botánicos y de ahí de vuelta por Boylston hasta la esquina Noroeste de Copley Square, la que daba al frente de la legendaria biblioteca y donde, tantos domingos, nos habíamos sentado (yo) y reposado con la cabeza en mi regazo (ella) a leer un libro o hablar de cualquier cosa tan irrelevante para el mundo pero tan crucial para nosotros que podíamos pasar horas intercambiando ideas hasta perder la noción de quien había dicho tal o cual cosa. En aquella esquina, que yo conocía casi centímetro a centímetro, en nuestro banco, ella había logrado capturar una escena que por la vida que emanaba parecía mas el cuadro de un film que una imagen detenida. Del árbol que en primavera proveía sombra a aquel banco de prolijas maderas barnizadas y que ahora comenzaba a poblarse de sus rojas flores, se desprendían en el preciso instante de la instantánea dos hojas verdes que volaban casi simétricamente a unos diez centímetros de distancia la una de la otra. Las hojas flotando permitían percibir la velocidad del viento y el color azul profundo del cielo, intercalado de nubes tela blanca rasgadas, permitía saber que su temperatura era entre suavemente fría y aceptablemente cálida. Por debajo de las hojas, a unos ciento treinta y cinco grados, el reflejo del sol leve de incipiente primavera rebotaba sobre la calva del hombre hasta el infinito. Sus ojos clavados en una versión de bolsillo de El Ruido y la Furia probablemente no le hayan permitido percibirla a ella con su cámara de fotos inmortalizándolo para siempre. Tampoco le permitían, probablemente, percibir como lo miraba con los ojos vidriosos aquella otra ella, una mujer de unos setenta cuyo semblante prolijo y pelo aun largo redondeaban la definición propia de esa sutil mixtura entre elegancia y belleza que solo el paso del tiempo puede lograr. El hecho de que en su mano derecha tuviera ella una copia de tapas duras de Macbeth me pareció algo risueño y a la vez premeditadamente exquisito. La ausencia de peatones alrededor y la difuminacion perfecta de Trinity Church inclinándose en el fondo le daban a la foto un carácter propio de lo irrepetible más allá de su perennidad. Es increíble, le dije respirando el aire fresco del viento que acababa de empezar a soplar desde el rio, y devolviéndolo por la boca; ¿te llevó mucho sacarla? Es una foto de una toma. La saque una vez. Fue un segundo. Un segundo solo, me contestó, y agrego: no sé porque pero esta foto tiene algo.
El silencio que siguió no duró más de cuatro segundos pero permitió que ella apoyara su cabeza sobre mi hombro poniendo su cámara de lado. ¿Queres tomar un café? me preguntó y ni siquiera hizo falta que le contestara. Nos paramos y la abrace con mi brazo derecho sabiendo que la naturalidad de aquel día iba a quedar en mi mente por mucho tiempo. Atrás dejaba mi bicicleta, atada en la baranda de siempre, al pie de los cinco escalones, donde por aquellos inmortales cinco minutos, habíamos estado sentados.
Lo que sigue lo escribí con el corazón en la pluma y la mano en la boca; hoy a más de medio siglo de distancia cuando unos de nuestros hijos vio la foto impresa dentro de un libro de Faulkner donde yo la había escondido 3 días después de que ella la sacara. Tuve que mirarla 4 veces y permitir que mi corazón dejara de patear mi pecho con la fuerza de un pura sangre para poder soltar el primer trazo de mi pluma; para poder contestarme a semejante sacudón. Aspiré profundo el olor a cera de parquet recién lustrado que tanto me gustaba de los domingos por la mañana y dejé que se desatara la tinta sobre el anverso de la foto. Los dos viejitos éramos nosotros vestidos de turistas en la primavera ventosa de Copley Square de 2064 donde habíamos vuelto a celebrar nuestras bodas de oro. Los dos viejitos éramos ella y yo, yo y ella, en aquella tarde inolvidable de hace tanto tiempo (y de hoy, ayer y siempre) y de dentro de 2 semanas, en Boston, donde íbamos a estar de nuevo después de 52 años. Boston 2012/2064 escribí en el dorso de la foto y, en vez de guardarla en un libro de Faulkner, la guarde en uno de Shakespeare.
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